
«Perder para poder ganar mejora en muchos sentidos, se gana perspectiva, libertad, capacidad, sabiduría…»
Carlos H. Vázquez charla con Xoel López a propósito del lanzamiento de su nuevo disco, Oniria popular. Una conversación sobre vida, música y sueños.
Texto: CARLOS H. VÁZQUEZ.
Fotos: ERNESTO ARTILLO.
Hay quien hace discos y quien, casi sin proponérselo, los descubre. Xoel López pertenece a la segunda categoría, en especial si se trata de Oniria popular (Esmerarte Industrias Creativas, 2026), su decimoséptimo trabajo, nacido al inicio de un sendero creativo que desemboca en un álbum en tránsito entre el sueño y la vigilia, allá donde el amor es valiente y la patria se vuelve camino.
Durante la siguiente conversación, Xoel habla despacio, deja reposar las ideas casi con la misma paciencia con la que deja enfriar el té de jengibre y limón que ha puesto con cuidado sobre la mesa tras darle un sorbo a la infusión. Quema un poco. El músico se recuesta en el sofá, al abrigo de la luz tenue de la sala, en las oficinas de su sello. Casi a oscuras, habla de las canciones, sobre todo de las ideas que las sostienen, como la poesía en “Campos de Castilla para siempre”, el desamor en “Cupido (Muerte al amor romántico)” o la amistad en “Tronco y raíz”. Habitan en las palabras de Xoel López la lucidez y la duda, el impulso y la reflexión, y un acento gallego que tiñe todo de azul cielo.
En una entrevista anterior me dijiste: «En el momento en que dejamos de soñar, morimos un poco». Si los jóvenes mueren antes de tiempo, ¿es porque han dejado de soñar?
Sí. Cuando escribí “Los jóvenes mueren antes de tiempo”, hablaba del fin de la aventura en la vida, que entonces veía como algo terrible. Me refería más a la gente que yo veía con veintipico años, cuando volvía a mi ciudad, a La Coruña. Estaban como muy estables, con la novia de toda la vida del brazo por la calle, y me preguntaban qué tal con la música, y yo me sentía como que era un loco perdido que andaba por ahí, por el mundo, con la guitarra, mientras que ellos eran la estabilidad. Sentía que eso era el fin de la aventura. También te digo, son puntos de vista y, de alguna manera, errores de juventud, porque la vida se puede vivir de mil maneras… Y luego eso cambia. Y esa manera puede ser totalmente maravillosa y estupenda. Pero, en ese momento, escribí lo que yo sentía, que era que ya me hice mayor, que hasta ahí había llegado y que esa era la vida que me tocaba. Creo que tenía más que ver con lo establecido, con que había algo que me aburría en la idea de ese patrón de cómo tienen que ser las cosas.
¿Qué edad tenías entonces?
Veintiocho. Es la edad justa en la que estás dejando de ser un jovencito, pero tampoco te sientes como tan… Fuimos las primeras generaciones que hasta los treinta y pico eran jóvenes. Pero el concepto de juventud también se ha diluido y ha cambiado mucho. Aunque todo eso es también muy revisable, no lo podría defender hoy, porque pensaría algo muy distinto, incluso a lo mejor «qué chicos más majos, qué tranquilos y qué bien están».
¿Cómo son tus sueños?
Complejos, misteriosos, enigmáticos… Básicamente eso. Y, además, es la materia prima de todo lo que yo luego elaboro y manufacturo. De ahí saco todas mis canciones.
En ese sentido, ¿sueñas en letra o en melodía?
Sueño en términos de reflexión vital. Creo que en mis sueños aparece mi inconsciente y, por lo tanto, descubro toda mi complejidad. Cuando escribo y cuando sueño, estoy en el mismo terreno, que es el mismo mundo. Para mí, arte y sueño son casi lo mismo.

«Mis sueños son complejos, misteriosos, enigmáticos… Es la materia prima de todo lo que yo luego elaboro y manufacturo. De ahí saco todas mis canciones»
Cuentas que este disco, Oniria popular, nació sin avisar.
