
«Sigue siendo una frontwoman carismática, inagotable, encantadora incluso cuando se pasa de frenada en sus peroratas»
A la cita de Garbage con Valencia asistió Carlos Pérez de Ziriza, que nos cuenta cómo se desarrolló el concierto con una imponente Shirley Manson.
Garbage
8 de julio de 2026
Jardines de Viveros de Valencia.
Texto: CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA.
Fotos: MARÍA CARBONELL.
Daba un poco de pena escuchar anoche a Garbage en los Viveros de València a un volumen tan bajo. No es una banda de folk, ni de música de cámara ni de cantos gregorianos, como comprenderéis. La opulencia del sonido es parte esencial de su reclamo. Pero en esta ciudad —que aspira a ser una Music City al nivel de Nashville, Londres o Berlín: de vez en cuando toca reírse por no llorar— ya estamos acostumbrándonos a un racionamiento de decibelios que bordea el sinsentido. Y que tiene bula fuera de marzo. Por descontado. Fue una lástima porque, además, la del quinteto norteamericano era una de las visitas más destacables de una programación, la de la Feria de Julio local, tan ramplona y despersonalizada que bien podría ser intercambiable con las fiestas de Zamora, Ciudad Real o Huelva. Por decir algo. En 2026. Es lo que hay.
En fin, al grano: el principal activo de Garbage en directo sigue siendo Shirley Manson. Eso es inapelable. Tres décadas después de su debut, sigue siendo una frontwoman carismática, inagotable, encantadora incluso cuando se pasa de frenada en sus peroratas, teñidas de esa reivindicación del talento femenino que tanto prodiga en sus entrevistas, servidas con su inconfundible acento escocés. Anoche se ciscó en los señoros que rigen el mundo, reivindicó a Courtney Love (la noche antes en Madrid lo hizo con Madonna), nos contó que su padre murió más solo que la una, con 88 años, tras quedarse viudo siete años antes y desestimar la belleza de ninguna mujer que sobrepasara la treintena (tal cual: fue antes de “Chinese fire horse”) y se mostró encantada de volver a una ciudad que no pisaba desde hace 21 años: aquel concierto en la Ciutat de les Arts en verano de 2005. Ya ha llovido desde entonces. Estuvo locuaz. Más que suelta. Diría que achispada. Sin filtro. Y lo agradecimos. Siempre se hace querer.

«Aún se les disfruta»
Por lo demás, el setlist de la noche discurrió con especial protagonismo de las canciones de un más que digno Let all that we imagine be the light (2025), del que cayeron hasta cinco cortes: uno de sus mejores discos desde aquella triada inicial (la formada por Garbage, de 1995, Version 2.0, de 1998 y Beautiful Garbage, de 2001) que —obviamente— nunca superarán ni tampoco igualarán.
Tocaron una versión ralentizada de “Lovesong” de The Cure y dosificaron sus hits, algunos de ellos claramente damnificados por la escasez de volumen: “I think I’m paranoid”, “Stupid girl”, “Vow”, “Cherry lips (go baby go!)”, “When I grow up” y, sobre todo, mis dos momentos favoritos del bolo, la explosiva “Push it” y la radiante “Special”, con ese quiebro melódico y lírico final que guiña el ojo a Pretenders (y que me trajo a la cabeza a Chrissie Hynde en el mismo escenario hace 23 años). Cerraron la noche con “Only happy when it rains”.
Les beneficia contar con la bajista Nicole Fiorentino (ex Veruca Salt y Smashing Pumpkins), que aporta una segunda voz femenina, y se complementa con las guitarras de Duke Erikson y Steve Marker y la batería de un siempre discreto Butch Vig (ya sabéis: el productor de los discos más populares de Nirvana, Sonic Youth o los propios Smashing Pumpkins), cerebro en la sombra de este proyecto de laboratorio, tan propio de la era postgrunge y del cénit del rock corporativamente alternativo, que se las ha ingeniado (mejor de lo que nunca hubiéramos imaginado) para perdurar con entereza durante más de treinta años. Aún se les disfruta.



















