TREINTA ANIVERSARIO

«Todo lo que llevaba dentro, el dolor con el que convivía, podía ser procesado a través de la creación de nueva música»
Fernando Ballesteros recupera el sexto álbum de estudio de la cantante y poetisa estadounidense. Un disco conmovedor que supuso su regreso tras la muerte de su marido Fred “Sonic” Smith y de otros seres queridos.
Patti Smith
Gone again
ARISTA RECORDS, 1996
Texto: FERNANDO BALLESTEROS.
En el verano de 1979, Patti Smith se despidió de los escenarios. Había grabado cuatro grandes discos, pero decidió decir adiós al negocio musical para fundar una familia. Sus prioridades habían sufrido un vuelco. Unos meses más tarde se casó con el guitarrista de los MC5, Fred “Sonic” Smith, y se estableció en Michigan.
Solamente salió de aquel largo paréntesis en 1988 para editar “Dream of life”, pero aquel no se puede considerar un regreso en toda regla. A pesar del reconocimiento obtenido, no hubo vuelta a los escenarios. Aún habría que esperar unos años para que se iniciara la segunda y brillante etapa de la carrera musical de Patti Smith.
Fue en 1996 cuando Patti, tiró de dos viejos compañeros de su banda, el guitarrista Lenny Kaye y el baterista Jay Dee Daugherty, y junto al bajista Tony Shanahan y Luis Resto a los teclados, puso de nuevo en marcha una maquinaria a la que también aportaron los guitarristas Oliver Ray y el ex de Television, Tom Verlaine.
Vaya por delante que la vida de Patti Smith había sufrido un nuevo vuelco en los años anteriores a la gestación de Gone again (96). De hecho, aquel fue un disco marcado por las pérdidas personales de la autora. Fred, su marido, falleció en 1994, pero es que, además, tuvo que decir adiós a su hermano Todd, a su gran amigo y compañero de vida, el fotógrafo Robert Mapplethorpe, y a Richard Sohl, viejo compinche en los primeros tiempos de Patti Smith Group.
En realidad, cuando se marchó a las afueras de Detroit, tanto ella como Fred, habían planeado que volverían de lleno a la música una vez que los niños fueran ya mayores. Pero la vida se encargó de torcer esos planes. Para canalizar el dolor, Patti se refugió en la escritura hasta darse cuenta de que estaba preparada para la vuelta. Como ella misma ha contado en alguna ocasión, no se trataba de volver por volver y no lo haría si no contaba con una obra importante bajo el brazo.
Una gran colección de canciones para un brillante regreso
Smith, que nunca ha sido excesivamente prolífica a la hora de escribir canciones, quería estar plenamente convencida de que iba a merecer la pena volver al ruedo. Muchos de los músicos que la admiraban y que habían coincidido con ella en sus primeros años animaron a Patti, y algunas actuaciones en directo ofrecidas en 1995 fueron el detonante definitivo para convencer a Smith de que todo lo que llevaba dentro, el dolor con el que convivía, podía ser procesado a través de la creación de nueva música.
Los Electric Lady Studios de Nueva York fueron el escenario elegido para grabar el material que Patti había escrito en su cuaderno durante los días más duros. Allí se iba a grabar su sexto disco. Malcolm Burn y Lenny Kaye fueron los encargados de producir las nuevas canciones de Patti Smith y, efectivamente, su olfato no había fallado porque contaba con una extraordinaria colección.
“Gone again” es un comienzo simbólico y emotivo pues se trata de una de las últimas composiciones en las que Patti trabajó junto a su marido. Ideal para abrir el elepé. “Beneath the southern cross”, brilla sobre un colchón de guitarra acústica. Jeff Buckley hace coros en una canción que reflexiona sobre la desaparición de seres queridos y de nuevo entra en juego el simbolismo pues, en una obra marcada por la pérdida, queda registrada una de las últimas apariciones en el estudio de un artista cuya muerte marcaría a toda una generación poco tiempo después.
“About a boy” es un brillante tributo a la figura de Kurt Cobain, en el que Smith logra plasmar la empatía que siempre sintió hacia el líder de Nirvana. Son ocho minutos de música y poesía en los que recita, susurra y se lamenta, expresando toda la colección de sentimientos que le produjo su temprana desaparición.
“My madrigal” es una carta de amor a Fred y se me ocurren pocas cosas que añadir. Lo mejor es volver a escuchar la canción. Duele y se disfruta. Es arte. “Summer cannibals”, también escrita junto a su marido, abre las ventanas para que entre algo de luz y esta se cuela en uno de los temas más animados de la obra. El folk de “Dead to the world” incide en el duelo, y “Wing” en la necesidad de seguir adelante a pesar de todo.
La relectura del “Wicked messenger”, de Dylan, lleva la creación de su gran amigo al terreno del álbum. “Fireflies” es la pieza más larga de Gone again, quizá los diez minutos con los que más me cuesta conectar, y “Farewell reel” vuelve a estar dedicada a Fred, con el mensaje de que el amor sigue mucho más allá de la pérdida física.
El comienzo de la segunda etapa de una artista irrepetible
El 18 de junio del 96 se editó Gone again. La crítica recibió el disco con elogios generalizados. El disco es una obra más que notable, pero su importancia crece aún más cuando atendemos a lo que significó en el contexto de la obra de su autora, porque el lanzamiento marcó el comienzo de la segunda etapa artística de una creadora cuya figura no ha dejado de crecer desde entonces.
Lideró la versión arty de la explosión que tuvo lugar en Nueva York a mediados de los setenta, se marchó y volvió a reinar hasta convertirse en una de las artistas más importantes de la cultura pop. Puedo hacer el esfuerzo de ordenar sus discos por orden de preferencia y Gone again estaría entre los cinco primeros. Lo que me resulta casi imposible es decidir si prefiero a la Patti Smith dedicada a la música o a la sensacional escritora que nos ha dejado libros maravillosos. En unos meses, la veremos recoger el Premio Princesa de Asturias de las Artes y recordaremos, una vez más, su grandeza.
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Anterior entrega: Evil empire, de Rage Against The Machine, su segunda declaración de guerra.



















