
«Cuando estoy componiendo no juzgo, no miro, no pienso»
Carlos H. Vázquez charla con Enrique Bunbury sobre la inspiración, las ideas y la forma de enfrentarse al oficio y a la vida, aprovechando la publicación de su nuevo disco, De un siglo anterior.
Texto: CARLOS H. VÁZQUEZ.
Fotos: JOSE GIRL.
Letras, armonías y melodías. El resultado —una canción— es siempre una historia reinterpretada por quien la escucha después. Y, aunque el significado no sea el mismo, cada quien lo hace suyo. Como cantaría Enrique Bunbury: «un buen verso quizá sea el lado más valiente de un cobarde». Un par de acordes, una mentira y la redención. De esto versa la siguiente conversación con el músico aragonés, aprovechando la publicación de su último disco, De un siglo anterior (Warner, 2026).
Bunbury, con esta entrevista, está terminando los días de promoción en Madrid. Recibe a la visita ya sin las gafas de sol. El photocall promocional que se ha estado usando acaba de ser enrollado. En un rato saldrá para comer. Viernes, primavera en la ciudad. Buenos tiempos para brindar al sol. De un siglo anterior prolonga el diálogo de Enrique Bunbury con la música latinoamericana, sobre todo teniendo en cuenta la anterior entrega, Cuentas pendientes (Warner, 2025), y también con su propio método de trabajo: cada vez más consciente, más físico, más ligado al oficio: inspiración, disciplina y ese lugar —casi tangible— donde nacen las canciones: un espacio que recuerda a la idea de David Lynch en Catching the big fish: las ideas están ahí, esperando a quien decida sumergirse lo suficiente.
¿En qué momento una idea deja de ser una intuición y se convierte en canción?
No sé muy bien cómo responder a esa pregunta porque no sé hasta qué punto tiene algo que ver con cómo trabajo yo. Hay veces que te diría que trabajo incluso antes de tener la idea.
¿Cómo es eso? ¿Que la inspiración te pille trabajando?
Eso desde luego que lo hago, pero hay gente que espera tener una idea para empezar a trabajar. Yo hace mucho tiempo que no lo hago. Tengo las ideas durante el trabajo, las voy desarrollando… En ningún momento la idea es una cosa previa. La idea va tomando forma conforme yo estoy con las manos metidas dentro de la arcilla. Incluso soy un tanto contrario a esa idea de considerar la inspiración como algo a lo que se tiene que esperar, algo que viene y que te ilumina o que te lanza una flecha y te atraviesa el corazón. Para mí, la inspiración es una constante, más bien un lugar que se visita. Tú entras dentro de la habitación, las ideas están ahí disponibles y las puedes ir utilizando. Luego sales de ahí y te vas a otro lado, pero ahí está la habitación y las ideas. No es que mientras esté cocinando de repente tenga una idea y me vaya al estudio, sino que ya entro en él, al lugar donde ocurren las cosas, y ocurren no aleatoriamente; ocurren siempre.
Dices que hace mucho tiempo que no lo haces así. ¿Desde cuándo?
Es posible que a partir de Hellville de luxe. Más o menos desde el 2008, ya con esa mirada hacia el lugar de trabajo como un sitio en el que sucedían las cosas y que había que provocarlas con tu presencia y con insistencia, como Nick Cave cuando habla de los horarios de oficina. De alguna manera, empecé a tener ese tipo de relación con la inspiración: cuanto más acudía al estudio más ocurrían las cosas. Y conforme te vas dando cuenta de eso, menos dependiente eres de ese brote de inspiración, a ver si cae el rayo y te ilumina. En ese momento empecé a ver que, en realidad, las canciones están ahí a tu disposición.
Antes de 2008 había sucedido lo del concierto de Zuera, te fuiste a Cuba, después vino El tiempo de las cerezas, luego la reunión de Héroes del Silencio en 2007…
Claro. Con El tiempo de las cerezas me instalé en El Puerto Santa María (Cádiz). Fue a raíz de esa casa que compramos allí, cuando se inició esta relación con el estudio. Era una casa en la que, debajo, en el sótano, tenía el estudio, entonces me bajaba y estaba la posibilidad de grabar, componer o escribir. Todo el rato a disposición. Pero antes no, yo no vivía así; antes era un poco más aleatorio estar. También venía de El viaje a ninguna parte, Flamingos, Pequeño… Discos en los que me iba a un lugar a escribir. Con Pequeño me fui a Almería. En Flamingos, a Cambrils. Para El viaje a ninguna parte me fui a Nicaragua y a Perú. Para El tiempo de las cerezas empecé a escribir canciones en Cuba… Ese fue mi primer momento en el que la cotidianidad familiar y casera se coló por la puerta. Me gustaba mucho y me parecía, además, mucho más fácil.