Sí. Fui en busca de un par de singles, y pensé: «Bueno, pues voy a trabajar esta canción que tengo aquí… Esta otra que tenía aquí olvidada la voy a intentar recuperar…». Me puse a hacer alguna cosa y de repente me puse a escribir y a escribir, pero no me convencía tanto, así que seguí hasta que me di cuenta de que tenía ocho. Ahí fue cuando llamé a la discográfica y dije que no iba a sacar dos singles, sino un disco.
¿Qué te dijo Kin [Joaquín Martínez Silva]?
«¡Qué maravilla!». Es más, me dijo literalmente que para él era mucho mejor. Le llamé un poco con la boca pequeña, como diciendo «tío, creo que tengo un disco». A lo mejor era un marrón, porque no sabía qué planes tenían. De hecho, los planes eran otros. Pero me respondió que no había ningún problema, que iba a cambiar el plan y que sacaríamos un disco.
Cuando dices que los planes eran otros, ¿eran los planes que tenía la discográfica o los tuyos?
Los planes de ambos. Yo estaba trabajando en reciclar canciones mías del pasado, que era una idea que tenía desde hace muchos años, y que, por fin, en un nuevo momento con no sé cuántos discos, me podía permitir esta licencia de recuperar cosas que yo tenía en la cabeza, muchas canciones que quería rehacer por muchos motivos, por sonido también, y quería ordenar. Entonces empecé. Cuando estábamos con eso, me dijo Kin que me sacara por lo menos un par de singles, porque, si no, iba a pasar mucho tiempo hasta que tuviera temas originales: «Tú eres básicamente un compositor, tu público lo espera de ti también». Entonces, me puse a trabajar en los dos o tres singles y ya los iríamos sacando como singles sueltos, y después este otro proyecto. Pero me encontré el disco. Y como ya estaba trabajando con Adrián Seijas en casa, haciendo lo otro, lo hicimos con la misma maquinaria, la misma inercia y el mismo sistema de trabajo. Digamos que hicimos un disco entre dos personas.
¿Cuáles fueron las primeras canciones? Vi que “Campos de Castilla para siempre” y “Cupido (Muerte al amor romántico)” ya sonaron en el San San Festival de este año.
Sí, porque las adelanté. Solo toqué en el San San y también el otro día en Santiago (tocamos también “Sombras chinas”), porque presentar en un festival canciones nuevas que no habían ni salido a la calle me parecía que tampoco tenía tanto interés. Si fuera un concierto mío, donde la gente viene a verme a mí, entonces sí me hubiera arriesgado a presentar una canción o dos nuevas que no conocía el público. Podría haberlo hecho, tampoco hubiera pasado nada, pero lo sentí así. Y las primeras canciones, una es reciclada: “Sombras chinas”. No la hice para el disco. Había sido un descarte, pero confiaba en ella. Me pasó más veces en mi vida. La rehaces, le das una vuelta, le cambias tres o cuatro cosas, la coges con ganas otra vez, y de repente la revives. Es la única, el resto son todo canciones contemporáneas, en el momento en el que se graba y se concibe el disco. Y luego… No recuerdo muy bien cuáles hice. “La batalla” creo que es una de las primeras. “Tronco y raíz” también es bastante de lo primerito.
Al igual que en “La batalla”, las batallas también se mencionan en “Sombras chinas”: «Y todas mis batallas fueron una gran batalla / Una única y gran batalla / Que perdí para poder ganar».
Lo pensé hace poco. Cuánta batalla, ¿eh? No sé… Imagino que la metáfora de la batalla, al final en la vida, es por momentos una lucha. No me considero yo muy bélico, pero a veces la vida te pone ahí también. Lo veo como algo de superación.
¿Por qué es necesario «perder para poder ganar» en ese proceso personal?
Porque yo creo que muchas veces se aprende y se crece más. Se mejora en muchos sentidos, se gana perspectiva, se gana libertad, se gana capacidad, se gana sabiduría perdiendo… Porque te enseña más muchas veces. Ojo, ganar también te enseña.
Pero con ganar, a veces, también pierdes.
Claro. Es que luego está el concepto de ganar–perder, que son cosas muy relativas, porque cuando pierdes, a veces ganas también, sí. Cuando te sientes mal —porque pierdes el partido, tu chica te deja…— siempre se supone que es para mejor, pero hasta que remontas estás jodido.

