Guille Galván: «Necesitaba hablar de cosas de las que no me atrevía a hablar con Vetusta» 



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«Es un disco que he trabajado desde el anonimato más absoluto, porque casi nadie sabía que lo estaba haciendo»

 

Antes de que Vetusta Morla vuelva a subirse a los escenarios, Guille Galván debuta a pecho descubierto en un disco íntimo y reposado titulado Nadie con ese nombre vive aquí. Por Arancha Moreno.

 

Texto: ARANCHA MORENO.
Fotos: JERÓNIMO ÁLVAREZ.

 

Hay silencios que esconden canciones. En uno de esos ha vivido Guille Galván (Madrid, 1980) desde que Vetusta Morla anunció un parón en 2024. El año pasado alumbró la banda sonora de la película Madrid ext., de Juan Cavestany, y el pasado abril nos sorprendió con otro proyecto. Un disco del que nadie había oído hablar. Once canciones que escribió mientras pasaba más tiempo con su familia y que brotaron mientras se despedía de su padre, el escritor Guillermo Galván. A él está dedicado este disco que le ha llevado, por vez primera, a ponerse delante del micrófono. Solo. Así alumbró Nadie con ese nombre vive aquí (Esmerarte, 2026), un álbum en el que nos reencontramos con sus manos, más desnudas que nunca, y descubrimos por fin su voz.

Es mediodía y Guille Galván está sentado en el madrileño paseo de Pintor Rosales, a pocos metros de su oficina y a escasos centímetros de una taza de café. Son días de charlas reposadas, de darle al disco el mismo espacio y calidez con el que está hecho. De seguir llenándolo todo, como dice una de sus canciones, de pulso y belleza.

 

Tu oficina, Esmerarte, te describe como escritor de canciones y productor musical. ¿Te reconoces más en esas dos facetas que en el resto de tus perfiles creativos? Porque también eres guitarrista, compositor de bandas sonoras, autor de libros de poemas…
Supongo que me encuentro más en las canciones que escribo. Quizá me asocio más con lo que escribo, ya sea en formato canción, poema o escribiendo e interpretando, como este caso. Tengo la sensación de que en cada etapa me toca descubrir caras de una misma cosa, pero quizá todo se reduce a escritor y músico. He tenido la suerte de hacer bandas sonoras también, donde me quitan la palabra porque la aporta el guion de la película, pero me gusta enfrentarme a proyectos en los que hay ciertos límites que generan la identidad de lo que voy a hacer. En este caso, el límite era una guitarra, una voz y un cuarto, y construir un discurso, un universo, en torno a eso. Ese ha sido el origen y lo que me ha hecho mantener el carril mientras componía y grababa el disco.

Emprender una carrera en solitario, ¿tiene mucho de búsqueda de uno mismo?
Sí. Al final, cuando llevas tanto tiempo siempre hay una especie de vaso comunicante de tu vida profesional con la personal. Llevo más de veinte años con Vetusta, tenemos la suerte de haber tenido reconocimiento, hemos podido vivir de ello, nos ha ido bien… pero en muchas épocas te planteas qué hubieras hecho si no hubieras tenido un grupo, qué necesidades personales tienes. Quizá tenía la necesidad de construir un espacio más íntimo, no tan expuesto, no tan grande, sentir que me podía valer por mí mismo si el día de mañana las cosas van mal, poder tocar mis canciones en algún sitio con una guitarra. Tenía que demostrármelo para sentirme en paz conmigo mismo. Había un tipo de canciones, de manera de escribir, que no tenían que ver con el grupo ni con los sitios en los que tocamos. Me costó mucho tomar la decisión, porque es algo que no había hecho nunca y hay que colocarlo. Es un disco que he trabajado desde el anonimato más absoluto, porque casi nadie sabía que lo estaba haciendo, y eso me permitió hacerlo de esta manera. Se lo dije a mis compañeros, a mi mánager y a mi oficina, y atreverme a decírselo, tomar la decisión, era algo que necesitaba vitalmente.

