Fotopress: Tito Lesende

Autor:

«Una determinada noche, cerca de mi treintena, mi padre me recriminó: ‘Haces más caso a cualquier cosa que diga John Lennon que a lo que yo te pida’. No esperaba semejante lectura de mi padre»

Comenzó escribiendo en publicaciones deportivas, pero se pasó a lo musical en Radio Oleiros y COPE/Cadena 100 antes de vincularse, hace ya una década, a la radio autonómica de Galicia (www.radiogalega.es), donde dirije “Música dispersa” los sábados por la tarde. Ha escrito en “La Voz de Galicia”, “Diario 16”, “Cinemanía”, “Rolling Stone” y “Revista 40”. Ha publicado los libros «Pasado Imperfecto, biografía conversada con M Clan» y «201 discos para engancharse al pop/rock español», coordinado junto a Fernando Neira.


Foto: ISIDRO CEA.


Fecha y lugar de nacimiento.
A Coruña, 9 de febrero de 1971.

¿Qué música sonaba en tu casa cuando eras niño?
Mi padre escuchaba la radio los sábados por la mañana en la cocina, pelando patatas. Tenía voz de bajo y cantaba zarzuelas y lo que le echaran. Pero me crié, sobre todo, en casa de mi queridísima abuela. Mis tíos y tías, ya emancipados, habían dejado tras de sí una generosa colección de singles: Little Richard, Basilio, Shocking Blue, Tom Jones, Christie, Los Puntos… Fui un afectado precoz: aún no sabía escribir, pero ya me hacía eso que ahora llamamos “playlists”.

¿Cuál fue el primer disco que compraste?
Había escuchado ‘(I can’t get no) Satisfaction’ en la tele de un bar y un chaval del barrio, ¡ay!, me dijo que eran los Beatles. Me quedé epatado. Tenía unos ocho años y corrí a la tienda de electrodomésticos a pillarme lo que tuvieran. Volví con dos casetes: «A hard day’s night» y un recopilatorio llamado «Por siempre Beatles». Por supuesto, no encontré la pieza que buscaba, pero aquel repertorio me cambió la vida. A los 12 me compré mi primer vinilo propio: «Rock and roll over», de Kiss. El rock me había conquistado. Dejé en la estantería «Love hunter», de Whitesnake, porque en la portada había una chica desnuda y no quería negociar con mi padre, que me esperaba pelando patatas y cantando zarzuelas. Supongo que Lino Portela fue detrás y se pilló el de Whitesnake…

¿Y el último?
Lógicamente, me cuesta más acordarme. A ver… Un vinilo de Dennis Coffey, guitarrista (¡blanco!) que hacía sesiones para Motown. Me hubiese pillado «Mapas», de Vetusta Morla, pero me lo regalaron. Ah: tampoco pude resistirme a comprarle a John Mayall su último disco, «Tough»; lo firmaba a la salida de su concierto. En el camerino de Mayall, que está en muy buena forma a sus 79, conocí la historia de su microondas portátil, en el que se calienta lo mismo un sándwich que un solomillo. Desde entonces pienso que un microondas portátil separa a los hombres de los niños. Vaya, le prometí a Carlota que no hablaría de esto…

Selecciona tres discos internacionales esenciales de tu colección.
Vale. No “los tres esenciales”, sino “tres esenciales”. Se me viene a la cabeza ahora «Highway to hell», de AC/DC, porque me recuerda esta época del año y porque “del roquerío me fío”. «Lifeline», de Ben Harper & The Innocent Criminals, porque llevo tres veranos sin conseguir sacarlo del CD del coche. «Bringing it all back home», de Bob Dylan, más o menos por lo mismo. Uh, me ha salido una selección un poco “de cuñado”. ¿No tenéis algún cuñado al que le gusta “la buena música”? ¡Suerte con eso!

Selecciona tres discos nacionales esenciales de esa misma colección.
Algo más reciente, para variar: «Memorias de un espantapájaros», de M Clan. «Aproximaciones», de Pereza. «Somos poco prácticos», de Señor Mostaza. Lo he dicho tan deprisa que se me cuela también el inspirado «Canciones para el tiempo y la distancia», de Iván Ferreiro.

Un disco doble al que no le sobra nada.
Igual soy poco exigente, porque creo que existen. Especialmente, dentro de la subclase “álbum-mítico-en directo”, que germinó en los años 70. Hace unos días lo hablaba con Carlos Marcos: los discos en vivo han perdido muchísimo interés. Antes, algunos los escuchábamos como practicando un ritual de comunión astral; ahora, tenemos tanta información y tanto acceso a las bandas que el álbum en directo se ha vulgarizado, convirtiéndose en un souvenir que nos entretiene mientras el artista se piensa el próximo plato. Así que voy a tirar, de nuevo, por la solución obvia: «Exile on Main St.», de los Stones, que es de una enjundia que arranca las tapaderas del «sentío».

