La quimera y el laberinto, y Robinson Crusoe

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LA ESPUMA DE LOS DÍAS

«Hay algo atractivo, relampagueante, lúcido en lo más sencillo, en las obras y los artistas que aciertan en mantenerse fuera del radar, de lo que mola a lo que antes llamaban gauche divine, hoy exegetas de lo políticamente correcto»

 

Luis Lapuente, en su columna mensual “La espuma de los días”, reflexiona sobre el valor de las cosas sencillas al tiempo que destaca algunos de los discos más brillantes de las últimas semanas.

 

Una columna de LUIS LAPUENTE.

 

Veo y escucho a Juan Pardo en el tercer capítulo de la miniserie de cuatro episodios dedicada a la figura y la obra de Rocío Jurado, y me impresiona su lucidez al hablar de esa enorme cantante mal comprendida aquí por los medios, el público y los artistas más cercanos al rock, los que reivindican a un personaje engolado y ególatra como Raphael y desdeñan o silencian, sin conocerla, a la que podríamos denominar, en más de un sentido, la Tina Turner de Chipiona.

Me conmueven la honradez y la (al menos aparente) ausencia de vanidad de un artista esencial en el desarrollo del pop español, tanto al frente de Los Brincos como de Juan y Junior o en solitario, con álbumes tan luminosos e infravalorados como My guitar (Ariola, 1973) o el excelso Natural (Erika, 1972). Por supuesto, sin olvidar su faceta de compositor y/o productor para otros artistas, entre ellas la más grande, a quien regaló una canción valiente y portentosa, “Punto de partida”.

Hay algo atractivo, relampagueante, lúcido en lo más sencillo, en las obras y los artistas que aciertan en mantenerse fuera del radar, de lo que mola a lo que antes llamaban gauche divine, hoy exegetas de lo políticamente correcto. Vuelvo a pensar en ello al enterarme de la muerte de Sam Neill, uno de los últimos supervivientes de tres gloriosas generaciones de actores que aportaron sinceridad y magia al cine, gente como Robert Duvall, Gene Hackman, Robin Williams, Cristopher Reeve o Philip Seymour Hoffman.

Decía John Kennedy Toole por boca de Ignatius J. Reilly, especie de versión cafre de Don Quijote y protagonista de esa novela irresistible titulada La conjura de los necios (Anagrama, 1993): «Hay algo en el aire de Nueva Orleans que te hace perder el sentido de la realidad (…) Solo los degenerados hacen turismo. Yo, personalmente, solo salí de la ciudad una vez». No hace falta salir de la ciudad para encontrar combustible emocional en músicas maravillosas que hay que buscar fuera de los márgenes establecidos por los grandes medios de comunicación y las grandes plataformas de streaming.

 

En 2021, por ejemplo, disfrutamos de la hermosa recreación del clásico de Cole Porter “Out of my control”, incluida por el gran Gregory Porter en la banda sonora de la película Blithe spirit (aquí, Un espíritu burlón), basada en una de esas historias divertidas y cautivadoras de Noel Coward: un escritor está involucrado en un triángulo amoroso entre su cónyuge actual y el espíritu de su esposa fallecida.

Muchos años antes, en 1967, la cantante Ottilie Patterson (1932-2011), esposa del jazzman británico Chris Barber (1930-2021), firmó un álbum prodigioso titulado 3000 years with Ottilie, en el sello Marmalade de Giorgio Gomelsky, un disco que casi nadie recuerda. Diosa mal reconocida y una de las catalizadoras de la escena del rhythm and blues, el jazz y el skiffle británicos, la voz de Ottilie aún deslumbra a estas alturas del siglo XXI en canciones estremecedoras, de una belleza cautiva, como “The orphan”.

Por supuesto, no hace falta irse tan lejos en el tiempo para encontrar pequeñas delicadezas que te sorprenden y te atrapan, como te atrapó Dylan la primera vez que escuchaste “Black diamond bay” o como lo hizo Smokey Robinson, con dos de las tres mejores canciones de la historia, “My girl” y “The tracks of my tears” (que cada cual elija la tercera). Ray Davies, que acaba de cumplir 82 años, celebra estos días los sesenta años de su obra maestra Face to face, pináculo del legado de los Kinks, consciente de que nunca ha dejado de escribir y grabar canciones mágicas, por ejemplo, “Is there life after breakfast?”, de su álbum Other people’s lives (V2, 2006) o “A place in yout heart”, una deliciosa gema incluida en el memorable Americana (Legacy, 2017).