¿Y en qué momento empezó a cobrar forma este proyecto?
Sobre todo han sido los dos o tres últimos años. Se han sumado muchas cosas, situaciones personales… A veces es muy difícil saber lo que eres tú y lo que es el grupo, dónde acaba una cosa y empieza otra. Hemos necesitado ese parón de Vetusta para poder explorar e investigar cada uno por nuestra cuenta. En ese tiempo, vi que necesitaba exponerme y permitirme sacar un tipo de canciones que llevaba dentro, que hablaban de cosas de las que no me atrevía a hablar con Vetusta: de mis hijos, de mi pareja, de mis padres… poner en valor a mucha gente que me ha permitido ser quien soy, que da estructura y cobertura a que yo pueda girar y tener aplausos. Creo que es algo que no hubiera hecho dentro de Vetusta, porque era muy personal, una cuenta pendiente conmigo mismo y con mi gente. Por eso he querido grabarlo en casa, he creído que mi mundo profesional podía ser compatible con el mundo de los que me rodean.

 

«A veces es muy difícil saber lo que eres tú y lo que es el grupo, dónde acaba una cosa y empieza otra»

 

Tus compañeros de Vetusta han formado nuevas sociedades creativas, como Soleado (Juanma) o Gipsy Power Band (El Indio); de momento tú has sido el único en debutar solo, a pecho descubierto. ¿Era algo necesario y a la vez, vertiginoso?
Tenía que atravesar ese fuego, me tocaba hacerlo. A veces uno tiene vértigo cuando se compara o le da miedo fallar, pero para mí el objetivo era transitar esto, hacerlo. Lo que suceda o deje de suceder con el proyecto formará parte de otra cosa. Uno a veces tiene vértigo cuando se siente en una altura, pero a mí me daba mucha tranquilidad bajarlo, empezarlo tan abajo como me fuera posible. Por eso salí con una canción con una guitarra y una voz. Si pudiera, haría conciertos para veinte personas. Tenía esa necesidad de cambio radical, volver a la canción pura y dura y defenderla con lo mínimo que tenga. Voy a contar ese tipo de canción como se merece.

En estos años has publicado un par de poemarios, Retrovisores y Desconocernos. ¿En ellos hay alguna semilla de lo que encontramos en este disco?
No. Mi padre falleció hace poquito, los últimos años han sido el duelo y el preduelo, el acompañamiento de su despedida. Cuando nos enteramos de su enfermedad, hace unos cuatro años, empecé un libro de poemas. Creía que iba a necesitar soltar un montón de cosas y que eso me iba a llevar a otro libro de poesía, pero lo que escribía me llevaba a un lugar que no me aportaba nada, era mucho más oscuro de lo que yo pensaba. Yo también atravesaba una época complicada, personal, y de repente tuve la intuición de que si trabajaba en algo que tuviera que ver con eso tenía que ser para lo contrario, para construir un refugio, algo esperanzador que pusiera en valor no lo que iba a perder, sino todo lo que tenía alrededor, lo que me ha hecho ser quien soy, y todo lo que tengo por delante. No tenía que hacer un libro de poesía, tenía que cantar. Cantar es una manera de sacar fantasmas fuera y de celebrar, aunque todas las canciones no sean de fiesta. Hubo un clic que me hizo lanzarme, como un muelle al fondo del pozo que te impulsa hacia arriba. Aunque el disco habla de muchas cosas.

¿La música te proporciona un alivio distinto al de la escritura?
Sí, y que me he pasado años girando o estando en sitios donde no me apetecía estar, mi cabeza y mi realidad era otra. Tampoco quería ser un lastre para mis compañeros, pero sabía que ese no era mi sitio, que ese otro sitio lo tenía que investigar, construir y atravesar. Esa ha sido la motivación, lo que me ha hecho seguir picando y relacionarme de otra manera con mi gente y entender el proceso del disco como algo que tiene que ver no solo con lo musical, sino con lo vital.

