Javier Márquez Sánchez: «Quería que la novela funcionase como un homenaje al cine de la época, a quienes lo hacían y a la felicidad que con él infundían»

Autor:

«En todas mis novelas reproduzco de una manera u otra hechos reales, es algo que me resulta tan divertido y estimulante como complicado»

 

Charlamos con Javier Márquez Sánchez, que acaba de publicar un nuevo libro dentro de nuestra Colección Intermitente, Una oración por los condenados. Una trepidante novela negra ubicada en el Madrid de 1961, en pleno franquismo, con personajes ficticios y reales, en un claro homenaje al cine.

 

Texto: EFE EME.

 

Ya eres un referente de la novela negra española y no te cuesta ubicar las tramas tanto en nuestro país como en otros espacios como Estados Unidos. ¿Te resulta más sencillo cuando la historia ocurre en España?
Yo no soy referente ni en mi casa, pero, en fin, dejémoslo ahí… En realidad, me resulta tan fácil y tan difícil ambientar en Estados Unidos como en España, siempre que hablemos de tramas históricas. Para ambas tengo que documentarme bien y en ambos casos tengo ya cierto bagaje por todo lo leído y estudiado. En el caso de tramas actuales es otro asunto, porque la experiencia directa me acerca más a la realidad de nuestro país.

Cuéntanos un poco la trama del libro.
No es fácil contarla sin destripar sus claves, pero como la mandanga de los spoilers siempre me ha parecido una coartada para malas producciones, no hay miedo. La historia plantea una trama ficticia a partir de hechos reales —no nos demanden, por favor—, en el marco del rodaje de la película Viridiana. Un asunto que implicará a los propios Luis Buñuel, Paco Rabal y Juan Antonio Bardem, amenazados por un grupo de «buenos patriotas» que quieren detener a toda costa el rodaje de esa película, que consideran irreverente y blasfema (todo esto es ficticio, que conste). Eso hace entrar en juego a los protagonistas, los detectives Rodrigo Arjona y Luis Miguel Varela, además de a la reportera de la revista Fotogramas, Elena Valcárcel. Juntos intentarán desentramar una conspiración que acabará conduciéndoles a otro misterio, el de un robo escandaloso que ha permanecido oculto desde mayo de 1936. Y entre todo ello, una historia de amor dramático que sobrevivió a la guerra y que ha vuelto clamando venganza.

Detectives privados, un alto mando del gobierno franquista, cineastas, una periodista, miembros de la Iglesia, elementos subversivos del Régimen dentro de la Policía. Hay un elenco de personajes enorme. ¿Con cuál te quedas? ¿A cuál de todos le tienes más cariño y por qué?
Creo que me quedo con Dionisio Albajara, tío y padrino del protagonista, el detective Rodrigo Arjona y, a la sazón, Comisario General del Cuerpo Nacional de Policía. Representa a muchas personas de su tiempo que se vieron empujadas a aceptar situaciones que no aceptaban para intentar, irónicamente, que estas no fuesen a más. En su caso, es consciente de los abusos del Régimen y de los abusivos métodos de la Brigada Político Social, y ante eso, en lugar de dimitir, ha logrado llegar lo más alto posible en el escalafón para intentar controlar esos métodos policiales.

Utilizas elementos históricos y empleas personajes reales mezclándolos con ficticios para construir esta novela, tal y como hace Dennis Lehane en parte de su obra, por poner un ejemplo. Él, por ejemplo, casi siempre ubica en Boston sus historias. ¿Te resulta complicado?
Creo que en todas mis novelas reproduzco, de una manera u otra, hechos reales. Es algo que me resulta tan divertido y estimulante como complicado, porque me sumerjo en una búsqueda exhaustiva de detalles. Esta novela no ha sido una excepción, y he intentado trasladar de la manera más fiel no solo personajes y lugares, sino también acontecimientos reales. Como ese momento en el que, sin estar en el guion, Luis Buñuel decidió improvisar la escena de los mendigos durante el rodaje de Viridiana. O cuando el historiador Ramón Menéndez Pidal visitó el set de rodaje de El Cid y le regaló a Charlton Heston una réplica de la Tizona. Episodios como esos se evocan en la novela tal cual relatan las crónicas. O al menos, hasta donde he llegado a comprobar.

¿Por qué esa referencia al cine de la época? Al fin y al cabo, la trama pivota alrededor del rodaje de Viridiana. Eso te sirve para hablar de lo difícil que lo tenían los cineastas con la censura de por medio.
No solo quería hablar sobre esos problemas con la censura. En realidad, quería que la novela funcionase, entre otras lecturas, como un homenaje al cine de la época, a las mujeres y hombres que lo hacían, y a la felicidad que con ello infundían a una población que no lo tenía fácil. Me divertí mucho proyectando cameos como los de Tony Leblanc o José Luis López Vázquez, y por supuesto, con los de Charlton Heston y Sophia Loren. Por otro lado, había otra cuestión que me interesaba mucho. La novela negra española hace mucho tiempo que, por suerte, está considerada como se merece, con todos los laureles, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Con el cine negro de los años cincuenta no ocurre así, y es de una riqueza increíble. Hay verdaderas maravillas olvidadas como Apartado de correos 1001 (1950), Distrito quinto (1957), A sangre fría (1959) o Un vaso de whisky (1959). El problema, como siempre, es que somos unos acomplejados. Bogart y Glenn Ford nos valen para lucir la gabardina, pero Alberto Closas o Arturo Fernández, no. Y es una pena.