La mochila americana
Tanto Cuentas pendientes como De un siglo anterior tienen —musicalmente hablando— raíz latinoamericana, ¿pero son discos viajeros?
No lo son. De un siglo anterior es un disco escrito en mi casa, en Topanga, pero sí que está alimentado por muchos viajes que he realizado anteriormente y de conocimientos previos de música que he escuchado en cantinas, en discos que me he llevado, en viajes… Y conocimientos de estos países a lo largo de los años.
¿Eres más de melodías que de letras o eso también ha cambiado con el tiempo?
Yo no diría que ha cambiado con el tiempo, sino que ha cambiado para estos discos. He trabajado de muchas maneras y he trabajado partiendo de distintos enfoques. El viaje a ninguna parte es un disco que parte de la letra. En Radical sonora, muchas canciones partieron de los ritmos. Y en estos dos últimos discos todo ha partido de la armonía. También partía de canciones sin melodía, vocal y sin letra. Eso lo he hecho después.
¿Con qué proceso disfrutas más o te sientes más holgado?
Depende de cuál sea tu propósito. Hay momentos en los que, por ejemplo, si estás escribiendo mucho, a papel y boli, y no estás con la guitarra, de repente es interesante partir de las letras. Y hay veces que no tienes nada escrito, pero estás componiendo canciones. En este caso, como me interesaba mucho mirar cómo se trabajaban las armonías en distintos palos y géneros latinoamericanos, las melodías y las letras vinieron después.

«Haber pisado tantos territorios, tantos géneros distintos, creo que ha creado un sonido propio que está por encima del género que piso»
¿Qué has aprendido ahora de la música latinoamericana?
Que es mucho más difícil de lo que yo me creía. Que la música latinoamericana al oído suena superamable y yo diría que hasta fácil, y, sin embargo, es mucho más complicada. A lo mejor para otros músicos les resulta muy sencillo porque es lo que han mamado y han vivido y han tocado desde pequeños, pero yo provengo del rock e incluso provengo de una época del rock, que son los ochenta, en la que todos los que nos subíamos al escenario teníamos la valentía de subirnos muchas veces sabiendo tocar bien poco.
¿Qué música latinoamericana has estado escuchando? ¿O eres de los que no escuchan para no intoxicarse?
Es que ya venía con muchos años de haber escuchado mucha música latinoamericana. No necesitaba refrescar absolutamente nada. No es que lleve dos o tres años escuchando especialmente música latinoamericana, yo escucho música latinoamericana en general, pero no es que estos dos últimos años hayan sido en los que más la he escuchado en mi vida. De hecho, te podría decir que, a lo mejor, entre el 2000 y el 2004 escuché más música latinoamericana, y luego en la época de Licenciado Cantinas, por distintas razones. Pero, ahora en concreto, no especialmente. Estos dos discos (Cuentas pendientes y De un siglo anterior) vienen de un bagaje previo.
Caos y orden
¿Cómo se ordena un disco, una canción, cuando escribes desde el «desorden de la urgencia», como cantas en “Los términos de mi rendición”?
Hay distintos procesos a los que te enfrentas a lo largo de la realización de un disco. Uno, que es la composición, la parte en la que admito el desorden y no juzgo absolutamente nada. Yo estoy componiendo igual una canción que no me lleva a ninguna parte, y que ni siquiera llego a terminar, que otra que luego resulta que es el sencillo del disco. Hay otro proceso después, que es la selección para entrar a grabar. Ahí llega un momento en el que ya pones el foco de atención, le plantas cara, y ves cómo ordenas. En diferentes momentos intento utilizar distintas actitudes. Cuando estoy componiendo no juzgo, no miro, no pienso. Me da igual que me salga una canción que sea un rock and roll o un bolero. Luego, en algún momento, ya me tocará ordenar, entonces entrará otra mente más analítica.