«La metáfora de la batalla es, por momentos, una lucha. Lo veo como algo de superación»
“Cupido (Muerte al amor romántico)” no habla de alguien en concreto, ¿pero sí del desencanto con Cupido?
Sí, como si se la cantase a Cupido. Pero he jugado ahí, porque originalmente sí que la escribí por algo en concreto. Me salen las cosas de una forma muy impulsiva, muy orgánica, pero luego también le pongo cabeza. Es decir, vomito pero luego retoco. Y con las producciones también. Sobre todo en producción soy un poquito más preciosista, un poco más cerebral, siempre desde un lugar emocional, porque me gusta emocionarme haciendo lo que hago. Pero la letra es algo mucho más visceral. No soy un intelectual de la poesía y entonces me sale lo que me sale. Soy un poco bruto, pero luego intento sacar una parte delicada, que retoca, que perfila, que corta ramitas…
De hecho, “Campos de Castilla para siempre” es un homenaje a la poesía.
Es una especie de homenaje a los que han homenajeado la poesía, como Paco Ibáñez o [Joan Manuel] Serrat. Y es como si yo cogiera el relevo, humildemente y a mi manera, de toda esa grandeza anterior. Así como también mato a mis ídolos de manera metafórica, también los integro y los amo; son mis padres y mis madres musicales. Me sigo emocionando con Antonio Machado, tío. La poesía y la música es lo que más me emociona del mundo. Y, bueno, el cine me encanta. Puedo llorar, ¿sabes? Es algo que me llega muy profundo. Y cuando estoy mal, unos buenos versos me conectan con la vida y puedo canalizar.
¿Más que una canción?
Igual. A veces necesito esa autenticidad de algunos versos, esa conexión. Ahí encuentro la calma. Al conectarme con eso, me siento menos solo. Me da igual que haya sido alguien en el año 35. No estoy solo, y es importante no sentir esa soledad.
En “Campos de Castilla para siempre”, además del homenaje a la poesía, hablas de “Strawberry fields forever” (The Beatles)… ¿y hay un guiño a “Camino Soria” de Gabinete Caligari?
Sí. Para alguien que nació en el 77 como yo, “Camino Soria” es un temazo. Además reivindicando Castilla, lo nuestro, lo de aquí, un grupo moderno de la época como era Gabinete. Me parece precioso. La escuché durante una época en el coche y se la ponía incluso a mi hijo un día que, precisamente, íbamos justo cruzando Soria. Yo tengo familia soriana por parte de mi madre. La parte de mi abuelo, que nació en Madrid, su madre era de Villar del Ala. No sé si mi bisabuelo y mi bisabuela, o al revés, pero uno era de Villar del Ala y el otro era de Sierra de Cameros, de La Rioja. Soria me toca por ese lado.
En León también tienes familia, ¿no?
Sí, en Astorga. Mi abuela paterna era de Astorga. Criada en León, pero nacida en Astorga.
¿Cuánto tienes de gallego al final?
Mis padres, los dos, son de La Coruña, pero mis abuelos son mitad y mitad. Es decir, tengo por cada parte cincuenta y cincuenta: un abuelo gallego de Lugo con una abuela de Astorga y una abuela de Coruña con un abuelo de Madrid, que venía de Soria y de La Rioja. Esa complejidad y ese imaginario está ahí y a mí me hace ser una persona mucho más compleja. Me encanta la sensación de que no soy una identidad pura. Yo soy, como se dice en Galicia, un «can do palleiro», soy un chucho.
¿Dónde tiene su casa el hombre de ninguna parte?
Te iba a decir una flipada, que es «en el camino», pero también es verdad que en el movimiento. Pero si vamos a lo mundano y a una cosa un poco más terrenal, yo te diría que en algún lugar entre Galicia y Madrid.
¿Has caído en la trampa de la imagen de René Magritte?
Me he dedicado en cuerpo y alma a descubrir lo que hay detrás de las máscaras sociales, lo que he podido puntualmente y cuando he podido. Es una de mis grandes labores. La libertad es otro gran trabajo, como la verdad, lo que es falso y lo que no… También he aprendido a conocerme, a engañarme lo menos posible. Y, aun así, nos engañamos un montón.
