Fotopress: Eduardo Tébar

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«Me trago de cinco a siete conciertos todas las semanas. Lo más difícil y lo que más valoro es que alguien me sorprenda. Me quedo con Lou Reed actuando en la residencia veraniega de Lorca. Por primera vez sentí la necesidad de escribir de música»

Eduardo Tébar ha colaborado en suplementos de la prensa andaluza como «Evasión» y «Por fin viernes», pasó por el diario «El Ideal» y ha publicado en numerosos diarios de los grupos Vocento y Editorial Prensa Ibérica. En la actualidad es redactor de «La Opinión de Granada» y colaborador de «Mondosonoro» y EFE EME. Desde hace siete años mantiene en antena «La Caja de Música», espacio radiofónico sobre la escena granadina y la melomanía en general.


Foto: MATÍAS OCHOA.


Fecha y lugar de nacimiento.
Nací en Granada, aunque he pasado más de la mitad de mi vida fuera de ella. Pertenezco a la Generación Nirvana. No me canso de recordarlo: raro era el adolescente de mi manzana que no apilaba casetes con las voces de Eddie Vedder, Chris Cornell o Steven Tyler. Algo ha cambiado.

¿Qué música sonaba en tu casa cuando eras niño?
Solo me portaba bien cuando me ponían delante del VHS. Videoclips de Rolling Stones, Paul McCartney, Pat Benatar, Jimmy Cliff… Y las ediciones grabadas de «Tocata» y «Caja de ritmos».

¿Cuál fue el primer disco que compraste?
Resultó decisiva la primera entrega de una serie de recopilaciones sobre leyendas del rock documentada por Jordi Sierra i Fabra. Grabaciones piratas de conciertos extraídas de colecciones privadas. Ahí estaban los Doors, los Who, Deep Purple o Pink Floyd. Me abrió varios frentes por explorar.

¿Y el último?
Un doble vinilo que recoge el periodo 1970-1972 del organista uruguayo Alberto «Mike» Dogliotti. Candombe-beat incendiario y rompepistas tocado por un maestro del Farfisa que, ups, venía del mundo del jazz.

Selecciona tres discos internacionales esenciales de tu colección.
“A love supreme” (Impulse, 1965), de John Coltrane. “Face to face” (Pye, 1966), de los Kinks. “Songs of love and hate” (Columbia, 1971), de Leonard Cohen.

Selecciona tres discos nacionales esenciales de esa misma colección.
“Paco Ibáñez en el Olympia” (A Flor de Tiempo/Universal, 1969). “Lo mejor de Los Salvajes” (Regal, 1967). “Agrio beso” (Exilio, 1990), de Corcobado: es la edición mexicana en vinilo y la guardo como oro en paño.

Un disco doble al que no le sobra nada.
“Blonde on blonde”. Podemos analizarlo como novela musicalizada o como biblia para la banda sonora norteamericana. Primer álbum doble con material original de la música popular. Nadie ha superado su intensidad ni su innovación clarividente. Es uno de los discos más vivos que he escuchado nunca. Pasarán los siglos, pero ese sonido de mercurio mantendrá intacto su salvajismo y su riqueza.

Un grupo o cantante a quien rescatarías del olvido.
Nino Ferrer. Un prodigio con la picardía de los italianos, la coquetería de los franceses y una ferocidad vocal más propia de los cantantes negros. Mientras los Stones se empollaban el catálogo de Chess Records, Nino Ferrer dotaba a Europa de R&B. Todavía me impresiona su suicidio, tan tremendo y literario, cuando redescubro la vitalidad de sus canciones.

¿Cuál fue el primer concierto al que asististe?
Serrat, en Barcelona, aún en el vientre de mi madre. No lo recuerdo, aunque estoy convencido de que me gustó.

¿Y el mejor concierto que has visto?
Me trago del orden de cinco a siete conciertos todas las semanas. Lo más difícil y lo que más valoro a estas alturas es que alguien me sorprenda. Me quedo con Lou Reed actuando en la residencia veraniega de Lorca. Por primera vez sentí la necesidad de escribir de música.

Elige y razona tu elección:

Serrat/Aute.
Los dos forman parte de mi educación sentimental. “Ara que tinc vint anys” fue uno de los primeros discos que me aprendí de memoria. Ahora mismo conecto más con Aute. Su voz de antihéroe de la canción, su inquietud constante en el ángulo muerto.

Sabina/Calamaro.
Tanto “Honestidad brutal” como “19 días y 500 noches” son cosecha del 99. Resulta curioso que los dos hayan tocado techo a partir de cierta edad. En ambas discografías encontramos luces y sombras. Andrelo dinamitó el fin de siglo. Letras inspiradas y, desde luego, mucho más creíble en la ornamentación rock.

Nacha Pop/Los Planetas.
Por proximidad generacional y espacial, Los Planetas. Aun con sus préstamos líricos, nadie ha retratado mejor el desasosiego y los desmayos adolescentes. La psicodelia jonda les ha salvado del golpe de gracia. Antonio Arias me suele repetir la clave del asunto: “Los Planetas tienen éxito porque tienen expresión”. Me gusta más Antonio Vega en solitario.

Nacho Vegas/Quique González.
Mis vínculos emocionales con los dos primeros discos de Nacho rompen la báscula. ¿Dos personajes inflados? Sí. Pero, mientras Quique ha tirado de lugares comunes de ruta americana, Nacho ha construido imágenes literarias muy resultonas a partir del decorado de su Gijón natal. Vegas puso el listón altísimo ya en 2003. Ha revitalizado el rock de autor en España en la última década.

