TREINTA ANIVERSARIO

«La segunda vida de los Preachers era un hecho y, aún mejor, iba a llegar hasta nuestros días»
Fernando Ballesteros revisita el primer disco de Manic Street Preachers sin el guitarrista y compositor Richey Edwards, tras su extraña desaparición en febrero de 1995.
Manic Street Preachers
Everything must go
EPIC RECORDS, 1996
Texto: FERNANDO BALLESTEROS.
Para entender mejor el disco del que vamos a hablar, es casi necesario que antes hagamos referencia a Manic Street Preachers: Escape from history, un sensacional documental, dirigido por Kieran Evans, que nos ofrece una visión panorámica de la historia del grupo y, sobre todo, de su situación en 1995, cuando se produjo la desaparición de Richey Edwards que marcó su carrera para siempre. La cinta muestra el camino que siguieron sus compañeros y cómo el cantante y guitarrista James Dean Bradfield, el bajista Nicky Wire y el baterista Sean Moore decidieron primero, y consiguieron más tarde, seguir adelante cuando eran pocos los que apostaban por esa posibilidad.
Antes del gran cataclismo que cambió para siempre la historia del grupo y la vida de sus integrantes, los Manics Street Preachers habían emergido en la escena musical del Reino Unido como un grupo difícil de encasillar. No era sencillo buscarles compañeros para meterlos en un saco. Cuando debutaron con Generation terrorists (92) destacaban sus letras y un espíritu crítico y combativo que les emparentaba con el punk. Los mensajes que lanzaban y que constituían una parte importante de su personalidad llevaban la firma de Richey. Esa era su misión en el grupo, su faceta como músico era totalmente secundaria para él.
Sus compañeros eran los encargados de plasmar todo aquello en una colección de estribillos vigorizantes con los que pretendían vender veinte millones de discos tal y como ellos mismos, llevados por la arrogancia juvenil, llegaron a decir en alguna que otra ocasión. Se quedaron lejos. Triunfaron en el Reino Unido, pero en Estados Unidos apenas despacharon 30.000 copias. Aún había mucho camino por recorrer.
Aquellos días, la prensa ya se hacía eco de episodios que hablaban de comportamientos autodestructivos. Recuerdo leer que, ante la pregunta de un periodista de New Musical Express que le cuestionaba si se tomaban en serio el grupo y todas aquellas cosas que contaba en sus letras, Richey contestó escribiendo con un cuchillo “4 REAL” en su brazo.
Gold against the soul (93) fue su segundo capítulo discográfico y en The holy bible (94) Edwards dio un paso más allá y compartió con el mundo buena parte de sus demonios en un nuevo asalto que se quedó muy lejos del reconocimiento masivo. Es en este punto de la historia, cuando el primer día de febrero del 95 y con el grupo a punto de empezar una gira por Estados Unidos, Edwards y su compañero James se encontraban alojados en un hotel londinense, preparados para tomar un vuelo que les tenía que llevar a Nueva York. El mánager llamó a la habitación del guitarrista y allí ya no había nadie.
Una desaparición que lo dejó todo en el aire
Dos semanas después, la preocupación inicial se convirtió en alarma: su coche apareció cerca de un puente, conocido por la gran cantidad de suicidios que allí tienen lugar. Sus tres compañeros huyeron del ruido mientras la prensa ponía en duda que volvieran a la actividad. Los cuatro Manic Street Preachers siempre habían funcionado como una familia y ahora estaban desorientados y moviéndose entre la pena y la incertidumbre.
Así las cosas, en las semanas que siguieron a la desaparición de su compañero, los otros tres miembros del grupo, además de hundidos, quedaron en una situación de indefinición sobre su futuro. Tampoco era descartable la posibilidad de que Richey terminara volviendo. Unos meses más tarde, en mayo, decidieron que iban a seguir adelante. Lo hicieron tras mantener un encuentro con los padres de Edwards. Ellos merecían saberlo antes que nadie.
