La extraña vuelta de Tricky, el rey de sonido Bristol

Autor:

«No nos deja cómodos, pero a la vez nos encontramos radiantes»

 

César Prieto analiza Different when it’s silent, el nuevo trabajo de Tricky tras seis años de silencio. Un galimatías experimental con guiños al pasado.

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Different when it’s silent es un disco que se ha de cruzar en la oscuridad, nocturno. Se trata del decimoquinto álbum de Tricky y el primer disco publicado bajo su propio nombre en seis años. Fuera de seudónimos y proyectos paralelos, da la impresión de recuperar algo de lo que fue en sus primeros tiempos; pero, en otras ocasiones, las canciones parecen pertenecer a otro mundo, leves experimentos que nunca había probado, estilos a los que nunca se había enfrentado, y no dejan de ser algo original sobre el cimiento de su sonido clásico.

Se trata de un disco que pudo no existir. Como todos, dirán; pero en este la aventura fue algo más rocambolesca. Las canciones iban a formar parte, en principio, de otro de sus proyectos secundarios; pero su representante, que es nada menos que el fundador del sello Creation, le convenció de que las canciones eran jugosas, y tenían entidad propia como disco de Tricky. Y es cierto, pese a todas las salidas de su norma sonora, se intenta volver a las fuentes y recuperar ese lenguaje nocturno y obsesivo que definió su debut de 1995.

El disco se grabó a caballo entre su casa actual en Francia y su Bristol de origen, y en él vuelve a aparecer Mitch Sanders, el jovencísimo cantante de voz ronca que aporta la voz principal en casi todas las canciones, tiñéndolas más de oscuridad, y casi como contrapeso emocional de la presencia de Tricky. Únicamente ha de escuchar uno “Out of place”, el single de adelanto y que cierra el disco, para darse cuenta de que es el que conocíamos, en este caso sin la voz de Sanders y experimentando con texturas, sintetizadores, guitarras distorsionadas y rabia. Como un compendio de todo el disco y una recuperación del Tricky al que estábamos acostumbrados.

Antes, en las trece canciones restantes, como decimos, había ido experimentando con otros ritmos. “I still see me there”, con su acento cansado, es melancólica y sombría en su tristeza, el imaginario de Bristol, para hablar de los fantasmas del pasado. Uno de los momentos más bellos y sólidos del disco con esa atmósfera inquietante.

Repasemos las de esta cuerda: “I tried”, con un bajo casi hipnótico y, de nuevo, un desgaste emocional. En “Because I don’t know” aparecen texturas sombrías, esta vez sobre un ritmo electrónico, con estallidos abrasadores de guitarra, y voz dolorosa de Tricky, muy al fondo, que contrasta con la fragilidad de Sanders.

Pero luego hay composiciones en que los arreglos se apartan, aunque sea levemente, de estas coordenadas. “I’m yours”, una balada de amor tensa e íntima, que posee una base debajo palpitante y bailable; pese a la oscuridad, tan turbia como algunos temas de The Cure. Al grupo de Robert Smith, en su vertiente más pop, también se asimila “Paris maybe”, compuesta por Sanders y rechazada por su discográfica. Similar es “Cannon fodder”, que se aleja del trip-hop y abraza guitarras pospunk tensas.

En “Be still in your pain” hay un cambio con la introducción de otra voz de Bristol. Se trata de Run Red Rambo, que rapea su narrativa callejera y rugosa con un desgarro de soul. Una de las cumbres de emoción del disco. Por el contrario, la rítmica de “So cold” es cercana al drum and bass, helada pero enormemente bailable.

El disco continúa con tres rodajas mucho más orgánicas. “Marinade” es una versión de Dope Lemon, el proyecto paralelo del australiano Angus Stone. Más bien una reinterpretación, porque rehace la letra y le da una instrumentación más clásica, con cuerdas, casi cinematográfica. “Radana” también tira de orquesta y de sonido clásico, con la colaboración del rapero Dwaine Browne, con una voz que anida en el dolor y la oscuridad. Al fin, «Piano» comienza con ritmos etéreos, casi sacros, un pequeño lied que acaba en letanía.

Aún quedan dos canciones antes de “Out of place”, que avisábamos que cierra el disco. “Frontier town” es desconcertante, un pequeño apunte sonoro con ritmo industrial y andadura de blues pantanoso que prepara el terreno para el maravilloso cierre con “Hengrove blues”, un guiño a su barrio de infancia en Bristol, desnuda y frágil, solo con guitarra acústica y mucho más cercana al folk a la manera vulnerable de Eliott Smith.

Al concluir las catorce canciones uno sale de ellas plácido, pero también lleno de energía; oscuro, pero con una sensación de placidez. No nos deja cómodos, pero a la vez nos encontramos radiantes. Como hacen los grandes discos.

Artículos relacionados