
«Me resulta casi imposible conectar con el pulso eléctrico de alguna que otra sobrada sónica de un elepé en el que la producción de Dan Lancaster es rotunda y el sonido, como no podía ser de otra forma, apabullante»
Fernando Ballesteros analiza The wow! Signal, el nuevo disco de Muse. Un trabajo, el décimo en la carrera del trío británico, que vuelve a asentarse en la vida extraterrestre y en la grandilocuencia.
Texto: FERNANDO BALLESTEROS.
Muy lejos quedan ya los tiempos de Origin of simmetry (01) y Absolution (03), considerados casi de forma unánime como los mejores trabajos de Muse. El trío, procedente de Devon, había debutado en 1999 con Showbiz y desde 2009 llevan editando discos, menos inspirados, con los que, de todos modos, han consolidado su posición como estrellas.
Lo que no ha cambiado para Muse es el interés que Matt Bellamy ha mostrado por la vida extraterrestre y las teorías de la conspiración en nuestro planeta. Aspectos que vuelven a estar muy presentes en su nueva colección de canciones. De hecho, el décimo disco de la banda británica pone el foco, como punto de partida, en la posibilidad de que exista vida más allá de la Tierra y parte de un hecho histórico que ya queda reflejado en su título. Lo que ocurrió fue que, en agosto de 1977, un radiotelescopio en Ohio captó una señal de radio de origen desconocido, que duró poco más de un minuto. El astrónomo Jerry Ehman, impresionado ante el hallazgo, solamente acertó a escribir un lacónico «wow!» en su bloc de notas.
Más allá de los grandes enigmas, y para centrarnos en lo mundano, cuentan que la vuelta a los orígenes del grupo de la que tanto se habla estos días se produjo, en cierta medida, como una respuesta, más o menos inconsciente, de Bellamy al complicado periodo que siguió al final de su relación con Elle Evans.
Pero por mucho que uno mire a lo que hacía en el pasado y aunque se hable sin cesar de un pretendido retorno a los viejos tiempos, hace mucho que la épica se hizo fuerte en el mundo de Muse y son esos aires grandilocuentes los que dominan en la apertura. “The dark forest” despliega, de primeras dadas, un arsenal de cuerdas, cambios sorprendentes y hasta versos en latín. Las señas de identidad están bien claras y la sencillez o la austeridad no va a ser una de ellas.
“Nightshit superstar” mezcla elementos disco y funk con un falsete con el que parecen querer volver a la tierra. El ligero aroma cinematográfico de “Shimmering scars”, una especie de balada que va cogiendo fuerza con el paso de los minutos, es otro de los momentos destacables de un álbum que, sin llegar a la altura de sus dos primeros discos, vamos a decirlo ya, supera con creces a su antecesor.
“Cryogen” es metálica y fuerte y, según comienza a sonar, uno tiene la sensación de que por ahí sobrevuela el espíritu de “Plug in baby”; finalmente no hay para tanto, pero, igual que “Hexagons”, es efectiva y funciona a la perfección en el universo de Muse. “The sickness in you and I” cuenta con un estribillo inspirado como gran baza y juega por igual con los sonidos fuertes y con el funk, mientras que el amor perdido marca la fragilidad de “Endlessly”, en la que vuelven a aparecer los Muse más humanos.
Me resulta casi imposible conectar con el pulso eléctrico de “Be with you” y con alguna que otra sobrada sónica de un elepé en el que la producción de Dan Lancaster es rotunda y el sonido, como no podía ser de otra forma, apabullante. De eso parece que va la película de Muse desde hace una década y media. Para los detractores del grupo el disco no ofrece nada nuevo, si acaso les servirá para seguir alimentando ese rechazo. Los que se bajaron del barco después de sus cuatro primeras obras pueden encontrar algún argumento para volver a alimentar su fe y la legión de fieles tiene motivos para el optimismo porque estamos, probablemente, ante su mejor álbum desde Black hole and revelations, y ya han pasado veinte años de aquello.



















