La muerte, musa de Gorillaz

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«El disco más personal que Albarn ha firmado bajo este alias, desde Plastic beach en 2010»

 

Xavier Valiño se sumerge en el nuevo trabajo de Gorillaz, The mountain. Un disco con la muerte y la India como hilos conductores, y que cuenta con colaboraciones muy especiales.

 

Texto: XAVIER VALIÑO.

 

En el espacio de diez días murieron dos personas. Keith Albarn, padre de Damon, fue incinerado y sus cenizas esparcidas en Varanasi, la ciudad sagrada india donde el río Ganges recoge a los muertos para devolverlos al ciclo eterno. Jamie Hewlett perdió al suyo casi al mismo tiempo. Dos pérdidas en paralelo, dos creadores de la misma banda ficticia —2-D, Murdoc, Noodle y Russel— y un mismo viaje a la India para intentar entender algo que, quizá, no tiene explicación racional. De ahí nació este disco: de la muerte como puerta, no como final.

The mountain es el noveno álbum de Gorillaz y, quizá, el más personal que Albarn ha firmado bajo este alias desde Plastic beach en 2010. La motivación es tan concreta como insólita: hacer un disco sobre la muerte que quite el miedo a morirse. Para lograrlo, Albarn rescató del archivo de veintinco años de la banda fragmentos de músicos ya fallecidos como Bobby Womack, Tony Allen, David Jolicoeur, de De La Soul, o el inclasificable Mark E. Smith, de The Fall, y los tejió junto a colaboraciones nuevas.

La curiosidad más llamativa: Proof de D12, muerto en 2006, aparece rapeando en “The manifesto”, con una referencia explícita a “Dirty Harry”, el tema que grabaron juntos en 2005. El disco funciona así, como un tablero de ouija musical, aunque con mucho más ritmo.

El ancla temática es la India y su noción del samsara, la rueda incesante de vida, muerte y renacimiento. La canción que da título al álbum arranca con una melodía folclórica de Rajasthan, que Albarn recogió visitando el Fuerte Ámber, y funciona como umbral de entrada: hermosa, espectral, completamente inesperada viniendo de una banda que empezó siendo un apéndice del britpop.

Anoushka Shankar —sí, la hija de Ravi Shankar— toca el sitar en seis de los quince cortes y le da al conjunto una coherencia sonora que, de otro modo, sería imposible con un elenco tan disperso que incluye a Sparks, IDLES, Omar Souleyman y la legendaria Asha Bhosle, cantante bollywoodense de 92 años a la que Cornershop homenajeaban en su mayor éxito, “Brimful of Asha”.

El problema es que la ambición no siempre se traduce en canciones redondas. “The happy dictator”, con Sparks, es una pieza pop irresistible, y “Damascus”, con Souleyman y Yasiin Bey mezclando hip hop e instrumentos sirios, resulta uno de los puntos álgidos del disco.

Pero “The Manifesto” se extiende más de siete minutos sin justificarlo, y algunas colaboraciones resultan menores comparadas con el peso específico de sus participantes. Albarn lleva años acumulando proyectos como quien no puede parar de moverse, y aquí, curiosamente, la quietud le sienta bien. Cuando el disco respira lento y deja entrar el incienso del Ganges, esa puerta se abre de verdad.

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