El Último de la Fila, aluvión de clásicos populares

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«Un Manolo García tan exultante y cumplidor como de costumbre y con un Quimi Portet con sus momentos de lucimiento a la guitarra y graciosamente ocurrente»

 

Manolo García y Quimi Portet cerraron el jueves ante 25.000 personas en Valencia su gira de regreso, con un exuberante concierto de más de dos horas, repleto de canciones que son patrimonio de la humanidad. Carlos Pérez de Ziriza estuvo allí.

 

El Último de la Fila
9 de julio de 2026
Estadi Ciutat de València.

 

Texto: CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA.
Fotos: MARÍA CARBONELL.

 

Me comentaba un veterano amigo periodista, justo antes de acceder al Estadi Ciutat de València, que El Último de la Fila eran vistos con cierto recelo en Madrid —años ochenta— porque en un principio se negaban a rodar videoclips, cuando florecía la industria impulsada por la MTV. Pienso que en realidad no encajaban en ninguno de los cánones medianamente normativos de la época, ni por ética ni por estética ni por sonido. Pregonaban cierto humor absurdo, ácrata y surreal (el embudo que en el concierto volvió a pasear Manolo García, los mensajes excéntricos de «vendo Opel Corsa», «compro oro» o «se encuentra un hombre desorientado cerca del escenario» que desfilan por la pantalla superior), apenas sintonizaban con los códigos sonoros de las diferentes movidas estatales —sigue siendo muy difícil trazar un séquito de émulos, señal de que su fórmula es bastante intransferible— y, además, no eran nada cool ni tampoco lo pretendían. Al contrario. No eran modernos, pero tampoco rancios. Eran otra cosa. En esta gira, incluso programan una banda de mariachis para calentar el ambiente previo. ¿En serio? Sí.

 

«No eran nada cool ni tampoco lo pretendían. Al contrario. No eran modernos, pero tampoco rancios. Eran otra cosa»

Cuesta creerlo ahora, pero a García y Portet les costó triunfar. El suyo fue un éxito muy orgánico y resulta complicado imaginar ahora un fenómeno más transversal, capaz de convocar en un mismo recinto a pijos de postín, funcionarios, bohemios, autónomos de cualquier sector imaginable (gozaron de un merecido guiño desde el escenario), currelas de extrarradio y peña con camisetas de Extremoduro. El jueves metieron a 25.000 personas en el Estadi Ciutat de València por segunda vez en menos de una semana, cuando en su último bolo valenciano convocaron a 12.000 en el Velódromo Luis Puig en 1995. Es la multiplicación de los panes y los peces en versión musical: el paso del tiempo, la nostalgia, la excepcionalidad del retorno y quizá también un poco del FOMO que reina en el ámbito del directo desde el fin de la pandemia han logrado cuadruplicar sus cifras de asistencia. El del jueves fue el último de los doce conciertos de una gira de reunión, tres décadas después, que ha rebasado cualquier expectativa.

Porque El Último de la Fila te pueden gustar más o menos, pero tienen un arsenal de canciones que son patrimonio de la humanidad. De las que se explican por sí solas. De las que tenía constancia hasta tu abuela. De las que se pueden cantar en un karaoke o junto a más de veinte mil gargantas. De las que envejecen mucho mejor que sus plasmaciones en disco. De las que se pueden tocar con los dedos, porque proceden de una época en la que los éxitos no eran algo fluido e inmaterial: los escuchabas por el transistor del kiosco de la esquina, a través de la radio del conductor del bus urbano, por el único canal de la tele que podías tener sintonizado en una tarde de sábado o atronando en la verbena del pueblo en fiestas de verano.

Yo reconozco que perdí interés por ellos en 1993, cuando creo que su fórmula se estandarizó (nunca empaticé con “Como un burro amarrado en la puerta de un baile”: mi grupo de amigos la llamamos “arrocito Castellón”), y ni siquiera llegué a verlos en directo. Pero tres años antes me había llevado el casete —original— de Nuevo pequeño catálogo de seres y estares (1990) en mi primer viaje estival (adolescente) a Inglaterra como antídoto contra la morriña y fácil respuesta por si algún nativo me preguntaba cómo era el pop en España. No ocurrió.

 

«El Último de la Fila te pueden gustar más o menos, pero tienen un arsenal de canciones que son patrimonio de la humanidad»

 

A lo que voy: hay que tener la piel más rugosa que la de un rinoceronte para no dejarse llevar por “Aviones plateados”, “Querida Milagros”, “Sara”, “El que canta su mal espanta”, “El loco de la calle”, “No me acostumbro”, “Cuando el mar te tenga” o “Lápiz y tinta”. Más aún con un Manolo García tan exultante y cumplidor como de costumbre (diría que más), con un sonido intachable y al volumen adecuado, y con un Quimi Portet con sus momentos de lucimiento a la guitarra, graciosamente ocurrente en su presentación final de los componentes de la gira y atinadísimo en su temprana reivindicación de Pep Gimeno “Botifarra”, Feliu Ventura, Borja Penalba o el legado de Ovidi Montllor en un País Valenciano al que precisamente describió como «tierra de músicos», reivindicando el arte desde la trinchera, algo que sabe muy bien tras patearse pequeños escenarios de Oliva, Gandia o Xàtiva, lejos de los grandes recintos valencianos cuyo aforo revienta por aquí Manolo García desde hace décadas.

Pedro Javier González a la guitarra española, Antonio Fidel al bajo, Ángel Celada a la batería, Josep Lluís Pérez Ginés a la guitarra eléctrica, Juan Carlos García a los teclados e Irene Miller y Eva Reina a los coros, así como Sara García, la hija de Manolo, a los teclados y la guitarra, completaron la formación de una noche con sabor a fin de fiesta. Perdón si me dejo a alguien. “Insurrección” puso el cierre, ahogada por un atronador castillo de fuegos artificiales. Y a Manolo García se lo tuvieron que llevar casi a rastras del escenario, después de uno de sus temerarios lanzamientos en plancha sobre las primeras filas, porque le costaba marcharse. Lógico y comprensible.

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