En diciembre volvieron a subirse a un escenario para telonear a los Stone Roses y todo fue surgiendo de una forma muy natural, aquellas primeras actuaciones estaban atravesadas, como no podía ser de otra forma, por la ausencia del compañero cuyo hueco respetaban en las tablas. El siguiente paso hacia el futuro, tuvo lugar cuando Nicky le mandó una letra de canción a James. En la banda tenían claro que necesitaban un nuevo punto de vista, porque habría sido un error intentar repetir lo que hacía su compañero. El texto que iba a suponer su regreso y el primer paso hacia un nuevo disco era un canto a la clase obrera que terminaría convirtiéndose en “A design for life”, el tema central de su cuarto álbum, una excelente composición pop, sin lugar a dudas la mejor del disco.
Seguir adelante a pesar de todo
Manic Street Preachers volvieron al estudio y se encomendaron a la producción de Mike Hedges, un reputado profesional que sería el encargado de ayudarles a reconducir su futuro y con el que dieron forma a un disco diferente como Everything must go (96). Cuando el álbum llegó a las tiendas, el britpop se encontraba en lo más alto de las listas y, aunque la propuesta de los galeses seguía siendo diferente, se encontraba más cerca de la moda imperante que de las furiosas consignas punk de sus inicios. La grandeza del pop se manifiesta con todo su esplendor en temas como el que da título al disco, en el que hablan sobre la aceptación del pasado, en “Enola/Alone”, en la que también reflexionan sobre la pérdida tan presente en sus vidas, o en “Australia”, otra muestra de que eran aún capaces de rozar la perfección cuando se trataba de escribir canciones redondas y pegadizas.
En cualquier caso, aunque Everything must go sea casi la obra de un nuevo grupo, tampoco podemos olvidar que en el origen de su creación aún se puede rastrear la huella de Richey. Antes de su desaparición, ya habían registrado maquetas de “Further away”, que aparecería en el disco convertido en un himno inmortal de pop guitarrero, “Small black flowers that grow in the sky” y “No surface all feeling”. Además, ya había compartido con James en el local los primeros esbozos de canciones que terminarían siendo “Elvis impersonator: Blackpool pier” y “Kevin Carter”, que también fue extraída como single y que se encuentra entre lo mejor de un disco sobresaliente.
Everything must go comenzó a gestarse cuando los Manic Street Preachers eran cuatro y, a efectos prácticos, iban a seguir funcionando así. Sus tres compañeros, que aún tenían la esperanza de que Richey regresara algún día, abrieron una cuenta a su nombre en un banco y en ella iban ingresando la parte que le habría correspondido por sus derechos de autor.
Un camino marcado por la ausencia
Pero el tiempo pasó y el regreso no se produjo. Su cuerpo nunca apareció y, en 2008, las autoridades le declararon oficialmente muerto. Para entonces, la banda ya había editado cinco discos sin él. A Everything must go, le siguió This is my truth, tell me yours (98), en el que dieron un paso más allá en la evolución de su sonido y en sus letras. Las cuestiones sociales y políticas están más presentes que nunca, y las canciones siguen la senda de los arreglos cuidados con un gusto por las melodías cada vez más acentuado.
Fue el disco de su consolidación como trío y el primero en el que ya no había rastro de Richey. Si alguien tenía aún dudas, quedaba más que claro que había futuro para los Manics Street Preachers. Everything must go ya había despejado muchas interrogantes. El elepé cosechó un éxito masivo, recogió galardones, entre ellos un Brit Awards, les llevó a las portadas de las publicaciones musicales en las islas y puso de acuerdo a la crítica y a los fans, incluidos los que seguían al grupo desde sus primeros tiempos y que podían haber sido los más difíciles de convencer. La segunda vida de los Preachers era un hecho y, aún mejor, iba a llegar hasta nuestros días.
Los de James Dean Bradfield siguen editando discos con regularidad. El último de ellos, Critical thinking (25) les sigue mostrando en buena forma y alimenta las ganas de volver a verlos en directo. En septiembre estarán en el Visor Fest y volveremos a comprobar lo vivas que están todas aquellas canciones, las que escribió Edwards en sus primeros discos y las que han seguido llegando después para formar parte de nuestras vidas.
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Anterior entrega: If you’re feeling sinister, la magia de Stuart Murdoch para Belle and Sebastian.



















