Joaquín Sabina, cómo decir adiós sin marcharse

Autor:

«No es solo que haya hecho historia, es que ha hecho algo más, la ha convertido en diálogo»

 

César Prieto analiza Hola y adiós, el álbum en directo con el que Sabina recoge su último viaje sobre los escenarios.

 

Texto: CÉSAR PRIETO.
Foto: SONY.

 

Recuerdo cuando Joaquín Sabina dijo hola. Fue en ese disco con sus actuaciones en La Mandrágora, acompañado de Javier Krahe y Alberto Pérez. Lo mejor de cada casa, vamos. También dijo hola en televisión, cuando Fernando García Tola lo llevó a sus programas Esta noche o Si yo fuera presidente, junto a Krahe y a algunas molestas irreverentes como Vainica Doble. Es conocido su éxito posterior hasta llegar al culmen de 19 días y 500 noches, aunque muchos de sus discos ya habían sido culminación. De aquellas, ya tenía el aura de figura mítica, hecho que se acrecentó con los diversos conciertos en compañía de Serrat.

El que presentamos también es un concierto. El último de su gira de despedida, celebrado en el Movistar Arena de Madrid en noviembre de 2025, cuando decidió que cincuenta años sobre los escenarios eran suficientes para una sola biografía. Las canciones son conocidas, Joaquín Sabina ya no necesita demostrar nada, pero tiene el talento de cantarlas con la emoción de la primera vez. No hay ninguna sorpresa, y sin embargo todo suena nuevo, como si cada verso supiese que es la última vez que sale de esa garganta. Y más que las canciones, lo que importa es que nos deja una biografía sellada en letras que hablan de él y hablan de todos.

Ahí está el Sabina que sabe cantar la esencia de Madrid en la que abre el concierto, “Yo me bajo en Atocha”, homenaje y memoria de una ciudad que es antigua y es moderna. Seguramente está escogida con una suprema picardía, canción trampa con la que se mete al público en el bolsillo, que al oír 18 de julio no lo jalean, pero cuando la fecha es 14 de abril se vuelve loco.

Está también el Sabina que resiste los golpes y sigue adelante, el que te comenta su filosofía de vida, como en “Lágrimas de mármol”, escrita con Leiva, lo que hace que la pulsión rockera crezca. O “Lo niego todo”, en la que va abordando las críticas que ha sufrido, como persona, no como mito. La canción que estira más estas reflexiones es “Más de cien mentiras”, donde rechaza el desaliento con un inventario de todo lo que tenemos y nos hace ilusionarnos. Es una defensa optimista de todo lo que hace la vida agradable.

En “Una canción para la Magdalena” el pensamiento pasea sobre la sociedad y la condición humana, y también se podría acoger a esta temática “Noches de boda”, una nueva oda a la vida, a disfrutar de cada momento con plenitud. Su alma mexicana aparece en ella, también con plenitud.

Después encontramos también a nuestro músico hablándole al amor en “Peces de ciudad”, que se abre con la nostalgia de un amor juvenil en París, al que hace contrastar con la superficialidad y en materialismo contemporáneo, con la pérdida de las ilusiones. Espíritu de contradicción, esta entrega total a un amor que queda en el recuerdo contrasta con los sentimientos contradictorios en las relaciones actuales que se dan en “Y sin embargo”. Ahí lo daría todo por su amor, pero a la vez la traicionaría. El cariño y la pasión momentánea pueden coexistir sin que ninguno pierda. Es un ideal de vida que no se ajusta a la moralidad, pero sí al deseo. En “Contigo” el amor se vuelve amable y apasionado, es un sentimiento que puede ir más allá de la rutina y que construye su canción más dramática, la del amor destructivo, cínico también, como Quevedo allá por el siglo XVII.

Rescata, conscientemente, dos canciones antiguas. La primera es “Calle Melancolía”, el recorrido por una ciudad que parece rechazarlo, desoladora, que lo mantiene en la inacción para aferrarse a algo que ya no existe, es de las primeras que escribió en Madrid y contiene imágenes más potentes. La segunda es la que cierra el disco, el concierto y su vida en los escenarios, “Princesa”. Yo lo descubrí con ella y me fascinó, aunque no en su voz. También habla de amor, de esa mujer deseada que se debate entre la adicción y la autodestrucción. En el Festival de Benidorm de 1982 apareció un tal Juan Antonio Muriel, autor de la música, cantando la letra de Sabina. Estupendo final con una canción de hace más de cuarenta años que a mí me hizo descubrirlo.

Después están las canciones grandes, aunque todas en Sabina son grandes. “De purísima y oro”, donde está toda la posguerra y la guitarra que trae aires porteños, “Por el bulevar de los sueños rotos”, con ese equilibrio entre melodía, sentimentalidad y pasión, donde consigue lo que intentó toda la vida, convertir las vivencias en música, aunque en este caso fueran las vivencias de Chavela Vargas, o “19 días y 500 noches”, en la que llega a la maestría en su manejo de lo coloquial y lo literario a la vez.

Cínico y canallesco, con una voz rasgada y testimonial, que en Tom Waits y en él resulta definidora, barroco y, como tal, creador de un lenguaje propio, Joaquín Sabina anuncia en el disco que se va. «Este es el último concierto de mi vida», pronunció aquella noche ante un recinto lleno, pero no es cierto, nunca se podrá ir, porque sus canciones seguirán ahí y serán cada vez más actuales. No es solo que haya hecho historia, es que ha hecho algo más, la ha convertido en diálogo.

Artículos relacionados