Historias de festivales: Cuando Wembley descubrió la música

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«A la espera de la nueva hornada de músicos, aquella velada dejó claro que el rock no había muerto, que no lo haría sin presentar batalla»

Inauguramos una nueva sección con la que Alfonso Cardenal nos paseará, cada quince días, por las «historias de los festivales». Para abrir boca, viajamos hasta agosto de 1972, cuando arrancó el festival de Wembley, con algunos de los primeros espadas del rock and roll en escena. Un evento que dotaría al rock de una nueva juventud, de un nuevo público.

 

Una sección de ALFONSO CARDENAL.

 

Este mes agosto de 2012 se cumplen cuarenta años del primer concierto en el mítico estadio de Londres, pero la música tardó medio siglo en llegar a Wembley. En 1972, el gran estadio londinense se abría a la música con The London n’ Roll Show, el primer concierto de la historia dedicado a las grandes estrellas del rock de los años cincuenta.

Los periodistas de la época bautizaron al evento como el nacimiento de la nostalgia o el primer movimiento revival de la historia de la música. Millares de personas abarrotaron el templo del fútbol inglés para ver en directo a grandes del rock como Chuck Berry (1926), Little Richard (1932), Bill Haley & His Comets (1925), Jerry Lee Lewis (1935) o Bo Diddley (1938).

Desde finales de los años sesenta, el rock de la década anterior había vuelto a sonar en la radio. Apenas un lustro antes muchos de estos músicos habían visto cerca el final de sus carreras por el éxito de una nueva generación de músicos, la mayoría de ellos británicos. Con lo que no contaban entonces era que parte de esa generación les reclamaría como padres de su música. La pasión por el blues y el rock negro de gente como Mick Jagger, Keith Richards o Eric Clapton supondría una mirada atrás por parte del público dando lugar al primer revival del rock. Desde mediados de 1971, Chuck Berry había vuelto a lo más alto de las listas británicas con ‘My ding-a-ling’ y el rock volvía a estar de moda en el Reino Unido. “No creo que esto hubiese sido posible hace diez años, nadie hubiera querido venir”, dijo Mick Jagger sobre el concierto.

Aquella fue una tarde de tupés, chupas de cuero, vaqueros y botas negras. Miles de jóvenes se congregaron en Londres para una sesión de música estadounidense. Una jornada especial en la que Wembley descubriría el rock con una lucha de egos, de estrellas que reclamaban su rincón especial en el firmamento del rock. Aquella tarde de revival sirvió para cobrar deudas, para recibir unos merecidos aplausos y para volver a conectar con unos jóvenes que les tenderían puentes a la siguiente generación. Este concierto serviría para perpetuar aquella música. A la espera de la nueva hornada de músicos, aquella velada dejó claro que el rock no había muerto, que no lo haría sin presentar batalla.

Después de un excéntrico Screaming Lord Sutch, que se subió a una stripper al escenario, le llegó el turno a Bob Diddley. El de Chicago apareció vestido con un peculiar traje blanco de lunares negros, sus gafas de pasta, un sombrero de sheriff y su habitual guitarra cuadrada. El público enloqueció. Aquella música, a pesar de los tiempos, había vuelto a encontrar a su gente, nuevas generaciones que encontraban hipnóticos aquellos ritmos. Diddley solamente necesitó tres canciones para demostrar su talento, ese estilo que marcaría de tantos modos el futuro del rock.

Tras el pase de Diddley subió al escenario un Jerry Lee Lewis que no se anduvo por las ramas. Su visita a Londres le sirvió para reclamar su trono, su a veces cuestionado estrado en el Olimpo del rock. Apenas catorce años antes el cantante sufrió el rechazo de la Inglaterra más conservadora cuando la prensa descubrió que estaba casado con su prima de 13 años. Aquel escándalo marcaría la carrera del pianista más salvaje del rock. La sociedad inglesa había cambiado mucho en esa década y a los jóvenes que llenaban Wembley les importaba bien poco la vida sentimental del músico. Lewis se desquitó aquella tarde. Como muchos de los músicos de aquel festival, el pianista se esforzó por demostrar, como había hecho tanto tiempo atrás, que él era el mejor.

El pase de Bill Haley, que fue introducido al público como el “el rey del rock”, fue un gran repaso al sonido de aquella década que ya quedaba lejana. Quince minutos junto a Haley suponen todo un viaje al sonido más clásico del rock. La ruptura con aquella época la escenificó la excentricidad de Little Richard con un atuendo que sería moderno y atrevido incluso en nuestros días. Tras comenzar su actuación con un ‘Lucille’ al piano, se apresuró en acercarse el micro y autoproclamarse “rey del rock”. A Richard no le habían sentado bien las palabras del presentador al despedir a Haley y volvió a tocar ‘Good golly miss Molly’, a su manera, con mala leche, con pasión.

El cierre de la noche corría a cuenta del hombre del momento, de un Chuck Berry con ganas de liarla. Su actuación quedaría para siempre en la memoria de los presentes. La compleja carrera de Berry tendría un punto de inflexión aquella noche. No solamente tuvo la oportunidad de brillar ante un público que le veneraba y que le había devuelto a la lista de éxitos, también tuvo el honor de tocar la última canción en el primer concierto de la historia de Wembley, un escenario que desde entonces ha acogido a los más grandes de la música. Aquella sería su noche, una velada que quedó inmortalizada en el documental que rodó Peter Clifton. También Chess editaría un álbum con la legendaria actuación.

Aquella sería la gran batalla por el trono del rock, en la noche en la que Wembley descubrió la música.

Aquí puedes ver el concierto íntegro:

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