
«Lo que más me motiva es el terreno no explorado, las canciones que no he escrito, los conciertos que no he dado»
Carlos H. Vázquez charla con Daniel Cros a propósito de su nuevo disco, El murmullo de la lluvia, con el que revisita buena parte de su obra con más de tres décadas de historia.
Texto: CARLOS H. VÁZQUEZ.
Fotos: RODRIGO DÍAZ WICHMAN / MILA CHECARELLI (fotos de directo).
Hijo de artistas, guitarrista precoz, músico de rutas largas y de puentes tendidos entre lenguajes, Daniel Cros lleva más de tres décadas recorriendo un camino propio dentro de una canción. Empezó en Brighton’ 64, siguió en El Clan-Destino y continuó en el dúo El Instante (con Pablo Jiménez); estudió Geografía e Historia mientras se formaba también en el Taller de Músics de Barcelona, y pronto abrió su horizonte hacia los ritmos del Caribe, La Habana y las músicas afrocubanas. Desde entonces, su discografía ha ido sumando escalas, viajes y mudanzas: del primer álbum en solitario, Ángel venido a mi ventana (Rosazul, 1995), a discos como Por arte de magia (Rosazul, 2000), Aire de mar (Rosazul, 2006), Aquello era entonces, esto es ahora (Rosazul, 2013) o No más canciones tristes (Rosazul, 2016), siempre con la misma voluntad de hacer que una canción —con Las Almas Sedientas— no se quede quieta, mecida por el viento o a merced de las corrientes. Y ahora, en efecto, tras el Rumor de las olas (Rosazul, 2026), Daniel Cros prosigue con El murmullo de la lluvia (Rosazul, 2026), un undécimo trabajo que vuelve sobre parte de su repertorio para darle otra naturaleza.
En una entrevista que te hice en 2013 decías que «no es el tiempo el que pasa», que «somos nosotros los que vamos pasando». Ahora que han transcurrido más de diez años, y teniendo presente El murmullo de la lluvia, ¿qué parte de ti sientes que se ha ido quedando atrás y qué parte sigue mirando de frente?
Mirando de frente: la curiosidad y la pasión por seguir descubriendo nuevas músicas, por experimentar con ritmos y por seguir creando y asumiendo retos nuevos. Atrás queda un niño que a los 11 años escribió en su diario «yo quiero dedicarme a la música» y que sigue reivindicándolo y luchando por ello.
«Aunque han pasado más de veinte inviernos te siento tierno en el corazón», cantas en “Sangre del Sur”. Analizando tu obra me he dado cuenta de que hay mucho de tiempo, pero también atmosférico, como en “Palante” y aquello de «los días grises». ¿Eres de días lluviosos?
Sí, soy de días lluviosos. De hecho, cuando llueve no suelo llevar paraguas porque no me importa mojarme, al contrario; me hace sentir en contacto con la naturaleza. El haikú, que es el poema tradicional japonés, tiene como pauta mantener una conexión con la naturaleza: con la montaña, el río, la nieve… Y a mí me gusta mantener esa conexión en algunas canciones. “Las palmeras y el viento” refleja la devastación de un huracán; “Cielo rojo” (que no está grabada) la escribí a raíz de un incendio descomunal en un pueblo de Valencia (Bejís); y naturalmente el mar, presente en “Aire de mar” y en “El rumor de las olas”.
¿En qué época te encuentras ahora mismo: en la época «monzón» o en tu época «secano»?
Diría que más monzónica, con tormentas de ideas para canciones nuevas y una actividad febril con Las Almas Sedientas.
El disco vuelve sobre el repertorio ya conocido y lo hace con nuevos arreglos. ¿Qué te interesaba más esta vez: contar canciones o escuchar lo que las canciones te estaban diciendo a ti?
Reinventarlas, darles una nueva dimensión. En algún caso han quedado irreconocibles, incluso mejores, y también he querido dejar espacio para que otras voces las hicieran suyas.

«Atrás queda un niño que a los 11 años escribió en su diario “yo quiero dedicarme a la música” y que sigue reivindicándolo y luchando por ello»
En “Empezó a nevar” o “Mali blues” hay una sensación de viaje muy distinta ahora, de transformación. ¿Qué te atrae más al reinventar una canción? ¿Dejas que sea ella, la canción, la que te reinventa a ti?
