Gigantes y Molinos (1): Frank, su amigo y su hija

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“Sinatra cantaba demasiado bien. Estaba tan dotado que parecía que no le costaba ningún esfuerzo; triunfaba sin currárselo, como diciendo ‘mira el don que me ha caído del cielo’. Lo suyo era una excursión, un paseo”

Abre Sergio Makaroff sus «Gigantes y Molinos» veraniegos –aquí, todos los martes–, hablándonos de Nancy Sinatra, aunque, en realidad, lo que hace el músico y escritor es defender cierta manera de grabar discos.


Una sección de SERGIO MAKAROFF.


¡Claro que me gusta Frank Sinatra!

Pero le encuentro un defecto: cantaba demasiado bien. Estaba tan dotado que parecía que no le costaba ningún esfuerzo; triunfaba sin currárselo, como diciendo “mira el don que me ha caído del cielo”. Lo suyo era una excursión, un paseo.

Y todo coronado con aquella sonrisita sobradora de “qué suerte tengo y qué fácil es”.

En cambio, su buen amigo Tony Bennett tiene una voz más rasposa y al cantar transmite desgarro, sentimiento, odisea: suena a “superé un montón de dificultades, la vida es dura”. Me llega más. Escuchad su álbum “Perfectly Frank”, en el que interpreta el repertorio de Ojos Azules y veréis lo que quiero decir.

Os parecerá curioso, pero tengo tantos álbumes de Nancy Sinatra como de Tony y Frank juntos.

Durante algunos años –sin embargo– me perdí sus versiones frescas, elegantes y descaradas, atrapado por unos prejuicios que ahora resultan grotescos.

Resulta que en su momento me tomé muy a pecho los valores presuntamente revolucionarios de la cultura del rock y por eso creí que un hatajo de melenudos drogados tenían que hacer un arte más auténtico que los músicos de sesión profesionales, puntuales y limpitos que trabajaban para Frank y Nancy.

Ingenuamente supuse que la improvisación de una panda de hippies siempre sería superior a los arreglos de un señor salido del conservatorio, el experimento psicodélico mejor que la tradición y la locura más efectiva que el método.

Me equivoqué y por eso desprecié a los artistas “del sistema”, los que fumaban marihuana sólo para pasar un buen rato y no para comunicarse con Dios o cambiar el mundo. ¡Ja!

Rectifiqué hace ya tiempo y entonces fui capaz de empezar a disfrutar del pop deliciosamente burgués de Nancy.

Hasta la semana que viene.

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