Un grupo o cantante a quien rescatarías del olvido.
Creo en la selección natural, pero se me viene a la cabeza Elmore James y me pongo serio. La Historia no ha hecho justicia a este tipo; su ataque guitarrero con el tubo de slide y su tono rasgado forjaron los raíles por los que han transitado muchos de los más grandes: Duane Allman, Eric Clapton, Jeremy Spencer (Fleetwood Mac), Stevie Ray Vaughan, Rory Gallagher, Chuck Berry o B.B. King y, por supuesto, los clones de todos estos. Elmore sonaba a ampli rajado antes de que Dave Davies tocase ‘You really got me’; antes de Hendrix y el heavy metal. Su patrón clásico de slide (‘I believe I’ll dust my broom’) y su fiereza, su intensidad distorsionada (‘The sky is crying’), son de un poso tan evidente que cualquiera que se calce un tubo en su mano izquierda se convierte en su heredero, quiera o no. Aunque tampoco necesitas tocar el slide para deberle a Elmore unas cervezas; algunos de los nombres citados ni siquiera lo utilizan o utilizaban. Hoy, sin embargo, se hace complicado encontrar ediciones decentes de sus grabaciones. Y no se ha hecho un homenaje serio (disco, concierto…) a su legado.

¿Cuál fue el primer concierto al que asististe?
De chaval bajaba a las verbenas a ubicarme delante de la orquesta, donde solo se ponían los niños y los gitanitos palmeros con el cigarrillo en la oreja. Estudiaba los sonidos de aquellos guitarristas, que interpretaban pasodobles con la muñeca abierta y alianza de casado. Me aprendía sus pedales de efectos. Pero mi himen se vino finalmente abajo, recién estrenados los 18, con un grupo heavy-AOR inglés llamado Shy. Hazte un Google y mira qué pelos. Todavía conservo las fotos. Me fui a verlos a Cangas de Morrazo en una excursión algo accidentada con dos colegas (uno de ellos era Juan Naya, actual guitarrista de Miguel Costas). Entre el público había tiarrones con mallas de leopardo, tatuajes y una nube de laca. Uno de mis compañeros me regaló su jersey de Dio y, ladino, me dijo luego: “Pilla las entradas tú, que tienes más pintas”. Por la sala rodaban botellas vacías y me sentí en el Oeste salvaje. Contábamos el dinero para volver y pasamos la noche en el banco de un parque. Por supuesto, me enganché a aquello de inmediato.

¿Y el mejor concierto que has visto?
He visto a Paul McCartney varias veces, y siempre ha sido como estar en el puto parque de atracciones.

Elige y razona tu elección:

Serrat/Aute.
Aute es un menda irrepetible, pero Serrat tiene estrofas de una lucidez hermosa, que te propulsa, que te hace sentirte orgulloso de compartir raza con un señor tan así. Hasta que prendes Tele 5 y te replanteas lo del orgullo de raza.

Sabina/Calamaro.
Creo que fue Nando Cruz quien dijo, en esta misma sección, que Sabina canta cosas serias de tal manera que parecen chorradas y que Calamaro entona versos tontuelos que saben a reflexiones inspiradas. O algo así. Aunque el planteamiento es un poco extremo, también me quedo con Andrés, por eso que Nando llama “groove”.

Nacha Pop/Los Planetas.
No soy fan de ninguno, pero me quedo con Nacha Pop. Aunque aplaudo la inquietud artística de Los Planetas, creo que lo suyo es cosa de conectar, y yo no conecto. Sus composiciones me parecen corrientes y, su acercamiento al flamenco, una osadía. Estoy seguro de que me pierdo una dimensión que otros sí perciben. Puede ser porque, por más que escucho sus discos (¡y lo hago!), no consigo oír la voz.

Nacho Vegas/Quique González.
Vegas es un escritor único, aunque me agota el personaje que se le ha creado. A Quique se le acusa de recurrir demasiado a esos lugares comunes del patrimonio americano, pero es cierto que los alterna con metáforas preciosas. Me siento más cercano a Quique. Y, aunque me duele la garganta al escuchar cantar a cualquiera de los dos, me conformaría con la mitad del talento de cada uno.

