Historia de diez portadas curiosas del rock


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Retrofuturismo, imágenes infantiles, ilustraciones terroríficas, surrealismo… Las portadas de disco son todo un mundo de posibilidades artísticas. Sara Morales ha seleccionado algunas de las más llamativas a nivel internacional, desde los Kinks hasta Sonic Youth.

 

Texto: SARA MORALES.

 
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1. «Man’quin», de Taxi Girl (1979)
Los aires retro futuristas del sonido de Taxi Girl quedaron plasmados en el artwork de este single de 12 pulgadas. Publicado en 1979 bajo el sello Mankin Record, asume con coherencia el gusto de la banda francesa por el neo vintage estético, cuyo sonido se traducía en un pop electrónico meticuloso en sintetizadores. Hijos de la New Wave y bebedores de la obra de Kraftwerk, al mismo tiempo que del clasicismo del crooner francés, las dos cabezas pensantes de Taxi Girl –Daniel Darc (voz) y Mirwais (guitarra)– asumieron para este trabajo la versión horror de la cultura POPular y la cara más amable del minimalismo. A partir de la fotografía de Jean–Luc Mabit para la portada, y su posterior manipulación gráfica, se acercan sinuosos a la serie B. Un trance estético y sonoro que discurre en una antítesis permanente: dulzura y terror; serenidad y expectación. Un paso más en los inicios del synthpop, con la mirada puesta en los no tan lejanos 60, que queda representada en la cara A con ‘Les yeux des amants’ y en la B con ‘Triste cocktail’. La estrella del disco, sin duda, ‘Mannequin’, fiel representante de Taxi Girl y uno de sus temas más recordados. Asentamiento de los sonidos hipnóticos en Europa, una escuela que nació en Alemania pero que en Francia también tuvo su representación.

 

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2. «Dirty», de Sonic Youth (1992)
Un simpático extraterrestre de lana naranja para ilustrar el disco más grunge del quinteto neoyorquino. El padre de la criatura, Mike Kelley. Reconocido artista estadounidense especialista en la técnica del reciclaje, con la que rescataba viejos artículos encontrados y les regalaba una nueva vida a base de chispa y sensibilidad. Este no es más que uno de los numerosos muñecos de peluche que conforman la entrañable colección de este genio de las artes plásticas alternativas, cuya obra ha llegado a ser expuesta, entre otros lugares, en el MoMA de Nueva York y la Tate Gallery de Londres. Fue Kim Gordon, bajista, voz femenina de la banda y amiga de Kelley, quien propuso la idea de esta colaboración y que terminó convirtiéndose en la cara del octavo álbum de Sonic Youth. Un guiño pop-infantil para representar estas dieciséis canciones (incluidos bonus track) furiosas y despiadadas que unen su habitual noise experimental con vestigios del hardcore punk. Producido por Buth Vig, responsable también del «Smell like teen spirit» de Nirvana, retrata a base de un rock crujiente y desesperado lo social y lo personal. Eso sí, con una sonrisa, aunque sea cosida.

 

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3. «Horizons», de The Greatest Show on Earth (1970)
El primero de los dos únicos álbumes de la banda británica. Surgidos en la nueva cruzada del rock progresivo allá por finales de los 60, The Greatest Show On Earth supieron imponerse en la era de la post psicodelia con este trabajo grabado en octubre de 1969 y lanzado el marzo siguiente. Una carrera corta, que no pasó desapercibida del todo en su momento, pero que con el tiempo no ha dejado unas huellas demasiado profundas. Su canción más recordada, por no decir su único hit, se esconde en este disco: ‘Real cold world’. Sin embargo, es el homónimo ‘Horizons’ de catorce minutos de duración, el tema que realmente pone de manifiesto la valía polifónica y fuerza experimental del octeto de Harlow. Coqueteo con el jazz y reminiscencias de R&B que no lograron conquistar oídos masivamente, pero sí miradas. Una insólita portada recordada por su impacto visual, más propia del cine de terror que de la fusión instrumental. Fue elaborada por Hipgnosis, colectivo de diseño gráfico inglés que también trabajó en cubiertas para Black Sabbath, Pink Floyd o Led Zeppelin.

