“Escuadrón suicida”, de David Ayer

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CINE

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“Una película sorprendentemente conformista en espíritu que muere en un modelo marvelita de acción coral al que ya no puede acceder en las mismas condiciones”

 

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“Escuadrón suicida” (“Suicide squad”)
David Ayer, 2016

 

Texto: JORDI REVERT.

 

Los bandazos de DC hacia la consolidación de su propio cine de superhéroes han recorrido desde la sensibilidad de Christopher Nolan a la de Zack Snyder sin llegar a rubricar su propio modelo. Pese a los irregulares resultados de esa construcción, quizá sea este último, aun con todo su peso moral y sus flirteos conservadores, quien más haya apostado por una renovación del universo DC que se comprometía también a una búsqueda de la forma adecuada para la adaptación de las viñetas a la pantalla. La aparición de nuevos proyectos aledaños a los de Batman y Superman dirigidos por realizadores como David Ayer o Patty Jenkins abría la franquicia a visiones complementarias que aportaran un mayor peso autoral frente a la esterilización de algunos de los títulos Marvel.

En concreto, el de “Escuadrón suicida” con David Ayer al frente era una ocasión de oro para dar un paso al frente en la pugna del cine de superhéroes. En primer lugar por el material: pura dinamita para los férreos cimientos morales de un género necesitado de salidas de tiesto. En segundo lugar, por el propio director: Ayer, que venía de postularse como digno heredero de Sam Peckinpah en la estupenda “Corazones de acero” (“Fury”, 2014), se encontraba aquí con la oportunidad para abordar su propia “Grupo salvaje” (“The wild bunch”, 1969), sus doce del patíbulo abriendo brechas en el sistema y derribando posiciones cómodas del Bien y el Mal. A priori, este era el deseable punto de inflexión hacia una alternativa más visceral sin renunciar a la diversión pop, como ya se asomaba en ciertos momentos de Batman contra Superman: “El amanecer de la justicia” (“Batman v Superman: Dawn of justice”, Snyder, 2016).

Lamentablemente, “Escuadrón suicida” no es ese puñetazo en la mesa que pone al descubierto la cara más sucia del microcosmos superheroico. Antes al contrario, se trata de una película sorprendentemente conformista en espíritu que muere en un modelo marvelita de acción coral al que ya no puede acceder en las mismas condiciones. Que los protagonistas sean un temible grupo de supervillanos aquí es un prometedor enunciado, pero solo eso. Lejos de proponer una moralidad líquida que bien se podía inferir en el escenario bélico de su anterior trabajo, esta queda reducida a un moralismo más clásico y más rancio que anula cualquier opción de verdadera ruptura. En ese contexto, resulta enormemente decepcionante contemplar a vocacionales agentes del caos sometidos a perfiles exasperantemente esquemáticos, líneas de diálogo basura y un relato ya de por sí atenazado por su propio raquitismo. Solo la presencia de Margot Robbie como Harley Quinn parece trascender como punzada en la tranquilidad del espectador en su butaca. Lo demás, incluido el tan histérico como inocuo Joker de Jared Leto, no es más que paja y confusión, como si el primer borrador del texto hubiera sido aceptado como el definitivo. Tampoco en el plano formal despliega una verdadera consciencia de la set piece y sus posibilidades, sino que más bien renuncia a cualquier innovación y se basta con hacer sonar hits musicales uno tras otro con el fin de apelar a un carisma que no existe por sí mismo. En ese vacío, la película soñada se ahoga sin enderezar el rumbo de DC ni, peor aún, ser el desvío más libre y chiflado de una franquicia ya de por sí gobernada por la indeterminación.

 

 

 

Anterior crítica de cine: “Jason Bourne”, de Paul Greengrass.

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