 

«La novela negra española hace mucho tiempo que, por suerte, está considerada como se merece, con todos los laureles, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras»

 

¿Cómo fue enfrentarte a incorporar a personajes como Juan Antonio Bardem, Francisco Rabal o al propio Buñuel? ¿Mucho proceso de documentación?
Desde luego, busqué todo libro o revista que pudiese ofrecer material gráfico de aquellos meses para reproducir el aspecto físico e incluso el vestuario. Y, como en el caso de todos los personajes reales que aparecen, están tratados con el mayor respeto y sobre todo cariño. En el caso de los diálogos, revisé entrevistas y documentales para tratar de emular el tono y lenguaje de cada uno.

¿Por eso Madrid? ¿Precisamente porque haces coincidir el espacio con los personajes reales que incorporas en la novela?
Primero fue la ciudad y, más tarde, la trama. Quería escribir una novela negra en ese Madrid de los primeros años sesenta donde el ambiente empezaba a cambiar, donde en la Universidad empezaban a alzarse las voces, donde las faldas se iban recortando centímetro a centímetro y los peluqueros miraban hacia Liverpool en busca de inspiración. Ese Madrid en el que empiezan a llegar discos y pantalones vaqueros vía Torrejón de Ardoz. Aún le quedaban quince años de buena salud al «militar de más alta graduación», pero la vida comenzaba a tener sus días en technicolor tras una larga sesión continua en blanco y negro.

La novela es de un ritmo vertiginoso, y es un gran mérito conseguir que la trama principal se funda con una historia secundaria que se entremezcla con la primera. ¿Te costó mucho unir todos esos cabos?
Me costó unos seis años, ¿qué te parece? Escribí esta novela en 2018, y me encasquillé tanto con el final que acabé guardándola en el cajón. Tres libros le pasaron por la derecha mientras la recuperaba cada cierto tiempo para volver a revisarla. Un día, durante un paseo por El Retiro, fue cuando las ventanas se abrieron de golpe dejando entrar el aire fresco. Fue la escultura del Ángel Caído. La imagen me llevó a imaginar una escena a su alrededor y esta dio sentido a uno de los principales problemas que arrastraba. Resuelto este, el resto fue cayendo como prendas en un striptease.

Reflejas con una pulcritud y un realismo fuera de lo común el Madrid del 61, con todos sus elementos políticos, sociales, de costumbres… Es curioso cómo el lector puede sumergirse en los bares de la época como si estuviera allí. ¿Trabajas mucho la parte real?
Como lector, un personaje que fuma Ducados y bebe Anís del Mono se me perfila de manera más natural y realista que otro que fuma un cigarrillo y bebe anís. Así que, cuando me pongo a escribir, me gusta aliñar mis historias con cuantos detalles reales se me ocurren (siempre que tengan un propósito y sentido, claro está). Seré un escritor de método, como un Sal Mineo del teclado. Si iba a escribir sobre el Madrid de 1961, lo primero que tenía que hacer era disculparme con mi mujer antes de ponerme a recorrer librerías de viejo en busca de planos, callejeros, libros de fotografías, anuarios y suplementos gastronómicos, informes políticos, económicos y culturales, etc… De manera paralela iba trabajando la trama, y cuando esta y la documentación estaban más o menos construidas, la combinación de ambas hace que la historia vaya cobrando vida con todos los detalles.

En la novela hay intriga, corrupción real del momento, personajes de todos los estratos sociales. ¿Eras consciente al escribirla de que estabas consiguiendo un todo tan completo?
Era consciente de que tenía muchos mimbres, pero no tenía del todo claro cómo iba a salir el cesto. Como explicaba, llegó un punto en el que no sabía cómo cerrar no ya las tramas principales, sino otras secundarias, más sociales o personales, que necesitaban su equilibrio. Por suerte, todo fue encontrando su lugar. O eso espero.

Llama la atención lo bien que trabajas los diálogos en estilo directo, que son muy realistas. ¿Te costó mucho darle forma a esta parte narrativa de la novela?
Siempre me han dicho que soy buen dialoguista, como Adolfo Marsillach y Jesús Puente en Sesión continua, y me gusta creérmelo. Supongo que soy muy visual a la hora de escribir. Hay pasajes de la novela que los visualizo como una escena de película, y otras como una pieza teatral. Eso implica mimar los diálogos y dotarlos de una voz particular para cada personaje. También me ayuda a la hora de describir gestos, movimientos y la distribución física del espacio.

¿Qué será lo siguiente? Porque, volviendo al principio, por tu trayectoria eres capaz de escribir una historia ubicada en nuestro país como en Estados Unidos. ¿Habrá una próxima?
Pues me encantaría volver a llamar a la puerta de Arjona y Varela Investigación. Aunque ahora ando en otros charcos, si los lectores y el sufrido editor me dan la oportunidad, me gustaría retomar estos protagonistas y llevarlos unos años más allá, a mediados de la década de los sesenta, en plena efervescencia pop y aperturismo a lo bueno y a lo malo. La trama ya está, y algunos cameos, ya «apalabrados». Así que, como cerraban las películas de James Bond (antes de convertirse en el príncipe Hamlet con esmoquin): Rodrigo Arjona will return.

 

 

Artículos relacionados