La Mala/La Bien Querida.
Me gustan las producciones de La Mala y también, si se me permite la frivolidad, su estilismo. Sus rimas me resultan frescas, directas y divertidas y es verdad que he celebrado su sociedad lúbrica con Calle 13. Sospecho que el peso neto (cuando le quitas el aderezo, la producción) es bastante más flojo y, aun así, creo que la comparación con La Bien Querida sigue siendo desigual. La Bienque es una artista con personalidad y un concepto propio que juega en una liga distinta y todavía ha de desarrollarse.

Jacques Brel/Serge Gainsbourg.
Respeto mucho a Brel, pero no sé francés. El repertorio de Gainsbourg me resulta más cachondo y estimulante; el personaje, en cambio, me parece detestable.

Frank Sinatra/Elvis Presley.
Adoro a Frank, pero… Creo que tenía unos 9 o 10 años cuando, en un impulso inédito, cogí en brazos a mi prima Irma para bailar con ella el ‘Jailhouse rock’. La pobre acabó en el suelo con un chichón. Afortunadamente, no he vuelto a bailar por Elvis, pero su voz me reconforta en la tormenta, y no es una frase hecha. Elvis es lo más parecido que tengo a un santón; no permitiré que la osteoporosis acabe conmigo antes de visitar Graceland y completar la gira hortera.

Marvin Gaye/Bruce Springsteen.
Marvin es manteca pura, pero… He pasado gran parte de mi vida obviando a Springsteen, así que estamos saldando deudas. Es un clásico en mi banda sonora de carretera y su último concierto, masificadísimo, caótico, en Santiago de Compostela (hace dos veranos) tiene para mí un valor sentimental irrepetible.

Tom Waits/Lou Reed.
Ninguno de los dos, a pesar de sus interesantes legados, me seduce especialmente. Lou me inspira reacciones encontradas: puede ser intenso o un pelmazo. Tom me ofrece más confianza, pero no recuerdo haber dilatado nunca en las cavidades de su garganta cavernosa.

Michael Jackson/Prince.
Seamos serios: Stevie Wonder, por derecho. Si tengo que escoger entre sus discípulos, me quedo con Michael. Era un artista total que supo integrar algunos de los mejores hallazgos de la negritud en una propuesta universal e inapelable. Me lo imagino perfectamente programando la lavadora con síncopas de funk y hasta empatizo con su vida miserable. Prince es un genio irregular.

The Rolling Stones/The Velvet Underground.
Los Stones. ¡Ea!

Bob Dylan/John Lennon.
Creo que Lennon y Dylan comparten (además de aquel famoso porrito de marihuana) un punto antipático y fascinante a la vez. Estoy convencido de que a los dos les vino grande tanta exposición, y de que ninguno tenía la solvencia intelectual precisa para ser gurú de su generación. Por eso el recurso del sarcasmo, tan adolescente. Una determinada noche, cerca de mi treintena, mi padre me recriminó: “Haces más caso a cualquier cosa que diga John Lennon que a lo que yo te pida”. No esperaba semejante lectura de mi padre (no recuerdo haber oído el nombre de Lennon de su boca en ninguna otra ocasión). Como entonces me quedé clavado, aprovecho ahora para expresarme: no me ciega el culto a la personalidad y tampoco en el caso de Lennon. En lo artístico, John distribuyó tanto talento con su famoso ex grupo que resulta difícil encajarlo. Pero, después… se entregó a la dispersión. Los méritos de Bob son claros. Hay razones objetivas para entronizarlo. Escojo a Bob por encima del Lennon post-beatle. A pesar de ‘Jealous guy’ y de algunas otras gemas.

Neil Young/Elvis Costello.
Costello. Por su regularidad y efectividad en todos los palos que ha tocado, en evolución constante y coherente. Por su búsqueda artística y su inevitable sentido de la melodía.

Youssou N’Dour/Fela Kuti.
Lo he intentado con N’Dour un millón de veces. Me quedo con Fela, por visionario, porque mola y por eliminación.

¿Por qué decidiste dedicarte a la crítica musical?
Desde crío tengo la gripe de la música. Para colmo, soy el típico imbécil que redacta la lista de la compra, con verbos y frases subordinadas. Empecé cobrando por escribir, a los 16 años, en un periódico deportivo. Debuté en la radio musical con «O Porcoteixo» (Radio Oleiros), en compañía del genio Richi Rozas (guitarrista de Faltriqueira, grupo femenino vocal que acompaña últimamente a Xoel López en concierto). Recuerdo que los jugadores del Dépor (Bebeto, Fran, Mauro Silva, Donato), con quienes entonces tenía cercanía, grababan nuestros indicativos. Hace casi dos décadas desde aquello y lo demás ha venido detrás. Sigo sin poder evitarlo y ya no busco la cura.

