LA ESPUMA DE LOS DÍAS

Pie de foto: Mile Davis actuando en Helsinki, en octubre de 1964. REIJO KOSKINEN / LEHTIKUVA (Wikipedia).
«La nota más importante es la que no se toca. El sonido que buscaba Miles era íntimo. Elegante. Peligroso»
El pasado 26 de mayo se cumplieron cien años del nacimiento de Miles Davis. Luis Lapuente repasa algunas historias que explican y salpimentan al personaje y al músico.
Una columna de LUIS LAPUENTE.
Foto: REIJO KOSKINEN / LEHTIKUVA (Wikipedia).
Hay músicos que interpretan su tiempo y hay músicos que lo reinventan. Miles Davis hizo ambas cosas. Miles Davis era complejo, y brillante y difícil. Vestía como una estrella de rock. Fumaba y se drogaba cuando quería (marihuana, heroína, cocaína). Hablaba poco y sabía cómo y cuándo comportarse como un caballero y cuándo, como un auténtico cabrón. Influyó en generaciones enteras porque nunca alimentó la nostalgia. Cada varios años, destruía al Miles anterior para convertirse en algo nuevo.
«Mi padre era dentista y yo le llevaba las cuentas. Así pasaba todos los veranos en San Luis, y en aquel despacho pensé: “Yo no voy a ser contable”. Así que, muy joven, decidí que, si podía, tenía que aportar algo a esta música, porque cuando escuché a Dizzy Gillespie y a Charlie Parker con la orquesta de Billy Eckstine, y a Monk en Nueva York, no puedo describir cómo me sentí. Era como el que se encuentra una casa llena de barras de oro. “Si no puedo poner algo mío en esta música… más vale morir que no crear algo en este mundo”. Así es como me sentía», contó en una entrevista para el programa de TVE Jazz entre amigos, dirigido y presentado por Juan Claudio Cifuentes.
A finales de los años cuarenta, los clubes de Nueva York hierven con el bebop de Charlie Parker y Dizzy Gillespie. Con ellos, un joven trompetista nacido en Alton, Illinois, y criado en San Luis, Misuri, descubre que aquella música puede sonar distinta. Aprende y enseña a crear espacios, silencios, misterios, y graba en 1949 el primero de sus álbumes canónicos, Birth of the cool (publicado por Capitol en 1957), que cambia para siempre el sonido del jazz moderno.
En 1955, Miles Davis es ya uno de los gigantes del bebop y el cool jazz en el sello Prestige, cuando firma un contrato ventajoso con Columbia para incorporarse a su catálogo un año más tarde. Para cumplir sus compromisos con Prestige, Miles graba cuatro últimos elepés en solo dos sesiones, el 11 de mayo y el 26 de octubre de 1956, al frente de su primer quinteto de excepción integrado por John Coltrane al saxo tenor, Red Garland al piano, Paul Chambers al contrabajo y Philly Joe Jones en la batería. Cooking with the Miles Davis Quintet, Relaxing, Working y Streaming fueron los títulos de esos cuatro álbumes. Hay quien se niega a escuchar nada de la música que se hizo después de ellos.
Boris Vian escribió en 1949 para la revista Jazz News: «Creo que es imposible tocar de modo más distendido que Miles Davis. Es como si paseara por un camino florido en pleno mayo. Es de una levedad y un abandono verdaderamente apaciguadores».
Ese mismo año, Juliette Greco y Miles vivieron un apasionado romance después de haberse conocido gracias a Boris Vian y su esposa. Pero Miles Davis renunció a Juliette porque la quería demasiado para hacerla infeliz, sabía que los sentimientos racistas estaban demasiado arraigados en la sociedad estadounidense como para permitir aquella relación. Fue de esos grandes amores, más intensos por imposibles. Dos meses antes de morir Davis, él y la cantante se vieron en París y ella le preguntó si no se había arrepentido de haberle dejado. Miles sonrió y contestó: «No importa el día o el rincón del mundo donde yo estuviera. Allí siempre estabas tú».
Él no hablaba francés y ella no hablaba inglés. Pero en el idioma del amor eran bilingües.
Es Nochebuena, año 1954. En un estudio de grabación se encuentran Miles Davis con el pianista Thelonious Monk y tres de los miembros del Modern Jazz Quartet. Tienen entre manos cuatro temas que más tarde conformarían un disco titulado, Miles Davis and the modern jazz giants. Hasta aquí todo normal. Un disco prometedor, dos virtuosos de la música y un escenario navideño de fondo. Sin embargo, ese 24 de diciembre daría mucho que hablar.
