DISCOS
«No todo el mundo puede entrar en este universo, pero los que entran asisten al colorido de la felicidad, al amable esperpento de la derrota con sabor a caramelos»

Los Verdugos
Episodios personales
SPICNIC, 2025
Texto: CÉSAR PRIETO.
Siempre nos tienen un poco huérfanos, por eso, cuando Spicnic aparece entre los mensajes de promoción, la alegría es inconmensurable. Spicnic, para un sector del público español, son palabras mayores, un sello que desde 1994 nos enfrentó a un pop descarado, sin prejuicios, esencial para los que no tenemos que rendir cuentas a ninguna tribu. Sus primeras ediciones vinieron de la mano de grupos en los que Nacho Canut exponía sus mundos paralelos y de la saga que había iniciado Terry IV unos años antes.
Los grupos de nueva ola iban desapareciendo o se iban desinflando a finales de los años ochenta. Ya no había esa urgencia, esa desfachatez por lanzarse a la escena con poco más que ideas muy firmes que se iban a comer el mundo. Y parecía que ese campo, el del empuje juvenil y sin complejos, no iba ya a ser posible. Resistían algunos fanzines, como Stamp o grupos de Villarrobledo, como Terry IV, con un mundo que se apartaba de todo lo que se llevaba y que ganó el corazón de algunos pocos degustadores con un pop guitarrero.
Se basaban en tres acordes y fantasía, y hacían canciones en que lo extraño se cubría de dulzura. Durante una temporada no pasó nada con ellos, pero, años después, comenzaron a surgir grupos que tenían entre sus miembros a componentes de Terry IV, o que seguían sus enseñanzas. Y ahí estaba el sello Spicnic para recogerlos, hasta llegar a este de Los Verdugos, que recoge miembros de Alpino y de los propios Terry IV y que continúa su espíritu en canciones como “Historia de un maletero”. Gracias a Dios que siguen en activo con su país imaginario de redobles y guitarrazos pop, donde aún viven Phil Spector y Marc Bolan.
Este Episodios personales se presenta con una foto de José Luis López Vázquez en la portada, no en vano Fernando pertenecía al fanzine Stamp, que utilizaba como iconos a los actores de esa comedia española tan denostada, pero modelo de actores y de interpretación. También le dedican una canción, “Padrino Búfalo” —su papel en La gran familia—, que entra en el sector de canciones cinematográficas, que siempre les salen muy bien. También este mundo del cine aparece en “Ven a visitarme el domingo”, más electrónica, para pintar la obsesión de alguien, en un manicomio, con las moscas que lo rodean y que la instrumentación recoge.
En general, las canciones no prestan tanta atención a historias costumbristas como observadores y testigos, sino que se toman a ellos mismos como centro de atención, aunque siguen siendo historias cotidianas, algo ácidas, deudoras del mundo de Azcona y Berlanga o Bruguera, que despiertan ternura. Son fracasos que resultan enternecedores, como el de “Medalla de hojalata”, de alguien que siempre que acaba en última posición, pero tampoco es que le importe demasiado. De igual manera, en “El figurante” se nos habla de aquellos que buscan demostrar su valor, pero que solo tienen papeles menores, y “Tentetieso” de las personas que sobreviven a las catástrofes y las humillaciones y no de rompen.
El individuo enfrentado a la masa de pensamiento único, de ideas prestadas. Esta es la temática del disco, una actitud que puede dar lugar a dramas de abismo, o a pequeñas y amables escenas. Es la actitud de las anteriores canciones y de “Odio las fiestas”, donde el personaje huye de las multitudes, de los carnavales, de los actos de graduación, de todo lo que requiera más de una docena de personas.
Todo ello, envuelto en un espíritu extremadamente pop y unas guitarras que son sierras eléctricas. Un funeral feliz construye un auténtico muro de sonido con coros de los logroñeses Espanto. Pide nuestro protagonista un entierro que sea una fiesta, con todos los discos que le han emocionado. Nada ha de parecer un funeral, ha de ser una sublime celebración. Y lo dicen desde un estribillo magistral. Estribillo arrebatador también es el de “Monos con platillos”, en la estirpe de Meteoro, ese grupo que nadie valoró en la época pero que contaba con fondos ramonianos básicos, con densidad, a piñón, como las de “Ultrafan”, que demuestra que los fans pueden ser peligrosos, así que tú, artista, no les falles.
Deliciosa, por otra parte, es “Tren sin fin”, en la que alguien monta en un tren sin fijar destino, por el simple placer de viajar, de saltar estaciones. Una fantasía que seguro que muchos hemos tenido, una fantasía como este disco lleno de melodías de dibujos animados y de guitarras toscas pero flexibles. No todo el mundo puede entrar en este universo, pero los que entran asisten al colorido de la felicidad, al amable esperpento de la derrota con sabor a caramelos.
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