 

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4. «Arthur – Or the decline and fall of the British Empire», de The Kinks (1969)
No cabe duda de que este, el noveno álbum de The Kinks, fue su obra más conceptual. Lo que se entiende por puramente conceptual, de hecho. Un disco creado en contenido y continente bajo una premisa: ser la banda sonora para una obra televisiva o telefilme de Granada TV. Ambicioso proyecto para el que Ray Davies trabajó mano a mano con el novelista Julian Mitchell en la creación del argumento y guión. Una historia basada en las peripecias de un personaje llamado Arthur, vendedor de alfombras en la Inglaterra de la posguerra, en busca de una vida mejor para su familia e inspirado en el cuñado del propio Davis. Por cuestiones económicas y burocráticas, y ante la frustración de todo el equipo implicado, el programa nunca llegó a emitirse; pero aquí nos ha quedado este disco. Un álbum que desde la misma portada, obra del diseñador Bob Lawrie, cuenta una historia. Arthur es un ciudadano inglés cualquiera en pleno siglo XX, una casa, una familia, un trabajo… Una vida con la que podría ser feliz o no. Quizás sienta la necesidad de dejar de ser un autómata y salirse de las reglas del juego marcado por un sistema bajo el que, aparentemente, todo funciona. Una a una, las doce canciones que conforman este disco, grabado en Londres entre mayo y julio de 1969, nos van desgranando su historia, la de muchos entonces e incluso ahora.

 

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5. «Three imaginary boys», de The Cure (1979)
Esta fue la portada que Robert Smith nunca hubiera querido para el álbum debut de The Cure. Sin embargo, así fue. Al parecer, su discográfica Fiction Records tomó la decisión de que este fuera el arte final del disco de manera unilateral. Hecho que suscitó el cabreo de Smith con el productor, Chris Parry, y sirvió para que a partir de ese momento solo él mismo asumiera de primera mano el control creativo de todos y cada uno de los discos que vendrían después. Tres elementos básicos de la vida cotidiana para ilustrar a los ‘tres chicos imaginarios’ de unos The Cure que todavía no sonaban demasiado pesimistas. De ahí el rosa. Una fotografía tomada por Martyn Goddard y Bill Smith en la que una nevera Hoover, una lámpara y una aspiradora se convirtieron en los iconos más pop de la historia del post punk.

Otra salida de tiesto por parte de la discográfica con respecto a este disco: incluir en el tracklist una canción no cantada por Robert Smith. Se trata de ‘Foxy lady’, una versión del clásico de Jimmy Hendrix, interpretada por el entonces bajista de The Cure, Michael Dempsev, y que realmente no era más que una prueba de sonido. Vamos que, Fiction Records se lució tomando decisiones. Tal fue el desacuerdo y el descontento del líder Robert con el resultado que, menos de un año después, reeditó el disco en Estados Unidos rebautizándolo como todos lo conocemos hoy, «Boys don’t cry». Sólo hicieron falta algunas nuevas canciones, como la mítica que le dio nombre, y una limpieza de los elementos que sobraban: ‘Foxy lady’ y, como no podía ser de otra manera, la portada.

 

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6. «Nothing’s shocking», de Jane’s Addiction (1988)
El espectáculo estaba servido. Eran finales de los 80 en Estados Unidos y las miras de los medios de comunicación estaban centradas en la música de masas. Solo el punk había conseguido desestabilizar el orden, pero seguía anclado en el underground. El rock, por su parte, pertenecía a los de siempre. De repente una banda de Los Ángeles, formada por cuatro rebeldes que le dan al guitarreo con pinceladas metal, aparecen para cambiar el rumbo; ellos fueron Jane’s Addiction y este disco su estrategia. Una crítica a la cultura estática y endogámica del momento dominada por clones y siameses, como los de su portada, cuyas propuestas no ofrecían nada nuevo. Una invitación masiva a adentrarse en la floreciente escena emergente y descubrir el verdadero show. Finalmente, sus letras adaptadas a los tiempos que corrían y las melodías adictivas de un rock diferente, fresco, oscuro y enérgico, que roza el heavy, consiguieron atraer la atención de la MTV que en un principio se negó a emitir el videoclip de ‘Mountain song’ por la aparición de una mujer desnuda. Y es que el rollo psicosexual y onírico de Jane’s Addiction llegaba dispuesto, con toda la intención, a alterar las cabezas; desde su portada, ideada y diseñada por el propio Perry Farrell –cantante de la banda–, hasta las once canciones que componen este trabajo que abrió las puertas del espectro alternativo. «Nada es impactante» (Nothing’s shocking), pero este disco rompió los esquemas de su propia sentencia.

 

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7. «Crime of the century», de Supertramp (1974)
Suspendido en el vacío, encerrado; sin escapatoria. Quizás fuera así como se sentían Roger Hodgson y Rick Davies, líderes de Supertramp, cuando comenzaron a dar forma a «Crime of the century», su tercer álbum de estudio. Arrastraban dos fracasos comerciales con sus dos discos anteriores, lo que había supuesto la desestabilización del grupo y el abandono por parte de varios de sus miembros. Por otro lado, su discográfica A&M les exigía por contrato la publicación de un nuevo trabajo. Así, las dos almas de la banda británica tuvieron que reclutar a nuevos músicos con los que empezar de cero: el batería Bob Siebenberg, el saxofonista John Helliwell y el bajista Dougie Thomson. Juntos crearon estas ocho canciones con las que Supertramp conseguiría el reconocimiento mundial, recuperando así la fe en su proyecto y dando origen a la que sería una de las carreras más prolíficas del rock anglosajón. Grabado en una granja de Somerset, entre noviembre de 1973 y febrero de 1974, contó con la producción de Ken Scott, quien aportó unos efectos de sonido pulidos y limpios con los que canciones como ‘Dreamer’ causaron verdadero furor a ambos lados del Atlántico. Para acompañar a este éxito, una portada sugestiva, tan bonita como angustiosa. El artista gráfico Paul Wakefield supo captar con precisión la atmósfera emocional respirada no sólo en los miembros de la banda, sino también en el sonido del propio disco.

