
«El quinteto de Talavera de la Reina vuelve a demostrar que posee una de las personalidades más reconocibles del pop alternativo español actual»
César Prieto se detiene en ¿Qué ha sido de los planes que hicimos anoche cuando estábamos borrachos? (Mushroom Pillow, 2026), el nuevo álbum de estudio de Emilia, Pardo y Bazán. Un disco, el tercero de su carrera, que cuenta con la producción de Guille Mostaza.
Texto: CÉSAR PRIETO.
Foto: LUNAR DISCOS.
De toda la cohorte de grupos jóvenes españoles, quizá sean Emilia, Pardo y Bazán los que tengan el disco que más emociona. Frente a sus compañeros, dejan un tanto de lado cuestiones reivindicativas y sociales, para centrarse en el amor con un lenguaje coloquial y un escalpelo a los sentimientos que los aparta del resto de bandas.
Las promesas lanzadas al aire, los tópicos y los amores que parecían eternos son tratados de forma descarnada, sin compasión. Este tercer álbum del grupo se instala precisamente en ese territorio: el de las ilusiones que sobreviven a duras penas cuando la fiesta ha terminado.
Comencemos por “La vera (Ghost)”. En ella, la voz grave y los arreglos orquestales muy a la manera de los setenta cuentan una historia de desamor con imágenes brutales. Es el recuerdo de una semana de paraíso, con tópicos como la alabanza de aldea o el beatus ille. Aunque no lo parezca, la tradición hispana pesa mucho en ellos. En “Qué pena” también aparecen temas como la realidad y el deseo. Sí, se trata de imágenes tópicas, pero usadas con fuerza y que parecen nuevas. En este caso, se introducen aspectos geopolíticos. Oriente Medio hace que se te atragante la cena, dicen. Las metáforas son potentes, esas flores podridas con las que se habla y anuncian el deseo de escapar que arrebata la canción con un hermoso puente. Ambos aspectos parecen fundirse en “Cautivo y desarmado”, de título explícito, pero donde la batalla es amorosa. Las imágenes son eróticas, delicadas, pero quizá algo faltas de imaginación.
Desamor hay también en “San Juan”, con ese registro coloquial que tan bien saben usar para expresar el desencanto y la rabia. La música lo subraya, parece retenida y marca las reflexiones con una evanescencia sólida detrás. Parecen incluso abrazar, en ocasiones, el humor. “Tú tan rubia y yo tan tonto” tiene un recitado en francés frente al vacío que lo sostiene, alguna cita escondida e inteligente y un par de imágenes de impresionante belleza. También es bellísima la melodía de “Culito”, que va creciendo en intensidad porque se lo pide la canción. Habla de que el amor va mucho más allá, del choque de pieles, pero también de un ideal de vida. Los arreglos finales son un cierre perfecto.
Ahora, quien quiera encontrar metáforas sobre el amor lo tiene fácil. En “Mariposas” abundan, la imagen del título, por ejemplo, donde se busca la luz, esa luz que ilumina el estribillo grandioso, casi un himno, y el fondo instrumental se crece para ir cada vez a más.
Hay tres canciones que se apartan de estos registros. “Pido perdón” comienza como si fuese de un cantautor de los setenta, con cambios de ritmo, imaginativa en la instrumentación y, a veces, con un aire un tanto infantil, como lo es la voluntad de pedir perdón en actos que requieren más un propósito de enmienda. “Acto de Navidad” rechaza todo el ritual rutinario de esas fiestas, con una cita genial del “It’s my party” de Lesley Gore. La música va a piñón y, al final, los arreglos se deslizan de la potencia a la preciosidad. “Probé el caballo”, por último, es una rumba, como si fueran esos otros grupos nuevos que apuestan por el folclore con novedades sonoras o por el guitarreo. Aunque no se meten del todo en el estilo, está bien recogido el análisis de lo cotidiano.
El quinteto de Talavera de la Reina vuelve a demostrar que posee una de las personalidades más reconocibles del pop alternativo español actual. La producción de Guille Mostaza aporta brillo y profundidad, pero sin domesticar unas canciones que suenan cercanas. No hablan de héroes, ni de grandes tragedias; hablan de nosotros. De las discusiones repetidas, de las ciudades que cansan, de los amigos que se dispersan y de esa extraña sensación de haber llegado a la edad adulta sin manual de instrucciones. Los planes que hicimos anoche se han perdido por el camino, pero mereció la pena haberlos imaginado.



