La historia empieza con un ambiente de adrenalina extraña en el estudio. Los músicos y los técnicos tienen prisa por grabar, quieren irse a su casa a cenar con la familia. Las malas lenguas dicen que Miles y Monk tuvieron rencillas y que incluso llegaron a las manos, porque, al parecer, a Monk le sentó mal que Miles le dijera que no tocara detrás de él en hasta tres ocasiones.
Pero el gran Cifu, el maestro Juan Claudio Cifuentes, nos contó que no, que Miles y Monk nunca llegaron a pegarse: «No, no pasó nada, porque se dijo de todo, se dijo que no solamente a Monk le había sentado muy mal que Miles le dijera “oye, tú, cuando yo estoy tocando no me acompañes”. Y algunos llegaron a incluso a decir que había habido más que palabras, que casi llegaron a las manos, cosa que no fue en absoluto cierta. Monk dijo un día que habría matado a Miles si se hubiera atrevido a tocarle un pelo. Porque Monk era un gigante y Miles era un señor bajito, medía alrededor de un metro sesenta y cinco, y Monk era un oso. Efectivamente Monk lo habría destrozado».
Cuenta Ashley Kahn en su libro sobre Kind of blue que «cuando la belleza alcanza una gran sutileza, los japoneses llaman a este efecto SHIBUI… elegancia retenida. SHIBUI se refiere más a un efecto, el propio acto de apreciación de una obra de arte que consigue un equilibrio eterno entre los opuestos, integrando perfectamente el YIN de lo emocional con el YANG de lo analítico. Melancolía, serenidad y simplicidad absolutas».
Algo que solo se aprecia en las obras maestras de la historia del arte, de cualquier disciplina artística, en, por ejemplo, Mi noche con Maud, de Eric Rohmer, El jardín de las delicias, de El Bosco, Qué verde era mi valle, de John Ford, la serie de los Nenúfares de Monet o La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson.
Kind of blue (Una cierta tristeza: y sí, valen todos los dobles sentidos que pueda uno encontrarle) es, sin duda, setenta y siete años después de su publicación, la gran obra maestra de Miles Davis y quizá de toda la historia del jazz. Grabado en 1959 con una formación excepcional (John Coltrane al saxo tenor, Bill Evans al piano, Paul Chambers al contrabajo y Jimmy Cobb a la batería, además de Julian «Cannonball» Adderley al saxo alto y Wynton Kelly al piano en el tema “Freddy freeloader”), Kind of blue suena hoy tan fresco y evocador para los oyentes que tengan la fortuna de escucharlo por primera vez, como lo fue para maestros de la categoría de Quincy Jones («Kind of blue es la voz de esta época. Amigo mío, esa será siempre mi música. Pongo Kind of blue cada día: es como mi zumo de naranja. Sigue sonando como si se hubiera hecho ayer»), Ben Sidran («Es claramente un disco para seducir. Cierro los ojos y puedo recordar situaciones con chicas de las que ya ni recuerdo el nombre») o el ex miembro de Steely Dan Donald Fagen («¿Que si me gusta? Es la Biblia, hombre, la Biblia con mayúsculas»).
Alfred «Pee Wee» Ellis contaba esto sobre la música de Miles Davis y su relación con James Brown: «Después de uno de los espectáculos, una noche en algún lugar, James me llamó al camerino y gruñó una especie de línea de bajo de algo muy rítmico que titularíamos más tarde “Cold sweat”, “Sudor frío”. Miles Davis fue una gran influencia para mí, escuché “So what” seis o siete años antes, y el motivo principal de su trompeta se convirtió en el de “Cold sweat”. Quizá fuera subliminal, pero la línea del saxo se basa en el “So what” de Miles Davis. Escribí el resto del tema en el autobús entre Nueva York y Cincinnati.
Al día siguiente, nos detuvimos frente al estudio de King Records, nos bajamos del autobús, nos metimos en el estudio, nos preparamos y simplemente seguí el ritmo de la banda. Cuando empezamos a funcionar, James apareció, añadió algunos toques (cambió la parte de la guitarra, lo que lo convirtió en algo realmente funky) e hizo que el baterista hiciera algo diferente. Era un genio en eso. Entre los dos lo arreglamos juntos una tarde. Él escribió las letras. La banda se agrupó en un semicírculo en el estudio alrededor de un solo micrófono. Fue grabado en vivo en el estudio. Una única toma».
