La imagen secreta, de Montero Glez

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LIBROS

«La literatura, el arte, parece decir, está en las tabernas y los tugurios»

 

Montero Glez
La imagen secreta
PEPITAS DE CALABAZA, 2019

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Cuando los grupos de la Movida estaban ya asentados en el gran público o desaparecidos, los artistas plásticos que los acompañaron gráficamente —Ceesepe, García-Alix o Barceló— se empezaron a relacionar con otro tipo de ambientes. La vida de la noche se había trasladado a algunos tablaos flamencos y a bares a los que no acudiría ningún nuevaolero. Allí, los hijos de ciertas dinastías flamencas, los Carmona o los Heredia, empezaban a experimentar en la música que les habían legado y le incorporaban nuevos aires. Los artistas gráficos entraron en este mundo, que se denominó nuevo flamenco, y fue explotado sobre todo por Mario Pacheco en Nuevos Medios. Este Madrid de farolas y sombras, en el que se estaba gestando una nueva forma de música popular, es el que retrata Montero Glez en esta poderosa novela.

Formalmente, no se podría hablar de ella como novela. Cierto es que tiene fragmentos narrativos y que el estilo rebosa de frases cortas y cortantes, pero está dividido en pequeñas estampas que forman un poliédrico conjunto con esa estética de siega en el lenguaje, de capítulos de veinte líneas, pero sin el afán narrativo de llevar adelante una historia central. Es una descripción, al fin y al cabo, construida con pequeñas historias que abordan estudios sociológicos, históricos, musicales, geográficos, tabernarios o artísticos. El punto de partida es un cartel expuesto en la calle, solapado por otros pero del que aún se adivina una parte. Se trata del que anunciaba la salida de Potro de rabia y miel, de Camarón, pintado por Miquel Barceló.

A partir de ahí, emerge el mundo antiguo del flamenco, con Antonio Chacón y Sabicas; el Madrid árabe y el Madrid de los tugurios; antiguos tablaos; Almodóvar y la discoteca Stella… El retrato de los márgenes, al fin y al cabo, márgenes que son aprovechados por los señoritos para sus fiestas, por la SGAE para sus regalías y por cantantes del lado luminoso para sus discos o sus actuaciones: los flamencos que participan en discos de Luz Casal, de Mecano o de Cómplices, o Ketama, teloneando a Prince, son testigos.

Al final, todo este corpus se estabiliza y todo cobra sentido, echando cables entre lo culto y lo vulgar. Quizás el estilo, en que a veces el autor se deja llevar por esa tensión entre lo callejero y lo lírico, se sale un poco de madre, pero cuando acierta, da en el centro del lenguaje, en imágenes que dan la vuelta una y otra vez, como un carrusel. En el fondo, no deja de ser un libro sobre cierta estética, que abomina de los talleres de escritura caducos: la literatura, el arte, parece decir, está en las tabernas y los tugurios.

Anterior crítica de libros: Los mitos de Cthulhu, de H.P. Lovecraft y Alberto Breccia.

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