La mejor Madonna en más de veinte años

Autor:

«Era tan simple como dedicarse a lo que mejor sabe hacer»

 

Ante el nuevo disco de Madonna, Confessions II, se sitúa Carlos de Ziriza para analizar sus aciertos y sus errores. La cuarta resurrección de la artista.

 

Texto: CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA.

Un buen colega periodista me dijo una vez que la diferencia entre Björk y Madonna era que la primera se valía de los productores que escogía para llevarlos a su terreno, mientras que la segunda trataba de fagocitarlos sin imprimir una personalidad propia a sus operaciones renove. Seguro que no lo dijo con estas palabras, pero fue algo así.

Nunca estuve del todo de acuerdo, pero la retahíla de trabajos insustanciales, despersonalizados, desvaídos, que la señora Ciccone nos ha provisto durante las últimas dos décadas (en casi todos despuntaba algún buen single, qué menos) daba razón de ser a esa visión: ni Mirwais, ni Diplo, ni Martin Solveig, ni Benny Benassi han servido para dar relevancia a una carrera que dejó de tenerla en Confessions on a dance floor (2005).

Así que Madonna se ha dejado de experimentos, ha reclutado de nuevo al gran Stuart Price, con quien volvió a congeniar en el Celebration Tour (cuyo paso por Barcelona ya desglosamos aquí hace tres años) y ha entregado su mejor disco desde entonces, en gran medida porque tampoco resulta exactamente una secuela, pese al título: aquí hay cosas que remiten —y lo hacen muy bien— a Erotica (1992), Ray of Light (1998) o incluso a Music (2000). Era tan simple como dedicarse a lo que mejor sabe hacer.

Concebido en modo de sesión de DJ, como el disco del que toma inspiración, sin respiro entre pista y pista, con una secuenciación muy meditada y una duración que excede la hora repartida en dieciséis cortes, Confessions II (2026) no inventa realmente nada, pero lo pule todo muy bien.

Suena a años noventa, fundamentalmente. Rinde tributo a la Nueva York en la que creció (guiño incluido a Lou Reed), la misma ciudad que David Byrne evoca con cegadora brillantez a través de las pantallas de conciertos como los que ofreció hace poco por España: esa caldera humana que es lúdica, mestiza, tolerante, progresista e interracial, vivero de tendencias y vanguardias desde hace más de cinco décadas. Y lo hace a ritmo de música disco, house, algo de EDM, funk y hasta un amago latino (con Feid) que esta vez no chirría.

Es un trabajo rebosante de chispa, clase y savoir faire, al que solo se le podría reprochar que carece de singles tan inapelables como los que solía facturar hace años. Si bien su saldo global es tan sólido que ni el más optimista de sus seguidores (creo) hubiese podido aventurar.

Si yo tuviera que dividir su carrera en tramos diferenciados, diría que esta es su cuarta resurrección, todas gestadas cuando nadie ya las esperaba. En cuatro décadas. No está nada mal. Y en cierto modo supone un golpe en la mesa para recordar, por si hacía falta, que antes de Kylie, Gwen, Britney, Christina, Gaga, Miley, Robyn, Lipa, Sabrina (aquí colabora: la Carpenter, no la Salerno), Charli, Taylor o Addison, ya estaba ella.

Artículos relacionados