Entonces, ¿todo lo que escuchamos y vemos esconde otra cosa?
Depende en qué plano de la vida. Las canciones, para mí, son siempre mucho más complejas de lo que parecen. Pero no digo que sean engañosas. Lo que pasa es que sí que son símbolos de cosas más profundas. A veces, cuando me preguntan qué quise decir con tal verso, a veces lo explico, pero en el fondo pienso que me he quedado corto. Por eso, creo que el arte es importante, porque te permite sintetizar y traducir y simbolizar cosas que en realidad son mucho más complejas. Son las mariposas que cazas en ese mundo onírico, que es el inconsciente. Pero el mundo es mucho más complejo y mucho más extenso. Tú cazas un pez, pero en el mar hay muchos más peces.

«Me salen las cosas de una forma muy impulsiva, muy orgánica, pero luego también le pongo cabeza»
¿Es la primera vez, por cierto, que sales en la portada de un disco tuyo en solitario?
Sí. Desde 2007, con Fin de un viaje infinito de Deluxe. Lo sentí así. Igual que tenía clarísimo que no quería salir en todas las portadas de mis discos hasta hoy, en esta fui yo el que dijo que quería salir en ella. Pero no sé por qué. A lo mejor, como me quité de las redes sociales, de repente pensé en darle un poco de rienda suelta a mi ego, a mi imagen (risas). Es algo bastante sencillo, bastante naíf, probablemente. Puede que responda sencillamente a algo cíclico, o a lo mejor es simplemente por el puro cambio o quizá algo más complejo que tiene que ver con gustarme, en plan «aquí estoy yo con mis cuarenta y ocho años y mi chaqueta de puta madre», ¿sabes? Y luego hay mucha simbología, cuidado. Ese azul no es casual (es el cielo, lo onírico) y ese marrón tampoco (es la tierra, lo terrenal)… Y la gente es el pueblo, lo popular… Lo que suben son una especie de espigas de los campos de Castilla… Me muestro yo después de muchos años, y además me muestro sin gafas, porque nunca me las quito. No solo iba a salir yo, sino que me iba a mostrar más que nunca.
¿Qué has descubierto de ti con este disco?
Yo qué sé… Que hay un mundo complejo que sigo desgranando, que me apasiona la música, que vivo para esto y que me moriría haciendo canciones. No tenía una razón para hacer este disco, simplemente lo hice porque es mi forma de vida. Es un trozo de dos años de reflexiones, de sentimientos, reflejados en mi diario personal, que es mi discografía. Me descubro como un loco sin solución.
¿La música te ha dado soluciones?
Sí, me ha dado, porque me ha reconfortado muchas veces hacer una canción. Esa sensación de hacer un tema es lo más bonito que te puede pasar como músico. Cuando haces una canción en tu casa y encima te gusta, es el sentimiento más hermoso que hay, el más reconfortante. Y luego también escuchar una canción que te gusta mucho, descubrir un tema nuevo de alguien que te gusta, recuperar un tema que hace mucho que no escuchas, que te gustó… Eso hace cosas muy buenas aquí dentro [Xoel se pone la mano en la boca del estómago].
¿“El monstruo final” es una canción de casa?
Sí, pero en mi caso, más bien nostálgica. Es un recuerdo de infancia. De hecho, si te fijas, al principio hay un sonido de monedas y, al final, una musiquita que pertenece a un juego que yo jugaba con mi hermano todo el rato (Bomb Jack). Y eso es, literalmente, el sampler del juego. No sé si me denunciarán o qué, pero esa es la realidad. La canción habla, básicamente, un poco de la vida, de cómo es, pero también hay una especie de afán de superación. Estoy animando a alguien a que supere algo. Hay varias canciones de amistad en este disco, como “Tronco y raíz”, que es una canción de amistad, de amor a un amigo.
¿Cuál es tu monstruo final, tu final boss?
Mil cosas. Es ese último momento, cuando dices: «este es el último cigarro» o la última vez que escribes un mensaje a esa persona de mierda. Y, además, hay un momento que es el último. Pues ese último clic de las cosas que no te hacen bien es el monstruo final.



















