Interino, de Octavio Gómez Milián

Autor:

LIBROS

«El estilo es puntillista y nervioso, hay volantazos casi a cada línea y la conciencia fluye como si le hubieran destapado las compuertas»

 

Octavio Gómez Milián
Interino
LIBROS DEL GATO NEGRO, 2025

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Interino, la primera novela de Octavio Gómez Milián, crea un génesis y crea una mitología. Levemente, sí, pero su asunción de lo que en el principio fue y su repaso por episodios cuyo simbolismo es más sólido que su valor, aparte de la sucesión de generaciones, hacen que el libro tenga consignas bíblicas. Levemente, repito. También hay un centro espiritual, Zaragoza y un éxodo, el del padre del narrador y el del propio narrador llevando la palabra didáctica por los pueblos cercanos. Son maestros y la escritura del hijo es espiral, repetitiva y embelesadora con su fluir continuo. Las pocas páginas que dedica a su trabajo de profesor revelan que de ahí puede salir fácilmente otra novela. Y de las buenas.

El primer tercio da contexto a las situaciones. Hay cromos del Real Zaragoza y del Barcelona, tardes de un azul más rabioso de lo que se puede asumir, su prima Sara, cambios de colegio, del de su madre a los Marianistas, y al colegio del que sale el narrador con su hijo. Como buen aviador, se desliza en un vuelo rasante por la radio, las series de televisión, los videoclubs, los libros de misterio de la editorial Plaza y Janés, de tapa dura y granulada. Como toda mitología, ha de ser compartida, y el lector que haya vivido una infancia en los años ochenta sabrá reconocer un mundo que ya ha desaparecido, que aguantó y aguantó hasta que el nuevo milenio arrasó con él.

El estilo es puntillista y nervioso, hay volantazos casi a cada línea y la conciencia fluye como si le hubieran destapado las compuertas. Pero no, todo se regula en aras de la emoción de la prosa que Gómez Milián ha medido bien. Parece azarosa, pero todo está escrito con escuadra y cartabón.

Interino son sobre todos lugares. Esa habitación en el campamento escolar llena de tebeos, donde el niño se refugiaba, el bungaló de sus abuelos en Salou —ese Salou ocupado por aragoneses— y la habitación donde estudiaba mientras su abuelo —ya muy viejecito—permanecía sentado o acudía nervioso a ver a su nieto, los destinos sucesivos de su padre, Nava de la Asunción como un pasado que se revuelve, aunque no sea su pasado. En el fondo, la novela es una carrera campo a través en la que se van dando el relevo unos a otros.

Entre estos hitos temporales va pasando y repasando la historia, como un bombardero que cercase el objetivo. La pistola de su abuelo, alférez en la guerra y el catolicismo de fanzines religiosos, los diferentes destinos de su padre, al que sustituye en su primer traslado Ángel Guinda. Otros nombres ilustres aparecen en las páginas del libro, Sergio Algora o Félix Romeo están siempre, aunque no estén.

El funeral del abuelo parece ser el eje central. Ahí es donde se revela la tirantez entre la familia —su yo— y la juventud —su otro yo—, sin que ninguna domine, así que resuelve en llanto. Hay una tensión que tira del pasado y otra que tira del presente, la que colecciona cromos y compra revistas de baloncesto, pero echa un ojo al abuelo, la que vio a Uri Geller y escucha “David y Claudia”, pero a la vez da largos paseos con su padre entre Salou y Cambrils, la que sabe dónde está la felicidad e intenta que no se le escape. Y hasta a veces puede agarrarla.

Anterior crítica de libros: El subastador, de Joan Samson.

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