¿Ese proceso cambia cuando escribes un poemario en lugar de canciones?
Cuando estoy escribiendo, tengo muy claro si es para un poemario o es para un disco, porque el tiempo que utilizo para un poemario no es para hacer canciones. Paro, no toco la guitarra, me concentro durante ese periodo exclusivamente en el proceso. O, por lo menos, es así como lo he hecho hasta ahora. Quizá por mi falta de experiencia o por lo que sea, he preferido hacerlo así, concentrarme exclusivamente. Cuando escribo canciones, sí que hay veces que escribo para un par de proyectos. Llevo años haciendo un proyecto que es un poco más experimental, que todavía no ha visto la luz, y que no sé si la verá en algún momento. Tengo una carpeta donde van ese tipo de canciones, otras que tienen un carácter más de rock y otras que tienen un carácter más latino. Son carpetas que, cuando llegue el momento, abriré y visitaré.
Cuando dices experimental, ¿te refieres a la letra, al sonido…?
Musicalmente.
Existe una versión previa de “Que tengas suertecita” en la película Una de zombis que era totalmente diferente —en lo musical— a la definitiva. ¿Cómo vas adaptando una canción o una letra cuando muta tanto?
No me acuerdo de esa versión. Sé que la grabamos en otro momento y, quizá, consideré que no era exactamente lo que quería. Pero como era para la película, salió y luego seguí trabajando en ella. Yo, en general, intento no dar las canciones por terminadas. Hay veces que tienen una o dos grabaciones, rara vez, pero la mayor parte de las veces la evolución de una canción es en directo, que es donde tienes la posibilidad de seguir retocando arreglos y buscando otras posibilidades.
El directo es otra cosa
¿Hay canciones que están hechas para interpretarse una vez?
Como para no ser interpretadas en directo.
Estaba pensando, por ejemplo, en “San Cosme y San Damián”, que las has tocado pocas veces en directo.
Aún he tocado esa canción en concreto, pero hay algunas que no he tocado nunca en directo. Y hay algunas que, incluso mientras las estoy grabando en el disco, sobre todo conforme van pasando los discos, más claro tengo que es muy probable que nunca las toque en directo. Y no me importa, no tengo ninguna pesadumbre. El directo me parece un accidente efímero, el disco me parece que es donde buscas poder llegar a una versión que sea canónica o que pueda considerar que merece quedar en el tiempo. Eso es lo que buscas. Pero el directo es otra cosa, es un momento de comunicación con el público. Y es música viva, por eso se dice en vivo.
¿En qué momento te das cuenta de que no vas a interpretar esa canción en directo?
Hay veces que te enfrentas a una canción que, por arreglos demasiado complejos, te ha puesto las cosas muy difíciles, por su carácter un poco más experimental o porque en realidad es algo que quieres decir e incluir en el disco, pero sabes que no te va a ayudar en la dinámica de un concierto. Y luego hay que admitir que, conforme más canciones tienes, la gente espera, por un lado, una serie de hits que puedes más o menos seleccionar en vez de otros y, por otro, una serie de canciones representativas de las últimas épocas. Va quedando poco hueco para determinadas canciones que lo tienen un poco más difícil, por arreglos o por su carácter.
La voz
¿Has tenido que cambiar tu forma de cantar?
También por la voz, hay veces que dices: «¡Jodo! Esta canción es muy jodida de cantar, no la voy a hacer más». Hay canciones que tienen una complejidad, un tono o un registro que sabes que va a ser complicado en directo.
¿Escribes distinto desde que eres consciente de que la voz tiene límites?
No, la escritura no cambia, lo que cambia de alguna manera es… Hay canciones en estos dos últimos discos que son más difíciles de cantar, que muchas canciones de la época de Héroes del Silencio que, en realidad, dependen más de la potencia que de la técnica vocal.

«Llevo años haciendo un proyecto un poco más experimental, que todavía no ha visto la luz, y que no sé si la verá en algún momento»
“La cima” puede ser complicada de cantar…
Sí. Tienes toda la razón.
¿Igual que “La próxima vez no habrá próxima vez”?
La cosa del falsete, no te pienses que es tan complicada para mí.
