El testamento inconsciente de Glen Hansard

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«Cuesta escuchar estos dos volúmenes sin sentir un golpe adicional»

 

Xavier Valiño analiza el que, ahora sabemos, fue el último disco del músico irlandés, Don’t settle. Un álbum de dos volúmenes, el primero publicado en abril y el segundo en junio, que ya forman parte de su legado.

 

Texto: XAVIER VALIÑO.

 

La primera sorpresa de Don’t settle es que Glen Hansard haya necesitado dos discos para contar una sola historia. La segunda, que ambos funcionen mejor juntos que por separado. Transmissions East y Transmissions West recorren más de tres décadas de canciones de The Frames, The Swell Season y su carrera en solitario, pero no funcionan como un Grandes éxitos con público. Son una revisión en presente, hecha por un músico que prefiere comprobar qué queda vivo en sus canciones antes que conservarlas intactas.

Las grabaciones proceden de dos noches de abril de 2025 en el Funkhaus de Berlín, coincidiendo con el 55 cumpleaños de Hansard. El antiguo complejo radiofónico de la Alemania del Este tiene una enorme sala pensada para formaciones orquestales y una acústica que permite que la banda respire. Unos seiscientos espectadores asistieron cada noche, colocados alrededor de los músicos.

No hubo segundas tomas, retoques vocales ni regrabaciones. El riesgo estaba asumido desde el principio. La idea, curiosamente, surgió un año antes y bajo la lluvia. En un concierto en el Zuiderparktheater de La Haya, Hansard invitó al público a subir al escenario durante un aguacero y aquella escena colectiva terminó sembrando la semilla del proyecto. Quería recuperar algo que el estudio tiende a borrar: la sensación de que cada canción es única delante de una persona y cambia según quién la escucha.

Transmissions West mira hacia un lado del mapa emocional. “Revelate” recupera la energía de los primeros Frames y “When your mind’s made up”, escrita junto a Markéta Irglová para The Swell Season, conserva su capacidad para dejar un nudo en la garganta sin necesidad de adornos. Si “Her mercy” y “Leave a light” muestran al Hansard más íntimo y “High hope” crece hasta convertirse en uno de esos momentos en los que la voz parece a punto de romperse.

El primer volumen resulta más áspero. “Don’t settle” arranca contenida y acaba convertida con una furia desatada, “Carrickfergus”, la vieja canción tradicional irlandesa, introduce una pausa de una belleza desnuda, y “Didn’t he ramble”, escrita originalmente en memoria de su padre, suena a despedida involuntaria.

Más que nada porque, justo mientras se redactaban estas líneas, se daba a conocer que Glen Hansard fallecía en un accidente de moto. Cuesta escuchar ahora estos dos volúmenes sin sentir un golpe adicional y sin buscar otras lecturas. Pero también resulta imposible no escuchar de otra manera ese empeño suyo por no dejar las canciones quietas, por llevarlas una vez más al escenario y comprobar si todavía tenían algo que removiera en su interior. Ese es, en fin, su testamento.

 

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