TREINTA ANIVERSARIO

«Grabar el elepé fue un camino, en palabras de Morello, “largo y constructivo”, pero no exento de obstáculos que pusieron en peligro la continuidad del proyecto»
Fernando Ballesteros regresa al segundo álbum de estudio de la banda estadounidense, grabado en un período de crisis, pero, de nuevo, con resultados asombrosos que dieron la vuelta al mundo.
Rage Against The Machine
Evil empire
EPIC RECORDS, 1996
Texto: FERNANDO BALLESTEROS.
El del segundo disco de los Rage Against The Machine es uno de esos casos que responden fielmente al, tantas veces repetido, caso del “difícil segundo disco”. El debut de los norteamericanos, en 1992, había sido todo un éxito y su continuación se demoró más de lo previsto. A los que esperábamos ansiosos una nueva descarga de rabia, con aquella mezcla rebosante de energía que ellos habían sido capaces de crear, se nos hacía eterna la espera y la pregunta ya sobrevolaba: ¿Serían capaces de crear una obra a la altura de las expectativas?
El consenso generalizado cuando por fin llegó Evil empire (96) fue que habían logrado el objetivo. Es cierto que, pasada la euforia inicial, muchos se quedaron con la sensación de que no habían superado su primer asalto, pero es que aquella era casi una misión imposible. En 1996, “Killing in the name”, “Bombtrack”, “Freedom” o “Bullet in your head” era ya himnos de largo recorrido, consignas que se habían instalado en la cabeza de las fans y que, después de tanto tiempo, ahí siguen.
La diferencia en este segundo elepé de los Rage era, básicamente, que por primera vez estábamos esperando sus canciones. El primer disco fue toda una sorpresa, ni siquiera un pelotazo instantáneo. Recuerdo las primeras veces que sonó en la radio e incluso alguna crítica tibia en la prensa especializada, y nada hacía presagiar lo que se avecinaba.
Con el paso de los meses, el éxito cosechado en su tierra y las giras, su nombre fue ganando enteros en todo el mundo hasta convertirse en uno de los grandes del rock del momento. Lo habían conseguido sin hacer concesiones, con un mensaje directo, un ataque al establishment que no dejaba nada fuera del punto de mira. La guitarra de Tom Morello, la rabia con la que cantaba y rapeaba Zack de la Rocha y la base rítmica con Tim Commerford al bajo y Brad WIlk ocupándose de la batería era una suma que sonaba fuerte y llevaba la fusión del rock más duro con el hip hop, varios pasos más allá de lo que habíamos escuchado hasta entonces.
Un largo proceso para limar diferencias
En aquellos momentos, cuando veíamos cómo pasaba el tiempo y seguía sin llegar la continuación de su puesta de largo, lo que imaginábamos era que el grupo estaba midiendo los pasos ante la dificultad no ya de igualar los logros artísticos, sino de repetir el éxito comercial. Además, la fórmula parecía muy consolidada y rotunda. No se intuían grandes debates internos y, sin embargo, la realidad, lo que estaba ocurriendo en la banda, era muy diferente.
Para el público, los cuatro miembros de Rage Against The Machine tenían un mensaje tan poderoso que era casi imposible imaginar grietas; sin embargo, no dejaban de ser cuatro personas con distintos puntos de vista sobre la evolución del grupo. En una entrevista promocional, tras la publicación de Evil empire, Tom arrojó luz a lo que había ocurrido en el proceso de gestación del álbum y aclaró que el motivo del retraso fue la consecuencia de la búsqueda del consenso sobre cómo tenía que evolucionar el grupo. Se trataba de grabar un elepé con el que los cuatro se sintieran cómodos y la empresa no era fácil. Fue un camino, en palabras de Morello, «largo y constructivo», pero no exento de obstáculos que pusieron en peligro la continuidad del proyecto.
Tras la edición de su primer disco y el éxito, se embarcaron en una serie de largas giras. Cuando concluyeron, y de vuelta a la tranquilidad, lo aconsejable habría sido darse un respiro, poner tierra de por medio y oxigenar las relaciones personales desgastadas después de meses de convivencia en la carretera. Sin embargo, ellos optaron por el camino opuesto y, sin solución de continuidad, se metieron a preparar su segundo trabajo en una decisión que pronto se reveló desacertada.