La Mala/La Bien Querida.
La Mala ha superado las expectativas de cualquier artista de hip-hop aquí. Una corriente que cumple las funciones de banderín de enganche con la juventud que en su día asumió el heavy metal, con pretensiones de cultura social. ¿El problema de ella y de muchos de los suyos? Todo se emborrona con declaraciones bobaliconas.

Jacques Brel/Serge Gainsbourg.
Gainsbourg es perfecto para una velada excitante. Con Brel lloras porque ella se ha ido y tu mundo se derrumba.

Frank Sinatra/Elvis Presley.
Desmiento el tópico: sin Elvis, se sostenía el rock and roll. No seré yo quien cuestione el grosor de la obra de Sinatra.

Marvin Gaye/Bruce Springsteen.
Me satura la sobreexposición de Springsteen. En cambio, encuentro confort en los discos de Gaye: su voz luminosa, su porte seductor, su visión íntima de la sordidez colectiva.

Tom Waits/Lou Reed.
Me identifico más con “Transformer” y “Berlin” que con “Swordfishtrombones” y “Rain dogs”. Cuatro discos de cabecera. Veo más auténtico a Lou Reed. Al fin y al cabo, Waits es Waits y su santoral: Waits y Harry Partch, Waits y Howlin’ Wolf … Con todo, guardo más fe en los próximos discos de Tom Waits.

Michael Jackson/Prince.
Prince era un enorme generador de tendencias en los ochenta. Supo pivotar músicas con audacia. A Michael le pasaba lo contrario, siendo un vocalista y bailarín de dimensiones estratosféricas.

The Rolling Stones/The Velvet Underground.
¡Esto es un golpe bajo! Los Stones son la mayor banda de rock de todos los tiempos, pero el disco del plátano me gusta más que cualquiera de los de Jagger y cía.

Bob Dylan/John Lennon.
¿Y por qué no un híbrido? Un poco de ciencia ficción: medio cerebro de Bob y la creatividad asilvestrada de John. Me temo que ni Jakob Dylan ni Sean Lennon se ajustan a esta perversión.

Neil Young/Elvis Costello.
Los dos están envejeciendo con dignidad. En Neil Young persiste una voluntad indómita, de artista vibrante. Por lo pronto, es el mandamás de varios gallineros: rock con raíces, ejecutores acústicos, grunge embrionario…

Youssou N’Dour/Fela Kuti.
Siento debilidad por Fela. Y más en estos tiempos de mestizajes postizos. Nos faltan años para digerir su discografía. Además, al igual que James Brown, tiene una historia personal tan fascinante como su música. Espero ansioso la biografía de Fela Kuti en la que está trabajando ahora mi vecina y compañera Sagrario Luna.

¿Por qué decidiste dedicarte a la crítica musical?
Los discos ocupaban un espacio cada vez más importante en mi vida y babeaba con la idea de hacer Periodismo. Supongo que era inevitable. Luego, contemplo un recital de Lou Reed y me planteo en serio el reto de llevarlo al papel.

¿Quién fue tu maestro periodístico?
Si hablamos de periodismo estrictamente musical, sirva como ejemplo la mancheta histórica de esta revista. Mi maestro básico es Manrique. El otro, y quiero vocearlo bien fuerte, es Juan Jesús García, gran autoridad del género en Granada. JJG está en el oficio desde hace 37 años y ahí sigue, pateándose salas todas las noches con su cámara a cuestas. Todo un ejemplo de cronista real. No tolero el periodismo de mesa de camilla. Yo me considero más periodista que crítico. El problema es que, como decía Goethe, nadie quiere al juez, pero necesitamos a alguien que haga esa tarea.

Un equipo de fútbol.
La Selección ha conseguido que toda España sea Roja. ¿Te parece poco?

Un político.
Cualquiera que no sea pecador católico ni más papista que el Papa. Estos días pienso en Václav Havel.

Una ciudad para vivir.
Granada y Madrid. Berlín en verano. También diría La Habana, pero muchos de sus garitos míticos, como La Zorra y el Cuervo, se han echado a perder por culpa de la inexorable colonización del mal gusto.

El disco que detestas y que despierta alabanzas entre tus compañeros.
“Romancero”, de La Bien Querida.

¿Vinilo, CD o mp3?
Vinilo. Y no puedo aportar ningún argumento ocurrente ni nuevo.

La película que nunca te cansas de volver a ver.
“Casablanca”.

El libro que nunca te cansas de releer.
Los “Aforemas” de Miguel Ángel Arcas llevan meses dando vueltas por las estancias de mi casa.

Una serie de televisión.
No sigo ninguna. ¡No tengo tiempo!

Si estuviera en tus manos elegir la música que suena en los supermercados, ¿qué discos seleccionarías?
El milagro de la música es que existen canciones perfectas para todo, incluso para hacer acopio de enseres y alimentos en el súper. Estoy harto de ritmos horteras de radiofórmula con sonido de lata. Yo cambiaría de registro. Quizá unas sonatas de Schubert.

Desde aquí puedes acceder a «La Caja de Música» en podcast, el programa radiofónico de Eduardo Tébar.

Anterior entrega de Fotopress: Darío Manrique Núñez.

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