Hay un escritor francés, Raymond Queneau, que flirteó con el surrealismo y escribió un libro que me impactó y que releo de vez en cuando, sus Ejercicios de estilo, donde escribe noventa y nueve relatos para describir una misma escena trivial. ¿Qué me atrae más? Siento que una canción la escribí de una manera la primera vez, pero luego puedo transformarla en algo diferente. De hecho, grabarla es una faena porque las palabras quedan ya fijadas y uno a veces siente la tentación de reescribir algún verso.
¿Qué te da más vértigo: volver sobre una canción antigua y descubrir lo que eras entonces, o escribir una nueva y descubrir lo que ya no eres?
Hay canciones que, en cierto momento, decides dejar de cantar porque sientes que ya terminó su ciclo vital, y otras que sigues cantando después de muchos años de haberlas escrito, porque se convierten en algo atemporal y la esencia con la que las escribiste permanece. Esas son las mejores. En mi caso es “La rosa azul”, que escribí en quince minutos y sigo cantando en los conciertos.
En tu obra hay siempre una voluntad de tender puentes, de viajar y regresar con algo distinto. ¿Este disco mira más hacia atrás que otros? Y, por otra parte, ¿mirar atrás es la manera más fiel de seguir avanzando?
Es inevitable echar la vista atrás y ver el camino recorrido, pero procuro relativizarlo y mirar al frente. Al viajar dejo descansar a la persona que soy en el campamento base y me abro a recibir otros impulsos que activan neuronas diferentes. El atrás es el camino andado, lo conocido, lo vivido. Me interesa más lo que tengo por delante, el próximo viaje, lo desconocido, lo imprevisible, el aprendizaje.
El álbum cuenta con colaboraciones de músicos de distintos países y sensibilidades. ¿Qué cambia cuando una canción deja de ser solo tuya y empieza a pasar por otros acentos y otras manos?
Abrirle la puerta a otra persona para que entre en tu canción es un acto delicado y una manera de invitarle a que la haga suya, a que deje algo de sí en ella: su fraseo, sus acentos, sus pausas. La canción es del que la canta y luego del que la escucha y la hace suya.

«Hay canciones que se convierten en algo atemporal y la esencia con la que las escribiste permanece»
En 2013 hablábamos de tu abuelo Pepe, de la emigración, de los raíles, de la memoria familiar… ¿El murmullo de las olas, por su naturaleza, sigue abriendo esa misma casa?
Esa casa sigue abierta porque forma parte de los recuerdos del corazón, pero me gusta tener una habitación serena. A mi abuelo Pepe lo llevo conmigo a todas partes, fue una parte importante de mi infancia y adolescencia, y a veces me sale imitar su acentico murciano. Lo primero que hacía cuando llegábamos a la playa, en el Mar Menor, era ir a comprar una jarra de granizado de limón y otra de horchata e invitaba a todos los vecinos a la terraza de casa. Era una persona muy generosa y sociable.
¿Qué necesitas para que una canción no sea solo bonita, sino de verdad?
Que sepa transmitir algo que he sentido y que sea abierta, que no condicione la lectura. Pero igual de verdaderas son las canciones que nacen del divertimento, o de un reto, o de un título, pero el eje central es el sentimiento desde el que están escritas.
Si la lluvia borra huellas, también limpia el aire. ¿Qué querías lavar con este disco?
Como serpiente que soy en el horóscopo chino, mudar la piel y refrescar algunas canciones. A la vez, cada nuevo disco va trazando tu trayectoria, pero a veces siento la necesidad de lavar todo lo aprendido, los recursos, las rimas, los temas de las canciones y que la trayectoria no pesara, poder revivir esa sensación de primera vez al escribir una nueva canción o tocar en un sitio nuevo. De hecho, actuar es eso, porque no hay dos actuaciones iguales; siempre permanece esa sensación de creación en cada concierto. Por eso, cuando a veces alguien hace alusión a los años de trayectoria, desearía saltar esa parte para que no me pesara. Lo que más me motiva es el terreno no explorado, las canciones que no he escrito, los conciertos que no he dado.



















