Las grandes B.S.O.: “American beauty” (1999), música de Thomas Newman

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“La partitura es toda una demostración de imaginación e inventiva, absolutamente genial para escuchar”

 

Cuesta darle carácter de “clásico” a un proyecto “joven”, pero el tiempo está jugando a favor de “American beauty”. Fernando Fernández resalta el brillante trabajo del compositor Thomas Newman, que logró crear tendencia en el cine posterior.

 

Una sección de FERNANDO FERNÁNDEZ.

 

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“American beauty”
Música de Thomas Newman, 1999

 

El problema de las bandas sonoras de películas modernas es que los aficionados no tienen esa pátina especial que da el tiempo, y todo es excesivamente cercano. Es complicado que se piense en alguna de estas películas como lo suficientemente innovadoras o originales, que hayan aportado algo a la historia. Pero las hay. “American beauty” es una de esas películas que el público ama u odia, sin término medio. Y hasta los que la odian reconocen que hay algún elemento brillante en la película.

“American beauty” es una obra maestra y en el fondo casi todo el mundo lo sabe. Nos guste más o menos, es una de las películas más memorables de nuestra época, un genial estudio de la locura suburbana moderna en el guion de Alan Ball, y el debut del estupendo director Sam Mendes. Este tipo de películas tan especiales necesitan una atención y estilo muy concreto en su banda sonora, y para ello llamaron a la persona adecuada, Thomas Newman. La calidad de su trabajo está fuera de toda duda, pero es un compositor con dos vertientes muy claras en su obra: una clásica y melódica absolutamente deliciosa y otra experimental y minimalista, que aunque algo monótona y repetitiva en ocasiones, es tremendamente original. Esta segunda es la que le dio a la película, y con ella ha creado el sonido de las películas que quieren retratar la vida familiar moderna actual, sea cual sea el desarrollo de esa historia.

 

 

La música de Thomas Newman es tan brillante como el resto de la película. La cinta es tan deslumbrante que podría funcionar sin la música, pero la sencillez, la intimidad y la presencia nunca entrometida de la banda sonora hace que funcione perfectamente. Este compositor no suele realizar sus partituras en el estilo convencional, buscando señalar o remarcar la emoción de sus escenas o personajes, está mucho más interesado en la atmósfera de esas escenas, por lo que cuando saca su lado experimental su música es una serie de efectos de sonido, más que otra cosa. Valga como ejemplo el listado de instrumentos utilizados en esta banda sonora, porque fuera del piano el resto parecen sacados de un proyecto de músicas del mundo: tablas, kim-kims, llamadas de pájaros, dulcémele de los apalaches, flauta bajo procesada, mandolina desafinada, saz… instrumentos de viento y cuerdas con sonidos muy especiales y específicos.

 

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Este tipo de composiciones pueden llegar a ser excesivamente monótonas y aburridos, pero el compositor se decanta por el minimalismo, con suaves sonidos de piano, piezas cambiantes y melodías brillantes pero tranquilas. Este tipo de composiciones necesitan un contexto muy particular para brillar, y eso es lo que ocurrió con “American beauty”. Su partitura encontró el peso que necesitaba, y ahora es difícil imaginar la cinta sin ella. Por ello su estilo es imitado hasta la saciedad hoy en día, aunque sin conseguir la misma coherencia e idoneidad en la gran mayoría de los casos. Newman consigue establecer una similitud entre su música y esa vida en los suburbios que, por debajo de un exterior aparentemente superficial, establece y oculta una gran cantidad de sentimientos y dramas.

 

 

La transición entre los momentos alegres y los más profundos es excelente. La música capta los salvajes cambios de humor de la historia, con una gran variedad de instrumentos de madera y percusivos que ayudan en los momentos más animados, y una clara sensación de algo profundo e inquietante en los más deprimentes. El tema principal desarrollado en una pieza tranquila, marcada por constantes notas de piano, y que permanece en un especial lugar a medio tiempo entre dichos momentos.

En la película se adivinan otros dos temas principales. Uno de ellos es más extraño, incluso estrafalario (adjetivo que perfectamente podría aplicársele al propio Newman), que aparece en ‘Dead already’ y escuchamos en repetidas ocasiones a lo largo de la historia. Luego está ‘Mental boy’, ligeramente más emocional y sombrío. Aparte de estos momentos, hay pocas melodías que podríamos indicar en su banda sonora, más bien la creación de una atmósfera hipnótica, casi similar a una droga, como en ‘Root beer”’.

 

 

El trabajo musical de esta película es toda una demostración de imaginación e inventiva, absolutamente genial para escuchar. No en vano Thomas Newman es uno de los talentos más impresionantes que quedan en el Hollywood actual. Y aunque a veces me desespero por como sus partituras suenan o son presentadas en cedé, “American beauty” simplemente funciona: es algo tan simple (y complicado) como eso.

 

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Ediciones discográficas

La banda sonora cuenta con dos ediciones discográficas. Una incluye las multiples canciones de la cinta, incorporando solo dos piezas principales de la partitura de Newman, y la otra recoge la banda sonora instrumental realizada por el compositor. Toda una pequeña joya de 37 minutos que dura lo justo para no aburrir o desesperar a aficionados ocasionales. Sin embargo, es una maravillosa muestra de la música que se ha convertido en casi tópica para proyectos de similares características. Aunque se haya imitado después, resulta emocionante escuchar ese estilo totalmente único aplicado a una película tan brillante.

 

 

Anterior entrega de Las grandes B.S.O: “Alien, el octavo pasajero” (1979), música de Jerry Goldsmith.

 

 

 

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