
«Una colección de sensaciones a las que, como a las malas hierbas, nadie consigue eliminar del todo y, con el tiempo, uno acaba comprendiendo que quizá eran lo más natural del jardín»
César Prieto disecciona el nuevo disco de Julio de la Rosa, Las malas hierbas (Ernie Records, 2026). Un álbum de once canciones sobre las tensiones de las relaciones personales.
Texto: CÉSAR PRIETO.
Las malas hierbas pertenece a esa estirpe de discos que prefieren refugiarse en un rincón. Ya el título propone una declaración de intenciones: lo que resiste a todos los embates, lo que aparece en las grietas del asfalto. El nuevo álbum de Julio de la Rosa parece construido precisamente desde esa lógica de la resistencia.
Desde la canción que abre el disco, “Mala hierba”, el músico establece el marco simbólico del álbum sobre una instrumentación de teclados en bucle y tono orquestal de fondo. Son esas hierbas que inundan el campo, poco a poco, las que marcan el simbolismo de un ambiente de opresión que también crece en las relaciones amorosas hasta crear cicatrices afectivas. La voz parece desesperada por arrancar esas hierbas y esas relaciones tóxicas, cada vez más desesperada.
Así también el tema de “Pamema”. Con cierta ironía, un corazón destrozado intenta borrar el pasado, arañarlo para que no exista. En “Perorata” se abre una fase más y relata una abdicación, con algún tinte galáctico en la música que pasa a tener un recorrido serpenteante sobre fondos sólidos. Su mensaje es casi moral: hay que aprender a potenciar la sencillez en la vida, lo básico. Vuelve a las relaciones tormentosas en “La lata”, más coloquial, entre la destrucción y los abogados. Aparecen ahí las palabras que se ocultan, un monólogo ante ella, y la delicadeza de los arreglos.
El momento más sofisticado llega probablemente con “Teruel”, compartida con Helena Goch. El piano entra con lirismo y tiñe la canción de melancolía. Las dos voces se buscan para implorar el perdón de las infidelidades, sobre un fondo al que no le haría ascos Serge Gainsbourg, con la orquestación retenida y los tacos que salpican la letra. Otro piano, este casi desafinado también recuerda a Gainsbourg en “Margaritas a los cerdos”, pero a ese Gainsbourg casi susurrante. Y voz quebrada es la de “Monigotes”, con una letra más simbólica y la parsimonia de lo que se siente de verdad.
Hay dos canciones que parecen provenir de los ochenta. “Temporada de perdices” posee una instrumentación más oscura, casi con querencia de Parálisis Permanente. Medio esotérica, habla de eras de Acuario sobre sonidos suaves y atrayentes. También suenan a ochentas los teclados de “Felonía”, sensuales y misteriosos, con una lentitud exasperante bajo una voz grave, que cuenta una relación rota con calidez coloquial. Electrónica también es “El no por delante”, incluso nocturna, de club, y con una voz más volátil.
A estas alturas de su trayectoria resulta innecesario esperar de Julio de la Rosa un repertorio de himnos inmediatos. Hace tiempo que cambió la urgencia del rock por un lenguaje mucho más ambiguo, donde conviven la canción de autor, la electrónica discreta y unas guitarras que aparecen cuando deben hacerlo. Y todo ello, en una colección de sensaciones a las que, como a las malas hierbas, nadie consigue eliminar del todo y, con el tiempo, uno acaba comprendiendo que quizá eran lo más natural del jardín.



