Como dices, el año pasado perdiste a tu padre, y también publicaste luz la BSO Madrid ext., película de Juan Cavestany en la que has trabajado varios años. ¿Todo eso se ha mezclado en la gestación de este disco?
Madrid ext. la terminé de grabar en enero del 2025. El disco lo tenía ya compuesto, prácticamente, y empecé a grabarlo en primavera del año pasado, aunque luego se van solapando los procesos creativos con las presentaciones de lo anterior. La grabación me ha pillado en todo este proceso y ha formado parte de él. Aunque no todas las hablen de esto, el proceso y quién era yo cuando las cantaba, sí. Es muy difícil para mí separar estas tres situaciones. Probablemente este disco es tan de habitación porque venía de hacer esa banda sonora, que era al aire libre y tenía que ver con paisajes sonoros, ruidos de la ciudad… Hay algo en el disco que he intentado mantener, porque durante el proceso recopilé material de archivo familiar, digitalicé casetes de cuando era pequeño, míos, de mi hermana, de mis padres… Vídeos que tenía, sonidos que teníamos grabados. A la vez que grababa, hacía eso. Y me gusta que quien soy en cada momento deje huella en lo que estoy haciendo. En “Hay un coche ardiendo” suenan unos grillos de los años setenta, del pueblo de mis abuelos. Hay un momento que une dos canciones, “Huellas en el aire” y “Túnel de la M-30”, donde hay una grabación del año 83 o por ahí, en la que canto la canción de Érase una vez el hombre [serie infantil de los ochenta].

¿El niño que canta eres tú, y la otra voz es tu padre?
Sí. Me pareció bonito utilizarlo, tiene que ver con esto que te cuento y con el título del disco.

Ahora mismo estamos en una terraza y nos acompaña el ruido del jardinero cortando el césped, el tráfico, los semáforos, las señoras de la mesa de al lado tomando café, los pájaros. ¿Tu cabeza sigue en ese modo, a la escucha de todo lo que nos rodea?
Ahora mismo estoy bastante en modo paréntesis.

¿Pero has entendido la vida desde otro ángulo después de ese proyecto? Entiendo que prestar atención a todos esos sonidos habrá desarrollado tu sentido de la escucha.
Sí, supongo que pierdes capacidad de concentración vertical y amplías la horizontal. Madrid ext. ha sido uno de los proyectos más bonitos que he hecho nunca, por el proyecto, el tiempo… han sido tres años, una utopía en cine. Y por Juan, que hemos hecho un equipo muy guay y me ha acompañado mucho en todo esto.

Hablando de cine, tu nuevo disco tiene imágenes muy potentes: «Hay un coche ardiendo sobre el arcén / un ciervo ha muerto y el humo asciende hasta el sol. / Todo huele a gasolina y alquitrán caliente». ¿Emerge aquí, más que nunca, el Guille que estudió Comunicación Audiovisual y ha compuesto para el cine estos últimos años?
Sí, supongo que hay muchas capas de mí. Siempre he intentado escribir desde lo sensorial. “Hay un coche ardiendo” fue una situación real. Hace un par de años, un verano bajando de Galicia, en una cuneta a las cuatro de la tarde, vi un coche ardiendo. Me bajé un momento a ver si había alguien herido. No había nadie, y me quedé fascinado por la imagen, ver un coche ardiendo en mitad del monte me hizo pensar muchas cosas: quién había tenido el accidente, dónde estaba esa persona, si había tenido que huir por algo. Esa frase, “hay un coche ardiendo sobre el arcén”, la apunté en ese momento porque me pareció el inicio de una historia. A falta de certezas, me gustaba la idea de una obertura casi lynchiana, donde llegas tarde a algo que ha perturbado el momento. Me gusta cuando las canciones te hacen pensar en imágenes y al revés, cuando las pelis, a través de la música, te llevan a otros lugares. La música es un salvoconducto que te lleva de unos sitios a otros. He escuchado mucha música y visto muchas pelis, me sale de manera natural.