Hay falsete en “El boxeador” y en “San Cosme y San Damián”. ¿Lo utilizas solo para llegar a una nota más aguda?
No es solo la nota, es también el carácter que pretendes darle. Y hay una cosa que a mí me gusta de “San Cosme y San Damián” y “La próxima vez no habrá próxima vez”, que es el no cantar en falsete todo el rato, sino pasar de la voz entera al falsete. Hay una cosa en ello que cuando te sale bien queda especialmente bonito.
Encontré un parecido entre “La próxima vez no habrá próxima vez” con “Porque las cosas cambian”…
[Enrique se toma unos segundos para recordar “Porque las cosas cambian”] ¡Ahí va! Sí. Tiene un poco ese ritmillo.
¿Eso es lo que reflejaría el «género Bunbury»?
Bueno, creo que, de alguna manera, el haber pisado tantos territorios, tantos géneros distintos, el haberme asomado con curiosidad a formas distintas de hacer música y que haya grabado tantos discos, creo que es posible que haya llegado un momento en el que todo eso, mezclado, ha creado un sonido propio que está por encima del género que piso. Eso es lo que me gustaría creer.
Su propia versión
Decía Tom Waits: «Me gustan las melodías hermosas que me cuentan cosas terribles». ¿Hay canciones que exigen una forma concreta de ser cantadas?
Yo incluso te diría que hay frases en las que tienes que volcarte de una manera especial, porque cuando llegan de alguna manera es el momento en el que estás pellizcando, llegando a ese momento culmen de la canción en el que ya tienes (o deberías de tener) agarrado al oyente para retorcerle un poco las entrañas. La dinámica de la canción debes hacerla de una manera para poder llegar allí. Esto lo estoy diciendo muy alegremente, como si yo lo hiciera bien siempre, pero soy muy consciente de que muchas veces ni lo he conseguido en el disco y mucho menos en directo. En directo tienes el fastidio de que lo intentas hacer cuando estás cantando una canción concreta cada noche. Pienso por ejemplo en “El rescate”, que es una canción muy emocional en la que buscas ir creando una tensión hasta llegar a «…devuélveme el amor que me arrebataste…». Hay veces que lo consigo y otras que no, y me fastidia enormemente cuando no lo consigo. A lo mejor te diría que es un cincuenta y cincuenta; es una canción que he cantado mucho en directo. Te puedo decir que he fracasado por lo menos la mitad de las veces.
¿Te emocionas cantándola?
Cuando he conseguido transmitirlo, sí. Creo que hay veces que el público se emociona cuando yo fracaso, pero hay veces que, por mucho que yo me haya emocionado, el público no ha sentido esa emoción tan inmensa que he sentido yo. Lo que se supone que ocurre, lo que parece ser que suele ser la tendencia, es que cuando tú te emocionas eso se transmite.
¿Las canciones más personales requieren una distancia?
Mira, alguna vez lo he comentado con alguien y le costaba entender la distancia que pones con respecto al sentimiento que provocó la creación de una canción. Cuando la interpreto, sobre todo muchas veces en directo, porque es importante dentro del repertorio, llega un momento en el que no solo no recuerdo el momento de composición ni lo que la provocó, sino que no quiero recordarlo, no quiero que sea el motivo. Yo ya estoy en esa participación, en esa comunión con el público en la que intento hacer la mejor interpretación olvidándome del sentido original, reinterpretando las palabras cada día. A veces, las canciones recobran un sentido distinto dependiendo del momento por el que estás pasando tú y, a veces, solo eres el transmisor de una emoción que te perteneció en un momento, pero en ese instante del directo eres el transmisor, como si fuera una versión que haces de otro intérprete, de otro compositor.
¿También cuando son versiones ajenas?
Claro. Eso también te pasa cuando haces una versión. Llega un momento en el que en directo eres un cantante de covers de tus propias canciones.
En De un siglo anterior está “Zamba para olvidar”, una versión. ¿Hacía tiempo que no hacías una versión?
Bueno, en Cuentas pendientes estaba “La hiedra”, de Alis [Pachi García Alis]. Pero en los discos anteriores no había ninguna. Yo creo que desde Licenciado Cantinas.
¿Por qué esta canción? ¿Por qué “Zamba para olvidar”?