Antes de trabajar como actor, Phillip Seymour Hoffman tuvo que dedicarse a diferentes oficios para subsistir. Entre ellos el de socorrista en la monumental Metropolitan Tower, que preside uno de los laterales de Central Park en Manhattan y donde casi nadie subía a darse un chapuzón. Un día apareció por allí Miles Davis. “No quería que se sintiera incómodo», contó Seymour Hoffman, «así que fingí que no le conocía. Llevaba puesto un Speedo y gafas de sol, se metió en la piscina con las gafas y nadó a perrito unos cinco largos, salió, se quitó las gafas y empezó a mirarme porque creo que él pensaba que yo no sabía quién era. Durante una media hora nos quedamos allí y contemplamos Manhattan; me dijo qué edificios eran suyos, los accidentes en los que se había metido, las novias, hablamos de todo menos de la música… Al final dijo: “Soy Miles…” y se fue».
En 1987, Miles Davis acudió con su esposa a una fiesta a la que habían sido invitados por el presidente Ronald Reagan y su mujer Nancy. Miles, que odiaba este tipo de reuniones sociales, y más si tenía que confraternizar con políticos, y con políticos blancos, acudió solo por su amistad con Ray Charles, a quien le iban a entregar el premio a toda una vida dedicada a la música.
Una vez sentados a la mesa, Miles intentaba huir de las conversaciones intrascendentes y superficiales que, como tantas otras cosas, le repugnaban. Sin embargo, no pudo evitar responder a una observación sobre el jazz que hizo la mujer de un político. Tras un tenso intercambio de opiniones sobre la valoración que la sociedad norteamericana hacía de los músicos de jazz, la distinguida dama no pudo reprimirse y le lanzó a Miles Davis una pregunta ofensiva: «¿Qué ha hecho usted en su vida que sea tan importante como para estar aquí?». El genial trompetista, que captó la una mezcla de ignorancia y racismo de aquella pregunta, soltó con tranquilidad, frialdad y desprecio una respuesta cuyos ecos todavía deben estar escuchándose en algún salón de la Casa Blanca. «Bueno, yo he cambiado la historia de la música como unas cinco o seis veces. ¿Y usted? ¿Qué cosas ha hecho usted que tengan alguna importancia, aparte de ser blanca, como para estar aquí?».
Miles, como todos los grandes artistas, odiaba repetirse.
En 1968 se casó con Betty Davis, una gran cantante de soul y funk. Betty le ayudó a abrir su paleta musical al rock y al funk: Santana, Sly & The Familiy Stone, Jimi Hendrix y The Fifth Dimension, entre otros. Miles se divorció de ella al conocer sus relaciones con Hendrix, pero la sombra de Betty permaneció en su obra durante años.
En 1970 inundó el jazz de electricidad y psicodelia en el doble elepé Birtches brew, con Wayne Shorter, Jack DeJohnette, John McLaughlin, Chick Corea y Joe Zawinul, entre otros. Unos discos que le acercaban a fusionar el jazz con el rock y que le valieron el desprecio de los más puristas. Algún crítico le acusó de ser un vendido al hombre blanco, obviando el hecho de que Miles Davis fue uno de los artistas negros que con más orgullo llevó su raza y con más ahínco se enfrentó al racismo.
«Fui buen amigo de Miles Davis», confiesa B.B. en las páginas de su autobiografía: «Hablábamos de música siempre que podíamos, cuando coincidíamos en la misma ciudad en nuestras giras. Una vez charlamos acerca de John Coltrane, que entonces estaba en su quinteto. A Miles no le gustaba la tendencia de Coltrane a alargar sus solos de saxo hasta media hora, o más, y constantemente se lo decía. John le respondía que lo intentaba, pero que no podía dejar de tocar, que le venían las ideas sobre la marcha y le impulsaban a seguir improvisando. Entonces Miles le respondió: “Intenta a retirar el puto saxo de la boca”. Así era Miles. Algunas veces, cuando le veía entre el público de uno de mis conciertos le invitaba a subir al escenario y el tipo se enfadaba: “No me llames, joder, que la gente lo que quiere es verte a ti y yo mismo solo quiero verte a ti, no necesito que me saques a actuar”. Pero a mí me daba igual y seguía llamándole: “Este es mi concierto y hago lo que me da la gana, así que deja de quejarte y agarra tu trompeta para tocar conmigo”. Siempre lo hacía. Recuerdo un concierto en España, en los años ochenta. Yo estaba interpretando una balada titulada “You know I love you” y Miles me veía desde un lateral del escenario. Le invité y tocó el solo de trompeta más emocionante que he escuchado en toda mi vida, mis ojos se inundaron de lágrimas».
La nota más importante es la que no se toca. El sonido que buscaba Miles era íntimo. Elegante. Peligroso.
Miles Davis murió en un hospital de Santa Monica, California, el 28 de septiembre de 1991, a causa de una hemorragia cerebral. Tenía 65 años.
Su música sigue viva. Porque todavía hoy, cuando suena su trompeta, el tiempo se detiene.
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