I am not a dog on a chain, de Morrisey

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DISCOS

«Los momentos más brillantes, las incontestables cumbres que Morrissey entrega en cada disco, le han vuelto a pillar vestido con sus trajes clásicos»

 

 

Morrisey
I am not a dog on a chain

ÉTIENNE/BMG, 2020

 

Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

Aquellos que se quejaban de que Morrissey lleva demasiado tiempo sin asumir riesgos tienen en su nuevo disco más de un motivo para esbozar una sonrisa. Porque es cierto que en sus últimas entregas el inglés se había movido muy poco de un territorio en el que parecía sentirse tan cómodo como, en muchos momentos, falto de inspiración. 

Trabajos como World peace is none of your business ó Low in High School contenían fogonazos de genialidad puntuales que te reconciliaban con el divo durante tres minutos. Poca cosa para una leyenda de su altura, las cosas como son. Tal vez por eso Mozz ha decidido mover ficha. Uno se imagina a la estrella en su casa, haciendo autocrítica en la soledad de su habitación y pensando que sí, que en el siguiente disco con Joe Chicarelli se pondría las pilas y se adentraría en territorios electrónicos. Arriesgaría. Volvería a sorprender al mundo.

¿Y qué ha pasado, a fin de cuentas? Pues miren: Morrissey le da a la electrónica en I am not a dog on a chain y convierte en un elemento destacado del álbum lo que en discos anteriores eran tan solo apuntes, apenas esbozos. Los amantes del Morrissey de toda la vida y los más refractarios a los cambios habrán recibido el disco con un leve arqueo de cejas y a la expectativa, y al final del camino, una vez escuchado el disco, no sé si alguno de los dos sectores habrá salido totalmente satisfecho.

Aun así, todos tienen donde agarrarse. El comienzo con «Jim Jim falls» nos recibe a golpe de sintetizador y crece con rotundidad hasta convertirse en uno de esos temas redondos que impactan y nos recuerdan los motivos por los que estamos ante uno de los grandes. El primer disparo ha hecho diana. Parece que, esta vez, viene a por todas. 

«Love is on its way out» es pop de tintes electrónicos, las musas no parecen estar tan activas pero la canción nos recuerda que hay nuevos sabores en el menú del exlíder de los Smiths, y «Bobby, don’t you think they know?», con la voz de Thelma Houston incluida en el capítulo de novedades, incide en esa sensación. Morrissey ha decidido arriesgar en lo artístico. El siempre polémico vocalista ha decidido que su controvertido carácter, sus salidas de tono, sus contradicciones y ese personaje cargante y —digámoslo— reaccionario quiere su ración de buenas críticas. Que hablen y bien de su música y no de sus titulares en la prensa. 

El juguetón tema titular mantiene la atención y la esperanza y «What kind of people live in these houses» cabalga bonita a lomos de medios tiempos y acústicas, mientras que «Knockabout world» también nos trae a la cabeza al Morrissey con el que crecimos, con una de esas canciones que se elevan y en la que su garganta vuelve a dejar claro que cuando habla se le puede discutir mucho, pero cuando canta y lo hace de una forma tan brillante como de costumbre, no se le puede poner ningún «pero». 

«Darling I hug a pillow» es más que correcta, pero anuncia unas nubes negras que aparecen en «Once I saw the river clean». ¿Atmosférica? Puede ser, de lo que no cabe duda es de que aburre. «The truth about Ruth», en la que aparece el Morrissey adicto al melodrama, tampoco mejora mucho las cosas, aunque mucho peor son los casi ocho minutos de «The secret of music». Me he detenido mucho tiempo en la canción y no termino de comprender muy bien qué es lo que pretende en ella, aunque me atrevería a asegurar que no lo consigue. A no ser que lo que quiera es desconcertarnos, vaya usted a saber. 

En lo lírico transcurre entre la habitual crítica social y la defensa del medio ambiente. El disco, al fin, alterna muy buenos momentos con un tramo final que cae en el tedio, y a uno le hace preguntarse si todo lo expuesto al comienzo ha merecido la pena. Es al hacerme esa pregunta cuando a un servidor le sale el fan de los Ramones que lleva dentro y, qué quieren que les diga, no sé yo si el viraje ha merecido la pena. A fin de cuentas, los momentos más brillantes, las incontestables cumbres que Morrissey entrega en cada disco, le han vuelto a pillar vestido con sus trajes clásicos, con lo que lleva luciendo desde hace más de tres décadas. 

Inmovilista o arriesgado, lo que falta en algunos momentos del elepé es inspiración, y como el talento le sobra, todos esperamos ese disco, por lo menos uno, que Steven tiene todavía guardado y que nos terminará entregando. Mientras tanto, acudiremos fieles a la cita cada vez que nos llame. Porque siempre hay perlas, y por si acaso. Por si salta la liebre de otra obra maestra. 

Anterior crítica de discos: Belorizonte, de Pablo Lesuit.

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