“Zamba para olvidar” era una canción que yo estaba tocando, igual que “La hiedra”, en esos días en los que estoy en el estudio. Hay días que te salen las cosas, hay días que te despistas y de repente recuerdas una canción. Y, bueno, grabé una versión. Primero, una demo en mi estudio y, luego, la incorporé al repertorio porque funciona bien con este paquete de canciones.
Peces para la posteridad
Diego A. Manrique escribía de «esas estrellas que ya no sacan discos», como Stevie Wonder, Elvis Costello, Tom Waits, Phil Collins… Luego están Bruce Springsteen o Bob Dylan, que han vendido sus respectivos catálogos. ¿Qué harás con tu legado?
Pienso seguir grabando álbumes. No estoy en un momento en el que piense en esto como un legado. Tengo ganas de seguir viviendo este privilegio, que es el de que se me permita componer canciones y grabar discos, y que haya alguien ahí atendiendo a lo que estoy haciendo. Es un privilegio tan grande que no lo doy en absoluto por sentado, por eso lo ejerzo con tanta alegría; grabé un disco el año pasado y otra vez tengo un disco este año. ¿Por qué? Porque me dejáis. Porque me dejáis y para mí es un privilegio. Entonces, quiero ejercerlo. No quiero dormirme en los laureles que haya podido conseguir o que se me puedan considerar. Quiero seguir ejerciendo.
¿Qué merece que una canción quede dentro y otra fuera?
Pienso en “Mis propios errores”, por ejemplo, que no entró en el repertorio de Posible, aunque sí se publicó en un single.
Si no recuerdo mal, ya en Posible estaba con la convicción de que los discos tenían que tener en torno a los cuarenta minutos y pensaba en el formato vinilo, que cupiera en una cara. Con “Mis propios errores”, creo, ya no cabían las canciones en el vinilo, así que había que sacar una y decidí que fuera esa. Quizá podría haber entrado y podía haber sacado otra. No sé si a lo mejor era demasiado dura y oscura para lo que consideraba que tenía que ser el carácter del álbum, que tenía esta cosa de “Mis posibilidades”. Había más canciones y grabé once, y esa está entre las once. Las que eliminé fueron otras, pero “Mis propios errores” no la eliminé, la grabé y está publicada.

«Cuando tú te emocionas eso se transmite»
La portada de De un siglo anterior es oscura, ¿lo es también el disco (en lo musical)?
No lo es en absoluto. Ni musicalmente, ni en el carácter de las letras. Tiene que ver con una decisión de Álvaro Pérez-Fajardo, de director artístico, y del carácter de las fotos que hizo Jose Girl. También había otra posibilidad de portada: la foto del cartel de la gira, que es totalmente en color.
¿De quién es la música?
Como te decía al principio de la conversación, yo creo que la música, como cualquier idea creativa, está ahí dentro, en un lugar al que te asomas y estás rodeado de ideas. Hay un libro en el que David Lynch habla de la relación entre la meditación trascendental y las ideas creativas. Se llama Catching the big fish. Habla de cómo a través de la meditación se zambulle en un océano de posibilidades y de ideas; en la superficie habitan los animales pequeños, las sardinillas, el plancton, pequeños animales… Y conforme va buceando, los animales cada vez son más grandes y se encuentra con los peces abisales. Esas son las ideas. La meditación te ayuda a profundizar más, a meterte cada vez más profundo y agarrar los peces más grandes. En ese océano agarran ideas Tom Waits, los pintores y también Pedro Almodóvar. Ahí nadamos todos, nos zambullimos e intentamos pescar ideas. Vamos al mismo lugar, a ese océano de ideas que no solo va a dar para todos nosotros, sino para generaciones venideras. Es un océano inabarcable donde hay ideas para todos y no se van a acabar nunca.
¿Para quién son esos peces, esas ideas?
Como una vez que los pescas ya los tienes que cocinar un poco, a cada uno le gusta un tipo de cocina. Entonces llegan los comensales, y dicen: «Es que a mí me gusta la cocina de autor», «a mí me gusta la cocina de producto», «a mí me gusta la cocina vietnamita», «a mí me gusta la cocina mexicana»… Bueno, pues yo ahora he hecho una cosa de cocina latina. Ojalá vengan muchos comensales, porque se come muy bien.



















