
«Su nuevo trabajo es impresionante»
César Prieto aborda el nuevo disco de Jack White, Frozen Charlotte, su séptimo álbum de estudio en solitario, publicado a través de su propio sello, Third Man Records.
Texto: CÉSAR PRIETO.
El último disco de Jack White parece ser el guardián de un legado que durante décadas ha constituido la estética y el sonido del rock. Sí, es cierto que en algunas de sus canciones cabe la experimentación y el riesgo que han sabido moldear las distintas etapas de la música popular del siglo XX, pero aún en el riesgo adopta los patrones que han ido conformando el sonido duro, preciso, y lleno de solidez de las guitarras clásicas.
En las letras, quizá haya una unidad más conceptual, todas abiertas al enfrentamiento entre el individuo y el mundo moderno, pero las músicas picotean de diversos momentos y sonidos.
“Nobody knows”, por ejemplo, actúa con soberbia rockera y es cruda en su riff y acelerada en su concepción. La más cercana, en todo caso, a The White Stripes, con su leve registro a soul y a años sesenta. También acelerada es “I can’t believe what I’m hearing”, un estallido rápido, un riff constante y una batería a piñón. Sería bienvenida en una antología del glam rock de los setenta. También podría entrar en esta antología “She’s in a frenzy”, sobre una chica alocada y llena de energía errática. Es puro T. Rex, con un bailable ritmo infeccioso, y llena de chulería.
Está también la parte de hard rock. Ahí conviven “Thick as thieves”, con sus pullas en la letra al individualismo y sus riffs magistrales, y “All alone again”, que se desarrolla a la manera compacta de Led Zeppelin, con el ritmo ralentizado y el dramatismo de la voz.
Después encontramos el sector garaje, ahí brilla “Raising the grain”, con su esencia pesada y tribal, distorsionada y tambaleante, con una amplificación al límite y visceral, tanto como el mensaje de su letra: enfrentar el dolor para reafirmarnos.
También, aun siendo la más cínica y tensa, vuelve al garaje “Making contact”, para preparar los cinco minutos asfixiantes de blues de “Neighbors blues”, sobre el acoso y juicio constante de vecinos chismosos, con los doce compases que conforman muchas canciones de los Rolling Stones.
Algo de ellos hay también en “G.O.D. and the broken ribs”, oscura, sucia y distorsionada. Con un rapeado lento, más sentido que salvaje, y toda la esencia de la Velvet Underground y de Lou Reed. Un relato irónico que re imagina la historia de Adán y Eva con unos solos de guitarra hirientes. Su otra cara es “There’s nobody there”, que concluye con un mundo vacío y una nueva pareja en el jardín del Edén. El ambiente de soledad y vacío se llena con constantes llamadas al público.
Hay un par de canciones que tienen trazas psicodélicas. La primera es “Dollar bill”, un grito de resistencia frente al colapso económico capitalista, con frases cortas y directas, y melodías con arabescos a veces tan directas como la letra. La segunda es “You’ll never fix me”, con mellotron y toques afilados de las guitarras de Jack White para conformar una atmósfera de bar nocturno. Incluso hay un tema con un aire funk en la voz, “Derecho demónico”, y guitarras que a veces se desmelenan en wha-whas.
En definitiva, aunque en las músicas apuesta por diversos ritmos, todos dentro del predominio de las guitarras y de la solidez instrumental, en las letras se muestra mucho más conceptual, con un catálogo de vicios que no asciende a críticas a nivel social sino a actitudes individuales, y es por estos dos aspectos por lo que resulta un disco impresionante.



