¿Quién fue tu maestro periodístico?
Con toda mi admiración al gremio de colegas, mi musa está en otra parte. Incluso, entrando al periodismo, se me ocurren grandes profesionales de la prosa y el reportaje que no se dedican a la música. Finalmente, de los analistas y críticos musicales, aunque no sean mi escuela, seleccionaré un par. El primero es referencial: Diego A. Manrique. Todo aquel que se dedique a este oficio ha sido tocado por el manriquismo, conscientemente o no. De Diego me gusta su inteligencia, sus giros y expresiones; su particular uso del paréntesis y otros recursos que, a estas alturas, ya ha asimilado el genoma de todo el gremio. Sus exposiciones, bien documentadas y mejor hiladas, con el punto preciso de apasionamiento. El otro, Fernando Neira. Su prosa es embaucadora. Además de divertir, tiene tal habilidad para seleccionar y ubicar adjetivos y adverbios que sus textos parecen florestas. En la crítica musical, por su naturaleza descriptiva, los adjetivos son tus credenciales. Suelo estar de acuerdo con los planteamientos críticos de Fernando, que, además, es mi amigo. Pero, sinceramente, eso tampoco importa mucho, porque su narrativa es tan rica y diversa que te sientes de paseo en el jardín botánico y notas el relieve bajo tus botas.

Un equipo de fútbol.
El Deportivo, por razones sentimentales. No podría decir el nombre de ninguno de sus jugadores, pero me dolió el descenso a 2ª División, o como se llame eso ahora. Al parecer, el Barcelona está jugando muy bien estos últimos años y la Selección Española ha ganado el Mundial…

Un político.
No hay ninguno con quien me pueda identificar sin que me tiemble el pulso. Es decir: en esto, tampoco soy raro.

Una ciudad para vivir.
Me encanta, desde niño, Barcelona. Adoro Londres hasta que se me ponen los ojos blancos. Madrid tiene un punto que engancha y París es una belleza. Me siento a gusto en el norte y en el sur. Disfruto los conciertos en Vigo como en ninguna otra parte. Santiago de Compostela es, además de marco incomparable, un lugar estupendo para tapear e ir de vinos. Pero vivo en A Coruña y tengo el mundo al alcance de mi mano.

El disco que detestas y que despierta alabanzas entre tus compañeros.

Por fortuna, nunca he llegado a semejante extremo.

¿Vinilo, CD o mp3?
Vinilo, por descontado.

La película que nunca te cansas de volver a ver.
Vuelvo recurrentemente a algunas películas de género cómico y fantástico, pero con fines más terapéuticos que intelectuales. Prefiero no citarlas por si perdiesen su poder sanador.

El libro que nunca te cansas de releer.
Hace años que no releo, más que a efectos de consulta. Además, mi patología va a peor y la novela cede espacio progresivamente a la bibliografía musiquera y a los manuales teóricos. Pero acabo de terminar «Cosas que los nietos deberían saber», de M.O. Everett, y estoy a punto de sumergirme en «Los millones», de Santiago Lorenzo, que me regaló un buen amigo.

Una serie de televisión.
Apenas veo la tele. No es una postura ideológica, sin embargo: siempre suelo encontrar algo que hacer cuando voy a sentarme en el sofá.

Si estuviera en tus manos elegir la música que suena en los supermercados, ¿qué discos seleccionarías?
Pondría lounge de verdad. No esa cosa horrible que hacen sonar en los aviones al aterrizar, esos pianistas mancos de mano izquierda que interpretan ‘Let it be’ hasta el infinito, hasta convencerte de que la catástrofe aérea tampoco es mala opción. Más bien me refería al rollo Thievery Corporation. Hacer la compra es un proceso tedioso y alienante y está bien que alguien te lo amenice; lo que no puede ser es que hayan tomado los supermercados esos recopilatorios tipo «Caribe Mix», o que nos endiñen un éxito revenido de Carlos Baute, o que se te cierre la glotis de tanto escuchar la impostura vocal típica de Shakira. Un sábado, llenando el carrito semanal, me eché no menos de una hora oyendo un chunda-chunda pavoroso, de una vulgaridad aterradora, como para incitar a los monos a follar. Al salir, todavía me quisieron cobrar las bolsas de plástico. ¡Qué desfachatez! Cuando la cajera me preguntó si tenía la tarjeta del club, me interesé: “¿Es un club de lisiados? ¿Incluye descuentos en el terapeuta?”



Anterior entrega de Fotopress: Bruno Galindo.

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