 

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8. «Pink moon», de Nick Drake (1972)
Unos cuantos elementos, aparentemente sin sentido, se encuentran suspendidos en el espacio. Vacío. Soledad. A la luna, que se encuentra anclada en la densidad de un mar negro, le falta un trozo. Hay comida, bebida, todo lo necesario. Un cohete que despega, por si hay que escapar. Pero sobre todo desolación y tristeza, mucha tristeza. Esta fue la forma en que Nick Drake nos presentó su visión del mundo. Una alegoría surrealista para ilustrar las once canciones que componen su tercer y último disco, composición realizada por Michael Trevithick, por entonces novio de su hermana Gabrielle. Saturado del barroquismo de sus discos anteriores, con «Pink moon» el mágico Drake se desnuda y reaparece acompañado de su voz afligida y una guitarra acústica. No hizo falta nada más para elevar al estatus de poeta al cantante y compositor británico que por entonces ya sufría episodios severos de depresión. Su decaimiento crónico le llevó a plasmar, a través de un exagerado minimalismo y austeridad, esta serie de pasajes bucólicos con los que reinventó el folk. Sin embargo, pese a que tenía entre manos el que sería el álbum de su vida, y su sello Island Records confiaba plenamente en él, el ánimo no acompañaba al triste Drake. Se mostraba reticente a participar en tareas de promoción. No quería relacionarse con nadie, la vida comenzaba a pesarle demasiado. Terminó recluyéndose en casa de sus padres donde murió dos años después, por lo que este «Pink moon» es considerado todo un canto al escapismo. Tanto fue así que, en su tumba puede leerse una frase de ‘From the morning’, tema que cierra el disco y su última canción: «Now we rise, and we are everywhere».

 

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9. «Signing off», de UB40 (1980)
De una tarjeta de desempleo como esta, utilizada en el sistema administrativo británico en la década de los 80 y conocida popularmente como UB40, la banda de Ali Campbell tomó su nombre y la portada de su álbum debut. Canciones que protestan contra los gobiernos responsables de la precariedad del país, la crisis económica y el paro. Que condenan también la no implicación de un pueblo en la lucha por erradicar la lacra política. Que reivindican la unión. ¿Nos es familiar, no? Pues así es como UB40 se presentó al mundo, dejando atrás su complicada colección de despidos desde la clase proletaria de su Birmingham natal, para comenzar una prometedora carrera en la música como imprescindibles del nuevo pop del momento. Sus dejes reggae y dub fueron la seña de identidad de su sonido, y su posterior tendencia a las versiones una de las razones por las que la escena alternativa renegara de ellos años más tarde. Sin embargo, con este «Signing off», cuya portada fue creada por los hermanos Geoffrey y David Tristram, UB40 consiguieron mantenerse en las listas inglesas durante buena parte de los primeros años 80, con gran aceptación por parte de la crítica especializada y el público. Fue producido por Ray Pablo Falconer y editado con el sello discográfico Graduate.

 

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10. «In the court of the Crimson King», de King Crimson (1969)
Una de las portadas más célebre del siglo XX, para el que se considera el primer álbum de rock progresivo de la historia. Una pintura de Barry Godber, programador informático atraído por el arte, cuya única obra fue esta expresiva imagen realizada para el estreno discográfico de los ingleses King Crimson. Según cuentan, Godber apareció una tarde en el estudio con esta pintura que, inspirada en el sonido del disco, conquistó a cada uno de los miembros de la banda. No había dudas, el Hombre Esquizoide era perfecto para exteriorizar el rock sinfónico más conmovedor y doliente de que jamás se había oído. Un saxo que grita, ritmos apocalíticos, texturas abatidas, multiinstrumentación sobrecogedora, grandilocuente… Así es, por dentro y por fuera, «In the court of the Crimson King», un trabajo autoproducido que contó con el apoyo de la discográfica Island, pero que fue el boca a boca lo que le llevó al éxito. Barry Godber poco pudo disfrutar del impacto de su obra. Meses después de su creación, con 24 años, murió de un ataque al corazón. Desde entonces la pintura original pertenece a Robert Fripp, líder de King Crimson, quien no se cansa de repetir que este grito refleja su música. Expresionismo extremo que suena a art rock. Un sonido que tiene su propio rostro.

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