¿Y eres más de cazar imágenes o de crearlas?
Hay de todo. Hay imágenes que han existido y otras que supongo que me he inventado. También juraría haber visto a un gorrión volando en la M-30 y pensar que no hay mayor encierro en Madrid que ver a un pájaro tratando de salir de ahí. Pero no te lo puedo asegurar. Hace un año y pico, antes de pasar al instituto, mi hijo pequeño pasó una racha un poco tristón, le veía distinto, y un día nos confesó a su madre y a mí que estaba muy triste porque notaba que se estaba haciendo mayor y tenía miedo de olvidarse de lo que había vivido de niño, porque los mayores tenían otro tipo de vida y se olvidaban del niño, y él quería recordar lo que era. No supe ayudarle mejor que haciéndole una canción [hacemos una pausa y, quien esto escribe, nota los ojos vidriosos].

 

«Cantar es una manera de sacar fantasmas fuera y celebrar, aunque todas las canciones no sean de fiesta»

 

Qué emocionante. Qué bonito.
Le dije: «Mira, aunque te olvides de cosas, y haya gente que te ha querido que desaparezca, somos como los árboles y todo eso lo llevas dentro. No tengas miedo a crecer. Todo los que te queremos estamos dentro de ti». Por primera vez me salió hacerle una canción explícita a mis hijos, porque estaban los dos en una situación similar. Estaba en una coyuntura de querer contar y escribir sobre esas cosas y todo me llevaba a hacerlo yo, no me quedaba otra. No eran canciones para el grupo.

La vida también te empuja en cierta dirección.
Sí, lo quiero ver con la naturalidad de las cosas que pasan, un nacimiento o una muerte es algo sobrenatural, pero no hay nada más natural que eso. He vivido este proceso con esa naturalidad también.

El disco lo has presentado con “En qué momento dudé de ti”, probablemente la canción menos vestida del disco. ¿Querías mostrarte lo más desnudo posible, o como dices en “Pulso y belleza”, llegar hasta los huesos de verdad?
No por una voluntad exhibicionista, porque siempre he sido bastante pudoroso con mi biografía y mi vida privada, pero tenía que llegar al hueso para encontrar lo que quería contar. No desde el exhibicionismo, pero sí desde la verdad. A veces te das cuenta de las cosas cuando terminas de hacerlas.

Dices que para encontrar tu voz debías desprenderte de casi todo. ¿Ha sido difícil ponerte frente a ese espejo tan brutal que es el micrófono?
Sí que lo ha sido. Más allá de lo terapéutico, del trabajo psicológico, he intentado ponerme al servicio de las canciones, pasar por cada palabra, por cada frase, darle importancia a cada verso. He hecho mucho trabajo con Patri Ferro, mi profe de canto muchos años, y Héctor [G. Fazzo], el ingeniero con el que he grabado, que ha sido parte fundamental porque se ha comido todo el proceso, los dos solos, no solo el musical sino el humano. Me ha ayudado mucho, estaba cantando para él todo el rato, él era mi público. Me he fiado mucho de él porque tiene una sensibilidad narrativa muy grande, que era lo que buscaba. Está grabado a la vez guitarra y voz, y he intentado que siempre prime la voz, cómo está cantado. Aquí las guitarras son un vehículo para contar una historia, la voz manda.

El disco se abre derribando un mito: ningún tenedor -o cuchara- evita que se escape el gas de una botella de champán. ¿La verdad, la búsqueda de la verdad y la honestidad, es uno de los grandes temas de este álbum?
Para mí ese era el tema. Tenía que encontrar una voz creíble que contase algo escrito de verdad, y que así se percibiese desde fuera. Esa búsqueda de la verdad es de las pocas cosas que nos pueden salvar, buscar lo que es real, lo que nos mueve, lo que no es una construcción interesada, lo que nos lleva a la raíz de lo que somos. Solo desde ahí podremos construir un mundo honesto.