 

Más cerca aún, en esta primera mitad del año 2026 nos fascinan los italianos Atabasca, un trío de jazz funk espacial, cinematográfico, psicodélico, en cuyo primer álbum (Atabasca), publicado por Killer Groove Records, estos músicos transalpinos te hipnotizan con instrumentales desérticos a lomos de la guitarra lap steel, la kalimba, la percusión y las guitarras eléctricas, el bajo y la batería.

O el gran Javier Bergia, un músico incombustible y ubicuo, de extraordinario talento, que vuelve a la chita callando con un elepé absolutamente emocionante titulado La quimera y el laberinto, editado por Tagomago, quizá el mejor disco español de lo que llevamos de año, ilustrado por su amigo Luis Delgado (otro bendito francotirador), donde la magia se entrelaza con la fábula y «la teología y la geometría» (como diría Ignatius J. Reilly) en canciones prodigiosas como la que da título al álbum: «Noche de naufragio a todo trapo. Vendaval afilado y frío. Presagio de tormenta, silencio de corchea, tenebroso pasadizo. Nada de luz, nada de luz, apenas un portazo».

 

Citemos, aunque sea apresuradamente, otros cuatro cedés imprescindibles, publicados en los tres últimos meses: Glorious Mahalia (Smithsonian Folkways), homenaje vanguardista del Kronos Quartet al legado de la gran cantante de góspel Mahalia Jackson; 388 (Run On Records), pop, reggae y soul pizpiretos facturados al viejo estilo, con el gusto y la inspiración habituales, por los británicos The Coral (ver crítica de Xavier Valiño en estas páginas); Belladonna nocturne (Arts Music), hipnótica recapitulación del Daniel Lanois más cercano al universo creativo de su amigo Brian Eno; y, por supuesto, el apabullante Swamp Dogg contemplates the afterlife (S-Curve), uno de los mejores álbumes de la carrera del héroe virginiano del soul, donde, recién cumplidos 84 años, reflexiona con espíritu lúcido y burlón acerca de la mortalidad, de las miserias humanas ajenas y propias.

Y lo hace en canciones inmortales como “A million tears ago”, “Searching for Heaven” o “Final approach”, que cierra el repertorio de este disco con sabor a despedida: «Me despedí de mi yo fugitivo / Abrí la puerta y liberé al cautivo / Marqué cada tormenta que logré superar / Guardé cada trozo con el que creció el fuego / Mi nombre está en el libro de a bordo, firmado con gracia / Agotado, las dudas han destrozado mi fe / Si la misericordia es combustible, entonces tengo suficiente (…) Dije que nunca cantaría ni escribiría una canción como esta / Recuerdo que Sam Cooke, recuerdo que cantaba “A change is gonna come” / Y Otis Redding, “Sittin’ on the dock of the bay” / Y recuerdo a Chuck Willis colgando sus zapatos de rock and roll / A medida que me acerco a la pista, me dan ganas de cantar, me dan ganas de bailar / Soy más feliz que nunca / Sé que, por fin, todo va bien / Se acabaron las llamadas en mitad de la noche / Los cobradores llamando a mi puerta / Me estoy acercando al final».

Es hora de rescatar la inocencia y la inteligencia compasiva, descubrir el talento en las cosas sencillas, disfrutar del primer sol de la mañana, escuchar Las islas de Robinson, de Luis de Benito, en Radio 3, vivir la adversidad sin perder la fe porque, como escribió Daniel Defoe, «el peso de la ansiedad es mayor que el del mal que la provoca». Siempre con música desprovista de prejuicios, pequeños tesoros escondidos a la vista de quienes no saben escuchar. Eso, y otras razones para creer, a la manera de Robinson Crusoe: «De tal manera es nuestra condición: no experimentamos las ventajas de un estado hasta que probamos los sinsabores de otros. No conocemos el valor de las cosas hasta que nos vemos privados de ellas».

 

– Anterior entrega de La espuma de los días: El siglo de Miles Davis. Historias del Príncipe de Magia Negra.

 

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