
«Se cruza con los fantasmas de John Lennon y George Harrison, mira de reojo a Ringo Starr y convierte todo ese material íntimo en canciones que respiran presente»
Javier Márquez Sánchez se adentra en The boys of Dungeon Lane, el nuevo álbum de estudio de Paul McCartney, para analizar las claves de este viaje al pasado con sabor a presente.
Texto: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ.
Foto: MARY McCARTNEY.
Hay artistas que envejecen defendiendo su leyenda como un boxeador lucha eternamente por el título de los pesados. Paul McCartney, por fortuna, parece seguir más interesado en abrir cajones, tocar instrumentos, perseguir melodías y mirar por la ventana de su propia memoria. A estas alturas de la película, cuando cualquier otro músico llevaría décadas administrando reediciones, giras conmemorativas y documentales de prestigio, McCartney entrega The boys of Dungeon Lane como si todavía tuviera pendiente demostrar algo. No porque lo necesite, sino porque su talento, esa maquinaria musical incombustible, continúa funcionando con una naturalidad desconcertante.
El título del disco ya marca el territorio emocional. Dungeon Lane remite al Liverpool de la infancia, a los alrededores de Speke (la urbanización en la que vivía junto a George Harrison), a esos caminos donde el joven Paul todavía no era “Paul McCartney”, sino un muchacho con una guitarra, una familia trabajadora, una imaginación desatada y un horizonte que, visto desde allí, debía parecer tan improbable como la luna. La tentación, claro, sería hablar de nostalgia. Y sí, The boys of Dungeon Lane es un disco nostálgico. Pero la palabra se queda corta si la entendemos como mero ejercicio de álbum de fotos. McCartney no se limita a recordar. Vuelve a entrar en aquellas habitaciones, escucha las voces que ya no están, se cruza con los fantasmas de John Lennon y George Harrison, mira de reojo a Ringo Starr y convierte todo ese material íntimo en canciones que respiran presente.
Porque esa es una de las virtudes mayores del álbum: no suena a pieza de museo. La producción de Andrew Watt, con McCartney implicado también en la arquitectura del sonido, no intenta rejuvenecerlo a martillazos, ese procedimiento tan frecuente con veteranos ilustres al que habría que aplicar sanción administrativa. Lo acompaña, lo empuja lo justo y le permite ser quien es. Hay guitarras, pianos, arreglos de aire clásico, ecos beatle, ráfagas de pop rock y baladas de melancolía cristalina, pero todo parece colocado al servicio de la canción. Y tratándose de McCartney, conviene no olvidar lo esencial: antes que mito, beatle, superviviente de una era dorada o estatua viviente del siglo XX, sigue siendo un compositor. Uno de los más grandes.
“As you lie there” abre el disco situando la voz en primer plano, con esa fragilidad actual que lejos de restar fuerza añade verdad. McCartney ya no canta como en Band on the run, ni falta que hace. Su voz tiene ahora grietas, aire, una leve aspereza que vuelve más cercanas las canciones. Hay algo conmovedor en escuchar a un hombre que lo ha cantado casi todo aceptar el paso del tiempo sin convertirlo en tragedia.
En “Days we left behind”, una de las piezas centrales del álbum, la memoria no actúa como refugio sino como conversación pendiente. No es difícil sentir ahí la sombra de Lennon, no como reclamo sentimental barato, sino como presencia natural en la conciencia de quien compartió con él una forma de entender la música, la amistad, la rivalidad y el milagro absurdo de cambiar el mundo escribiendo canciones en habitaciones pequeñas.
El disco funciona mejor cuando McCartney se permite esa mezcla de transparencia y oficio. “Lost horizon”, “Ripples in a pond” o “Never know” parecen avanzar sobre la idea de que toda vida deja su huella en quienes vinieron después. No hay solemnidad impostada, sino una emoción controlada, casi pudorosa. McCartney siempre ha tenido fama de melodista luminoso, a veces incluso demasiado luminoso para quienes confunden la hondura con poner cara de sufrir en una esquina. Pero en The boys of Dungeon Lane vuelve a demostrar que la claridad también puede ser profunda. Que una melodía bella no es necesariamente una concesión, sino una forma de inteligencia.
Uno de los momentos más especiales llega con “Home to us”, el dúo con Ringo Starr. La reunión de los dos Beatles supervivientes podía haber caído fácilmente en la postal lacrimógena, con violines de funeral sentimental y público dispuesto a aplaudir antes de escuchar. Sin embargo, la canción tiene algo más sencillo y por eso más poderoso: dos viejos amigos reconociéndose en una historia compartida. No necesitan levantar la voz. Les basta con estar ahí. La sola presencia de Ringo, su batería, su timbre, su memoria pegada a la de Paul, convierten el tema en una pequeña cápsula de tiempo.
También hay en el álbum una mirada familiar y social que evita el narcisismo del recuerdo privado. “Salesman saint” apunta hacia los padres, hacia los días de la posguerra, con esa dignidad trabajadora de la que McCartney procede y que tantas veces ha quedado sepultada bajo el brillo planetario de su carrera. “Life can be hard” lo dice casi todo desde el título, con esa sencillez que en otro autor podría sonar obvia. Es casi como si el autor se sentase a nuestro lado para admitir, sin dramatismo, que la vida aprieta, que la gente se va, que los sueños cambian y que aun así merece la pena seguir tarareando algo.
The boys of Dungeon Lane no necesita ser el mejor disco de Paul McCartney para resultar importante. Esa competición, a estas alturas, sería ridícula, como enfrentar a un abuelo con sus propias fotografías de juventud y exigirle que corra más que ellas. Lo valioso es que el álbum está vivo. Tiene pulso, emoción, melodías memorables y mucha honestidad.
McCartney mira hacia atrás pero no para quedarse allí, sino para entender cómo aquel muchacho de Liverpool sigue habitando al hombre que canta hoy. En fin, la humanidad ha cometido errores atroces, pero al menos nos dio a Paul McCartney. Algo es algo.



