Entonces sí, tuvieron que tomarse un descanso. Las diferencias que en las giras se aparcan, habían salido a relucir. Brad utilizaba una imagen muy gráfica cuando afirmaba que había que limpiar después de meses intentando esconder lo barrido debajo de la alfombra. Lo que hicieron tras unas primeras sesiones infructuosas fue detenerlo todo y aparcar el grupo. A la vuelta, después de varias semanas, se volvieron a meter en el estudio, en Los Ángeles y con Brendan O´Brien en los mandos, y supieron dar salida al hervidero de ideas que tenían en sus cabezas.
Un ramillete de himnos contra el sistema
El resultado fue sobresaliente. “People of the sun”, con la guitarra de Tom esculpiendo uno de sus riffs graníticos, nos daba la bienvenida. En segundos, la voz de Zack ya estaba lanzando frases como dardos que remitían a las experiencias que había vivido en Chiapas. El mensaje era claro en fondo y forma. “Bulls on parade” era aún más rotunda en todo. El riff es atronador y Tim y Brad se mostraban como la base rítmica imbatible que eran. Si queríamos himnos, ahí estaba el primero. La canción lo tiene todo, incluido el arsenal de efectos que hicieron de Morello un guitarrista diferente.
“Vietnow” canta sobre los peligros del sistema y Zack se muestra imbatible. Definitivamente, los Rage Against The Machine de 1996 lo seguían teniendo. “Revolver” se permite jugar en los primeros segundos y es el marco perfecto para que el airado vocalista susurre y nos muestre otra forma de comunicar, antes de que estalle el estribillo. “Snakecharmer” juega con los ritmos y “Tire me” es de lo más potente y rápido del disco. Pura adrenalina.
“Down Rodeo” casi merece un capítulo aparte. Estamos ante una de esas canciones que desprenden grandeza desde el primer segundo. Por ahí se cuela incluso hasta alguna reminiscencia zappeliana. Entre efectos guitarreros, algún cambio de ritmo y mucha inspiración, los Rage se sacaron de la manga la mejor canción del disco y una de las más destacadas de su carrera. La recta final con “Without a face”, “Wind Below”, “Roll Night” y la cinematográfica “Year of tha Boomerang” no bajaban el nivel del conjunto, en una obra sin fisuras.
Grabado entre marzo del 95 y febrero del 96, Evil empire llegó al público en abril de aquel mismo año y se colocó directo en lo más alto del Billboard. En poco más de tres meses ya era disco de platino y el reconocimiento obtenido se plasmó también en forma de premios, entre ellos, el Grammy por la mejor interpretación de Metal por “Tire me”.
El mensaje revolucionario se consolidó en el mainstream y bajo el paraguas de una multinacional. No faltaron los debates. Pero la visión que exponían en sus canciones parecía brutalmente sincera. En 1996, el mundo parecía moderadamente feliz, pero estos chicos lo veían de otra forma y en sus gritos contra el sistema hasta puede parecer que intuían algo de lo que iba a deparar el futuro.
Con Evil empire muy reciente, los Rage Against The Machine vinieron a España. Han pasado treinta años, pero aún tengo muchos recuerdos de aquel concierto. Eran, sin duda, el grupo del momento. En 1999, llegó The battle of Los Angeles, que bajaba algo el nivel, pero seguía siendo un gran disco. Ellos no lo debieron ver tan claro, pues poco después anunciaron la disolución del grupo y los motivos que Zack puso sobre la mesa hacían referencia a la falta de creatividad tras su segundo disco.
Aún tuvieron tiempo de dejar una buena colección de versiones en Renegades (2000). Y allí acabó su historia discográfica. En su momento dolió, pero ahora, vistos los acontecimientos con la perspectiva que da el tiempo, me parece que estuvo perfecto. Lo dejaron antes de que llegara el bajón y sigue apeteciendo escuchar sus discos. Ha habido regresos a los escenarios, pero no han vuelto a grabar. Aciertan de nuevo. Hay cosas que es mejor dejar como están.
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Anterior entrega: Everything must go, de Manic Street Preachers. Reponerse a la pérdida.



















