La suerte gastada de Ryan Bingham

Autor:

COWBOY DE CIUDAD

«Aquí vuelve el cantante de carretera, el narrador ronco, el superviviente que no presume de haber vencido a nada»

 

Javier Márquez Sánchez se embarca en el nuevo disco de Ryan Bingham, They call us the lucky ones, grabado junto a The Texas Gentlemen. Un trabajo crudo y cálido que rescata la verdadera esencia de la Americana.

 

Texto: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ.
Foto: ELIAS TAHAN.

 

Ryan Bingham siempre ha cantado como si acabara de llegar de algún sitio del que no conviene preguntar demasiado. Su voz parece haber transitado por bares de carretera, rodeos, moteles, madrugadas torcidas y alguna conversación mal cerrada antes de llegar al micrófono. Por eso, They call us the lucky ones, grabado junto a The Texas Gentlemen, no se recibe como un regreso convencional, sino como el reencuentro con un tipo que quizá nunca se fue del todo. Sencillamente estaba viviendo, acumulando polvo, amor, cansancio y kilómetros para poder volver a contarlo sin impostura.

Mientras que su disco de 2023, Watch out for the wolf, se presentaba como una obra más íntima, casi un refugio, They call us the lucky ones llega después de esos tres años de silencio relativo con la virtud de sonar más fresco, casi improvisado. Y en ese trabajo la presencia de The Texas Gentlemen resulta decisiva. Se trata de un colectivo musical de Dallas (Texas), reconocido –y codiciado– por su sonido ecléctico que combina americana, rock sureño, country y soul, y desde luego no están este disco como banda de acompañamiento decorativa, sino como músculo, respiración y paisaje.

El disco se mueve con una soltura de local de ensayo bien aprovechado, de músicos que se escuchan y no necesitan demostrar cada tres compases que saben tocar. “The lucky ones” abre el álbum con esa mezcla de gratitud, supervivencia y orgullo de perdedores resistentes que da sentido al título. No habla de la suerte como privilegio, sino como resultado extraño de haber seguido en pie cuando lo normal habría sido caerse. En Bingham, la fortuna nunca parece limpia: viene manchada de barro, deuda y noches sin dormir.

Esa energía colectiva empuja piezas como “Let the big dog eat” o “I got a feelin’”, donde el disco se sacude cualquier tentación solemne y encuentra un tono más físico, más de baile de carretera que de confesionario. Hay algo casi liberador en escuchar a Bingham menos encerrado en su propio mito de hombre herido. Sigue habiendo sombra, por supuesto, porque pedirle luminosidad pura a este hombre sería como pedirle a un cactus que se haga influencer de bienestar emocional. Pero aquí la sombra convive con un impulso más vital, más eléctrico, como si el cantante hubiera recuperado el placer básico de tocar con una banda que le responde sin pedir permiso.

“Cocaine Charlie” devuelve al Bingham narrador de destinos torcidos, de personajes al borde del derrumbe, con esa capacidad suya para sugerir una vida entera en unos cuantos trazos secos. “Americana”, por su parte, juega con el propio término que tantas veces se ha utilizado para encasillarlo. Lo interesante es que Bingham parece entender la Americana no como etiqueta de tienda de discos, sino como un territorio moral: carreteras, contradicciones, familia elegida, ruina, esperanza, raíces mezcladas y una libertad que casi siempre llega con factura. En tiempos en los que cualquier género se convierte en una etiqueta para vender camisetas, él todavía consigue que la palabra huela a gasolina, madera vieja y cerveza derramada.

También hay espacio para la tregua. “Blue skies” y “I’m a goin’ nowhere” abren una zona más serena del disco, menos pendiente del golpe y más cercana a la permanencia. No es que Bingham se haya vuelto doméstico en el sentido blando del término, sino que parece cantar desde una estabilidad conquistada a dentelladas. Esa es, quizá, la gran novedad emocional del álbum: no niega el dolor antiguo, pero tampoco se recrea en él. Hay un hombre que mira atrás, reconoce el desastre, saluda a sus fantasmas y decide seguir tocando con los vivos.

They call us the lucky ones no intenta fabricar una gran declaración de madurez, y precisamente por eso funciona. Suena crudo, cálido, imperfecto, con la belleza de las cosas que no han sido lijadas hasta perder el alma. Ryan Bingham no necesita reinventarse: le basta con recordar quién era antes de que el prestigio, la televisión y los premios intentaran explicarlo demasiado. Aquí vuelve el cantante de carretera, el narrador ronco, el superviviente que no presume de haber vencido a nada. Solo canta. Y a veces, con eso, sobra para levantar un disco entero.

Anterior entrega de “Cowboy de ciudad”: Willie Nelson, el viejo cazador de canciones. 

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