Johnny Cash, aquel cronista musical del viejo Oeste

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COWBOY DE CIUDAD

«Cada tema parece una entrada distinta en una enciclopedia emocional de la frontera. El cowboy, el pionero, el pistolero, el soldado, el condenado y el emigrante forman parte de un mismo paisaje moral»

 

Javier Márquez Sánchez regresa a Johnny Cash sings the ballads of the true West, uno de los álbumes conceptuales más importantes en la carrera de Johnny Cash, publicado en 1965.

 

Texto: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ.

 

Cuando hablaba de trenes, cárceles, culpa, Dios o amor perdido, la voz de Johnny Cash parecía provenir de algún lugar anterior a la comodidad moderna, de un territorio donde cada hombre cargaba con su sombra, donde había que ganarse la redención. Por eso, Johnny Cash sings the ballads of the true West, publicado en 1965, no suena como una rareza dentro de su discografía, sino como una consecuencia natural. En este trabajo Cash no se disfraza de cowboy, simplemente vuelve a uno de los paisajes míticos que ya estaban dentro de su música.

Más allá de Hollywood y los seriales televisivos, Cash buscaba el Oeste verdadero a través de canciones que perduran de aquellos días y otras contemporáneas que tratan de evocar a estos. Como buen narrador, sabía que la historia no siempre vive en el documento impecable, sino en la balada que alguien canta junto al fuego. De algún modo, una forma primitiva de archivo sonoro antes de que la humanidad decidiera que todo debía guardarse en una nube, porque al parecer perder las cosas en cajones era demasiado sencillo.

El álbum nació como un proyecto ambicioso: un doble elepé conceptual dedicado a canciones, relatos y personajes del viejo Oeste. Cash lo planteó casi como una travesía musical. Entre tema y tema aparecen narraciones que sirven de hilo conductor, como si el cantante se sentara frente al oyente y abriera un viejo libro de estampas fronterizas. El resultado tiene algo de disco musical, algo de documental radiofónico y algo de narración de mecedora. No es un álbum para escuchar de fondo mientras uno contesta mensajes o revisa la nevera. Pide atención, cierta paciencia y una mínima disposición a dejarse llevar.

El repertorio mezcla composiciones propias, canciones tradicionales y piezas ajenas adaptadas al universo Cash. Ahí están temas como “I ride an old paint” y “The streets of Laredo”, dos piezas fundamentales del cancionero cowboy; “Bury me not on the lone prairie”, con su melancolía funeraria; “Sam hall”, áspera y desafiante; “Sweet Betsy from Pike”, ligada a la emigración hacia el Oeste; o “Green grow the lilacs”, que lleva hasta la frontera la memoria de viejas canciones populares. Cash interpreta estas canciones con respeto, pero también con una rudeza que impide que se conviertan en porcelana folclórica.

Uno de los grandes aciertos del disco es que el Oeste no aparece reducido al duelo de pistolas. Hay forajidos, sí, igual que muerte, cementerios y condenados que miran de reojo al cadalso. Pero también hay caminos, nostalgia, religión, guerra civil, soledad, cartas del hogar y hombres que avanzan por una tierra demasiado grande para ellos. “Hardin wouldn’t run”, dedicada al dylaniano John Wesley Hardin, resume muy bien esa fascinación de Cash por los personajes moralmente turbios. El Hombre de Negro nunca necesitó absolver a sus criminales para hacerlos interesantes. Le bastaba con cantar desde una distancia incómoda, sin sermón pero sin ingenuidad.

También destaca “25 minutes to go”, escrita por Shel Silverstein, una cuenta atrás hacia la horca que Cash convertiría más tarde en una pieza memorable en directo de cabecera At Folsom Prison. Aquí ya está ese humor negro tan suyo, esa manera de mirar la muerte con una sonrisa ladeada, como si el condenado supiera que el mundo es absurdo, pero ya no tuviera tiempo de rellenar una hoja de reclamaciones. En “The ballad of Boot Hill”, el cementerio de Tombstone se convierte en símbolo de un Oeste donde la épica termina bajo una tabla de madera. Y “Mr. Garfield”, sobre el asesinato del presidente homónimo, amplía el mapa del disco hacia una violencia nacional que excede la simple frontera.

Musicalmente, el álbum es irregular en el mejor sentido de la palabra: tiene momentos austeros, otros más orquestados, coros, efectos, arreglos que hoy pueden sonar muy de su tiempo. En algunos pasajes uno imagina que la voz de Cash habría bastado por sí sola, con una guitarra seca y poco más. Pero esa abundancia también forma parte de su encanto. Es un disco de 1965, no una reconstrucción arqueológica diseñada para gustar a oyentes con barba mimada y vinilos ordenados por subgéneros. Cash quería hacer sonar el viento del Oeste en un tocadiscos moderno, y para eso usó las herramientas de su época.

Lo más valioso de Johnny Cash sings the ballads of the true West es su voluntad narrativa. El artista no se limita a cantar canciones wéstern, sino que construye su propio territorio. Cada tema parece una entrada distinta en una enciclopedia emocional de la frontera. El cowboy, el pionero, el pistolero, el soldado, el condenado y el emigrante forman parte de un mismo paisaje moral.

Dentro de la discografía de Johnny Cash, este álbum ocupa un lugar especial junto a otros proyectos conceptuales que demostraron su ambición como narrador de la historia estadounidense. No es tan popular como sus discos carcelarios ni tan inmediato como sus grandes canciones de Sun o Columbia, pero contiene una de las claves de su grandeza: Cash entendía Estados Unidos como una colección de voces heridas. Y pocas voces han sabido convocar mejor que la suya a los muertos del camino.

Anterior entrega de “Cowboy de ciudad”: Braxton Keith, country sin artificios tras la caricatura.

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