Jerry Lee Lewis: ¿Quién tocará ese viejo piano?

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«Jerry Lee volvió a los estudios para encadenar otros dos volúmenes salvajes, infectados de rock and roll y country honky tonk»

 

Tres discos grabados en apenas un año y medio, entre 1979 y 1980, sirven a Luis Lapuente para sumergirse en uno de los periodos más jugosos y prolíficos de Jerry Lee Lewis.

 

Texto: Luis Lapuente.

 

Nacido en el corazón de Luisiana en 1935, recién recuperado de un ictus, apodado El Asesino, Jerry Lee Lewis es, con Little Richard, el gran superviviente de la era dorada del rock and roll. El hombre que vendió su alma a los compases salvajes de “Great balls of fire”, el pianista con más honky tonk feeling de la historia. Ni las desgracias personales ni las presiones de la industria ni sus propios excesos pudieron doblegarle y su personaje y su legado musical revisten para siempre carácter de auténtica leyenda.

“¿Quién tocará ese viejo piano cuando yo ya no esté?” Ese era el título de uno de los clásicos que grabó Jerry Lee Lewis en su larga y poco valorada etapa en el sello Mercury, un formidable paréntesis de casi dos décadas entre los años canónicos del rock and roll en la discográfica Sun Records de Memphis y el corto pero fructífero período de tiempo que aprovechó El Asesino para embellecer el catálogo de Elektra con tres discos maravillosos que acaban de reeditarse ahora en un suculento volumen digital: Jerry Lee Lewis (1979), When two worlds collide (1980) y Killer country (1980).

El 5 de diciembre de 1976, su primo Jimmy Swaggart, predicador evangélico de oscura biografía, dirigió un especial televisivo por la salvación del alma de Jerry Lee y por la expiación de sus numerosos pecados. Enseguida, el Asesino empezó a resentirse de problemas de salud, que le obligaron a tratarse en distintos hospitales por, sucesivamente, hemorragia gástrica, sobredosis de anfetaminas y adicción a estimulantes y a barbitúricos. En 1978, tras despedirse de la discográfica Mercury con el elepé Jerry Lee Lewis keeps rockin’, tuvo que afrontar también una penosa serie de citas judiciales con el departamento de Hacienda, que le confiscó buena parte de su patrimonio por impuestos impagados durante dos décadas, y con los juzgados (por disparar contra Butch Owens; por posesión y consumo de estupefacientes; por escándalo público). Además, en pocos años se encadenaron las desgracias familiares: en 1979 falleció su padre Elmo Kidd Lewis; en 1982 su ex esposa Jaren Pate se ahogó en una piscina, en 1983 murió su recién estrenada esposa Shawn Michelle Stevens por sobredosis de metadona…

 

 

Coincidiendo con el período más difícil (entre mayo de 1976 y agosto de 1977) de su particular década negra, Jerry Lee Lewis dejó de pisar los estudios de grabación, un año en blanco que terminaría con el fichaje por la discográfica Elektra Records. Aunque a nivel personal nunca existió verdadero entendimiento entre los responsables de la compañía y el cantante, los resultados artísticos fueron admirables, tres álbumes registrados en tiempo récord, apenas año y medio de actividad. Se cuenta que cuando entró al estudio para grabar su primer trabajo en Elektra, a Jerry Lee le dijeron que solo tenían cuatro días a su disposición y que los aprovechara bien. Socarrón como era, El Asesino respondió: «¿Cuatro? ¿Y qué vamos a hacer con los otros dos que nos sobren?». En aquel disco, titulado genéricamente Jerry Lee Lewis, contó con un plantel de músicos excepcional, comandados por el gran Hal Blaine (1929-2019), legendario baterista del Wrecking Crew de Los Angeles, que entonces solía acompañar a John Denver. Allí se incluyeron portentosas recreaciones de gemas del soul y el rhythm and blues, como “Everyday I have to cry”, de Arthur Alexander, “I like it like that”, de Chris Kenner, o “(You’ve got) Personality”, el clásico de Nueva Orleans firmado por Lloyd Price, además de un número inédito de Bob Dylan (“Rita May”), de la época del elepé Desire, un incunable de su viejo colega en Sun Charlie Rich (“Who will the next fool be”) y el tema que le devolvió el favor del público como genuino héroe del rock and roll, una pieza sincopada, casi una formidable semblanza biográfica titulada “Rickin’ my life away”.

 

 

Enseguida, Jerry Lee volvió a los estudios para encadenar otros dos volúmenes salvajes, infectados de rock and roll y country honky tonk al más puro estilo. El primero, When two worlds collide, pasaba del notable alto con canciones tremendas como “Rockin’ Jerry Lee” o “Honky tonk stuff”, la clase de material sureño que se incendiaba en sus manos. El segundo le hacía justicia ya desde el título, Killer country, y en sus surcos se adivinaba al más grande entre los grandes de la música americana, un pianista deslumbrante y un vocalista en su mejor estado de forma: El Asesino nunca miró hacia atrás y a las primeras de cambio destapó el núcleo central de su personalidad arrolladora, pura esencia de rock and roll caníbal, primitivo, proteico, lo mismo a lomos de un clásico de Johnny Cash (“Folsom prison blues”) que emulando a Doris Day en una maravillosa versión de “Over the rainbow”: nada ni nadie parecía resistirse al poder de su garganta mercurial, pletórica, depredadora.

 

 

La experiencia no duró. En 1981, Jerry Lee Lewis demandó a la compañía Elektra en los tribunales, exigiendo la rescisión del contrato, descontento con el trato que recibía. Un año después, ya libre, recaló en MCA y entregó dos nuevos trabajos en una línea más pegada al country, My fingers do the talking y I am what I am. En el estribillo del tema que dio título al segundo de estos discos, Jerry Lee cantaba unas líneas que le definen más allá de cualquier otra consideración: «Yo soy como soy, no como ellos quieren que sea».

Bueno es recuperar ahora, cuando El Asesino se muestra dispuesto a seguir en la carretera muchos años más, estos tres discos prodigiosos, perfectamente empacados y anotados por los responsables del sello especializado BGO. ¡Larga vida a la Fiera Indomable de Luisiana!

 

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