¿Cómo has ido añadiendo otras capas a la guitarra y la voz?
Todas las canciones están grabadas a guitarra y voz en casa, la mitad terminadas en casa con piano y otros arreglos, y coros, y luego hay cinco canciones que envié a distintas personas para que aportasen otros colores. La elección fue por intuición, pensé que iban a entender el concepto, respetarlo y no pensar en el arreglo, sino en la canción. Había trabajado ya con ellos y les escribí un email con algo muy abstracto. Para mí, el disco es un juego de límites. Les dije: «Quiero que se escuche a alguien en una habitación, como en un vis a vis. La literalidad de mi guitarra ya está, ahora os pido que decoréis la habitación. No quiero que la llenéis de músicos ni que haya una banda, quiero que elijáis el color de las paredes, si hay una moqueta o un cuadro. Sois decoradores». Al principio se reían, pero sirvió. Cada uno lo ha hecho a su manera y yo he mediado para que todo tenga coherencia. Las primeras referencias fueron arquitectónicas. Me gustan los discos que tienen las cosas delimitadas, en los que el oyente se tiene que imaginar lo que hay. No quería dar la sensación de que había hecho otra banda, esto es otra cosa.

 

«Me he pasado años girando o estando en sitios donde no me apetecía estar, mi cabeza y mi realidad era otra»

 

¿A qué discos te refieres?
Son discos distintos, porque cada cual habla desde un lugar, pero Nebraska [de Bruce Springsteen] siempre ha sido un referente para estas cosas; Kamikazes enamorados, de Quique González; el primer disco de Bon Iver… Son discos en los que la canción está por encima de todo lo demás. Aquí el reto era echar el freno de mano, había canciones que pedían más músculo, pero no había que trabajarlo por ahí, sino por la delicadeza y la comunicación directa. Este disco parte de la ternura, del amor, y no tenía sentido abigarrarlo. Había que mantenerlo con todos los riesgos.

Ahora entiendo por qué hay tantos productores en el disco: Hector G. Fazzo, Campi, David Soler, Marcel Bagés; Carlos Raya se ha encargado de las mezclas…
¡Parece un disco de reguetón! (sonríe).

Aunque luego lo tocas tú casi todo, un poco hombre orquesta.
Son instrumentos que tenía en casa, he ido coloreando en función de lo que necesitaba. Solo hay una guitarra eléctrica en todo el disco. No quería juntar a músicos en un estudio, ahí generas un clima que va hacia otro lado. Si llevo esto al directo, o dentro de un tiempo lo defiendo en sitios grandes, quizá venga bien que exista una banda, pero de primeras, no.

¿Hay planes en ese sentido, de hacer una gira?
Me gustaría hacerlo, pero de momento no se van a anunciar fechas, estamos centrados en la promo del disco. Más adelante, cuando haga compatibles las fechas de todo, veremos. Pero sí me gustaría.

A finales de 2026 regresas con Vetusta Morla a los escenarios. ¿Vas a intentar simultanear las dos propuestas o irás buscando tiempo para cada cosa?
La intención es volver a tocar en otoño con Vetusta, en las fechas que están anunciadas, y hacerlo compatible con este disco, que tenga su espacio, que le llegue a la gente, y rodar estas canciones para ver cómo me siento yo también. Es importante que el disco se toque en lugares determinados, y en esas estamos, viendo qué sitios pueden ser los mejores.

El primer local testigo de estas canciones fue la sala El Sol. Allí estuvo el 4 de mayo, acompañado en directo por todos los productores de este disco, y por Alejandro Pelayo. Solo faltó Raya, que andaba en el estudio. Entre el público, desde el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, hasta sus compañeros de Vetusta, El Indio o Jorge González, y músicos como Xoel López, Rozalén, Rubén Pozo o Leiva. Todos arropando desde abajo esas nuevas canciones, “En qué momento dudé de ti”, “No me dejes quieto”, “Túnel de la M-30” y “Los motivos”. Y arriba, en el centro del escenario, los ojos de Guille Galván chispeando centauros, gorriones, fuego y amor. Mucho amor.

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