La música griega trata de conquistar el mundo

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“Canciones en griego y turco, con raíz otomana, que huelen a Pireo y Estambul, a amores, a alcohol y a rabiosa rebelión popular”

De la mano de Çiğdem Aslan y su disco de debut, “Mortissa”, César Campoy nos cuenta de la música que se cuece en estos momentos en Grecia y que está comenzando a ser exportada.

 

 

Texto: CÉSAR CAMPOY.
Foto: NIKOS CIDOS PAVLOS.

 

 

“El rembetiko griego es, probablemente, la mejor música que existe en los Balcanes: Esa mezcla natural de sonidos otomanos y ortodoxos”. Lo decía el mismísimo Goran Bregović cuando charlábamos con él, desde EFE EME, acerca de la última edición del festival Balkan Trafik. Y cuando uno de los mayores expertos en mercadotecnia folclórico-musical del planeta lo dice, por algo será.

Podremos estar, o no, de acuerdo con el de Sarajevo, pero lo bien cierto es que, coincidiendo con la brutal crisis que está viviendo el país heleno, el rebetiko (también rembetiko o rebético) está viviendo uno de sus momentos más gloriosos en muchas décadas. Nuevas generaciones recuperan, sin descanso, aquellos sentidos lamentos, y, bien manteniendo los elementos originales, bien adaptándolos a los nuevos tiempos (indiscutibles, Imam Baildi), esas nuevas hornadas están consiguiendo exportar uno de los principales signos de identidad nacional griega, que, no obstante, siempre ha estado fuertemente especiado por la influencia otomana. Un ejemplo: Roza Eskenazi, una de las reinas indiscutibles del género, nació en Constantinopla, en unas décadas (las últimas del XIX y primeras del XX) en las que la mezcolanza y los movimientos migratorios en aquella zona de los Balcanes (forzados, o no) estaban a la orden del día.

Con el rebetiko se comete la misma injusticia que con otras músicas minoritarias: la comparación. Del sevdah bosnio, un género que atesora cinco siglos de legado, se dice alegremente que es el “blues de los Balcanes”. En el caso que nos ocupa, las similitudes (que tampoco andan erradas) se establecen con el fado portugués (instrumentos de cuerda, tonadillas, algunas temáticas relacionadas con el universo de la marginalidad…). Vendría a tratarse, más que nada, de simplificaciones que buscan sumar adeptos a unos géneros que, de por sí, ya son suficientemente atractivos.

Pero, vayamos al grano: En Asphalt Tango, incansables en su empeño en recuperar (y potenciar los nuevos) sonidos del Este, han tenido la feliz idea de editar esta colección de perlas adornadas por la voz de la mágica Çiğdem Aslan, una joven valiente y comprometida, nacida cerca de la plaza Taksim de Estambul, licenciada en Literatura Inglesa, que ha sido capaz de cantar en idiomas como el búlgaro, griego, turco, kurdo, roma o ladino, por escenarios de toda Europa, a partir de su pasión por los sonidos balcánicos en general, y turco-griegos (porque, aunque sorprenda, son dos culturas con mucho más en común de lo que la geopolítica cree) en particular.

Y como, tanto la zona, como sus hijos (por lo tanto, Çiğdem) no son otra cosa que producto de esa mezcolanza, de esta manera, “Mortissa” (una palabra que sirve para definir a una mujer que adora la buena vida, beber, fumar, cantar, y el sexo libre, manteniendo su independencia; así fue la gran Eskenazi, ¡a principios del XX!) no es otra cosa que una dignísima colección de piezas de rebetiko y smyrneika, una especie de cabaret heleno surgido en tabernas de Anatolia. Vamos: canciones en griego y turco, con raíz otomana, que huelen a Pireo y Estambul, a amores, a alcohol y a rabiosa rebelión popular (¿de ahí su creciente popularidad en las jóvenes generaciones?), tan difíciles de clasificar y calificar, como fáciles de asimilar, y en las que sumergirse resulta harto sencillo. ¿Complicado? ¿A que no?

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Çiğdem, que, eso sí, se estrena discográficamente (y de la cual volveremos a saber; seguro) se ha rodeado de una amalgama (faltaría más) intercultural de músicos, en un mágico proyecto liderado por Nikolaos Baimpas, que recupera indiscutibles composiciones del género como la energéticamente brillante ‘Aman Katerina Mou’, que abre el disco; punzadas melancólicas del estilo de ‘To Dervisaki’; ese interesante y coqueto diálogo desde ambas orillas del Bósforo a partir de ‘Kanarini’ (enésimo homenaje a la Eskenazi), o la siempre efectiva (y efectista) ‘S’Agapo’, que nada en un dramatismo agridulce que duele, y cuyos míticos versos desgrana Çiğdem, acompañada por el soberbio arte de Baimpas con el santouri, de forma casi magistral: “Amo, amo al mundo entero, porque tú vives en él”.

Mención aparte merece ese ‘Sto Kafe Aman’ (los Café Amán rebozados en humo y alcohol, y propios de barrios muy poco recomendables, fueron una de las cunas del rebetiko), toda una declaración de intenciones en torno al género que nos ocupa, interpretado de manera contundentemente sutil, y cuya letra explica y define, a la perfección, el por qué de este disco, ideal para sumergirse en un género imperfectamente bello.

Como suele ser habitual en las ediciones de Asphalt Tango, el disco cuenta con cuidado diseño y amplia información, además, con las letras traducidas al inglés. Recomendable, es poco.

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