El Panamá. Vida de un fuera de la ley, de Iñaki Domínguez

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LIBROS

«La historia está pidiendo documental o película, que el cine quinqui es nuestro género más autóctono y hay que seguir engordándolo»

 

Iñaki Domínguez
El Panamá. Vida de un fuera de la ley
EDITORIAL ARIEL, 2026

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Años ochenta. Años noventa. Delincuencia juvenil, las bandas, estaban a la orden del día; magnificadas, eso sí, por la prensa y el cine. Los protagonistas se fueron convirtiendo en figuras míticas, épicas casi. El Jaro o el Vaquilla, sobre todo este último, que vivió más años, eran noticia de última hora en muchos telediarios. Tan mítico como ellos parece ser el Panamá, de quien les confieso que nunca había oído hablar, tampoco de la banda de los Miami, que parece ser que captó toda la atención mediática en los años noventa, pero yo ni me enteré. Uno no puede estar atento a todo.

Iñaki Domínguez, autor de otros libros sobre macarras que ya han sido reseñados aquí, da una primera impresión en el prólogo. Cierto día, a raíz de los libros publicados sobre el tema, le escribe Cristofer, el hijo del Panamá, que en ese momento estaba en la cárcel, en Estremera, donde van a verlo y pactan que el escritor prepare un libro sobre su vida, curiosa vida.

Accede pues a historias sobre sus antepasados y se remonta a los primeros años del siglo XX en una curiosa saga casi galdosiana en la que destaca su abuela, María la paragüera. Pinta también el ambiente de su barrio, San Blas, uno de esos barrios en las afueras de cualquier ciudad, creados por el franquismo para instalar en guetos a los más desfavorecidos. Su padre trabajaba en el matadero y también era un boxeador profesional de cierto éxito. Aparte de eso, muchas veces hacía de doble en películas, sobre todo espagueti western. No viene de una familia marginal, ni desestructurada, ni problemática, sino de clase media y con ramificaciones en el mundo del espectáculo.

En San Blas, hay una extensa zona verde, el parque del Paraíso. Se reunía en él toda la chavalería del barrio, y en él es donde comienza el Panamá a cometer pequeños robos, vender hachís y realizar atracos. Empiezan aquí ya los testimonios de amigos, que ocuparán varias secciones del libro.

Son los años ochenta, los años de lo que se llamó movida, y hay un capítulo dedicado a ella. Los bajos de Aurrera, los ambientes heavy —el Panamá gusta de ese estilo—, las pandillas… Retrata los bares de la época, los domingos en que acudía a Rock-Ola, conciertos como los de los Exploited. No se puede decir que el Panamá estuviera integrado en esos parámetros, pero sí que era amigo de músicos de la época como Toti Árboles, batería de Los Pegamoides o La Frontera. Es un retrato de época en el que aparecen los primeros skins de ultraderecha y sus andanzas por Madrid.

No es una hagiografía, desde luego, pero Iñaki Domínguez presenta al protagonista, adicto a los atracos, como un maestro lleno de originalidad, casi analiza estos como obras de arte, aunque para los afectados no haya ahí tanto arte. Y en esos atracos es donde están las verdaderas píldoras épicas: atracan a clanes de gitanos y a traficantes para sacarles la droga, atracan en pueblos o en casas de cambio en Portugal, aún no existía el euro, y después se meten en escenas épicas que darían para una película. La ocasión en que atracan una casa, van a buscar la caja fuerte a una habitación y se encuentran con un muerto momificado, es de película, cierto, pero de película de Berlanga y Azcona.

En estas, el Panamá abre un criadero de perros. Son pitbulls y presas canarios, se utilizan para peleas y se utilizan como arma contra porteros de discotecas. A un estudio de sociología se le dedica un capítulo, salpicado por constantes citas de filósofos. Con los nuevos tiempos, despunta la ruta del bakalao y la venta de pastillas es lo más productivo; pero, al fin y al cabo, esta vida lleva etiqueta de presidio, así que también hay un capítulo sobre las instituciones penitenciarias y la vida entre rejas.

Es un mundo que se mueve entre lo primitivo y la tecnología más avanzada. Sorpresa, muchos delincuentes son santeros y practican ritos que se hunden en la noche de los tiempos, pero a la vez son capaces de poner un GPS minúsculo a un coche para seguirlo. Eso sí, el Panamá, a diferencia de muchos de sus colegas hoy en día, tiene un intachable código moral. Podrá no gustarnos, pero es el suyo, basado en la lealtad y el respeto a los débiles. Por lo demás, la historia está pidiendo documental o película, que el cine quinqui es nuestro género más autóctono y hay que seguir engordándolo.

Anterior crítica de libros: Singapur, de Alfons Cervera.

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