DISCOS
«Hay una intención muy concreta: recuperar la sensación de comunidad y el deseo colectivo a través de la música, pero sin caer en la nostalgia fácil»

Brother Wallace
Electric love
ATO / PIAS, 2026
Texto: XAVIER VALIÑO.
Dejar las aulas de una pequeña escuela rural en West Point, Georgia, para encerrarse en los prestigiosos estudios Real World en Inglaterra, bajo el amparo de Peter Gabriel, parece el guion de una película de superación. Sin embargo, para este profesor de música de primaria y secundaria, que toca en las iglesias baptistas desde los 11 años y ya dirigía un coro de más de cien personas a los 14, no representa más que la culminación orgánica de una vida entregada al ritmo.
Debutar con cuarenta y tantos años tiene sus ventajas, ya que la voz sabe lo que quiere decir y las expectativas no marcan el rumbo. Detrás del proyecto de Brother Wallace hay una intención muy concreta: recuperar la sensación de comunidad y el deseo colectivo a través de la música, pero sin caer en la nostalgia fácil. El álbum se mueve constantemente en esa dualidad entre placer y ansiedad contemporánea. De hecho, el propio título funciona casi como una contradicción deliberada: el amor entendido como descarga emocional, pero también como algo mediado por pantallas, impulsos rápidos y relaciones que se consumen con la misma velocidad con la que empiezan.
La alianza con Dan Taylor, guitarrista y cerebro detrás de la banda británica The Heavy, tiene sentido: si ese grupo siempre ha sabido mecerse por un bajo que remueve las vísceras, su ADN se filtra en cortes como “Who’s that?”, el tema inicial, donde el funk pesado funciona como declaración de intenciones. O en “You’re the man”, que suena a unos primeros Black Keys con Rufus Thomas al micrófono, una combinación que no tendría por qué funcionar tan bien como funciona. Por su parte, la pista homónima, “Electric love”, despliega una sección de vientos eufórica que convierte la espiritualidad en una fiesta comunitaria.
La cara B del álbum baja pulsaciones sin perder intención: “No God in this town” se sostiene sobre un órgano que arde despacio y una guitarra con trémolo que roza lo sacro, mientras “Midnight valley” alterna estrofas desnudas con coros de góspel desatados. Ahí reside la tensión central del disco: Wallace no separa la iglesia del tugurio, la plegaria del pecado.
En “Who do you love?” la ambigüedad es deliberada y no queda claro si se dirige a una amante o a un feligrés dudoso, mientras que “Hope of fools”, con piano y bongos casi en un susurro, introduce una defensa de la democracia que no chirría porque la entrega con la misma convicción que un himno dominical. Cierra “Let’s get together” a todo trapo, con el tempo más alto del disco y la invitación a unirnos en paz y armonía. Si llega a los escenarios con ese final, la cosa puede ponerse muy seria.
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Anterior crítica de disco: The swamp fox, de Tony Joe White & Flying Mojito Bros.



















