El oro y el fango: De mitos, esperpentos y pollas

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«El rock ha ido perdiendo su magnetismo y aquel barniz que lo hacía brillar como algo excepcional. Los jóvenes ya no se miran en el espejo de las estrellas, no quieren ser como ellos, no hay admiración, respeto o veneración»

 

El rock ha perdido su capacidad para conectar y generar entusiasmo entre el público y hoy anda perdido entre la atomización que padece la música pop. Ante este estado de cosas, algunos recurren a métodos estrambóticos para lograr atención mediática.

 

Una sección de: JUAN PUCHADES.
Ilustración: BORJA CUÉLLAR.

 

El rock ya no es lo que fue. En realidad, no solo el rock, el pop en general muestra un pálido reflejo del esplendor de décadas atrás. Desde hace veinte años, su capacidad para conectar y generar entusiasmo entre el público ha ido extinguiéndose poco a poco, ha ido perdiendo su magnetismo y aquel barniz que lo hacía brillar como algo excepcional. Los jóvenes ya no se miran en el espejo de las estrellas del rock, no quieren ser como ellos, no hay admiración, respeto o veneración. Se podría alegar que el género, hablando de rock, hace tiempo que no ofrece nada nuevo, pero no es exactamente así. También se puede pensar que aquel fascinante caminar de las estrellas, durante los años sesenta y setenta, por el lado salvaje ya no atrae a nadie y cuando aparece un nuevo «malo» en escena se le observa desde la distancia, como un divertimento extravagante, poco más, y podría ser bastante cierto (los «malos» de hoy son un poco de chiste, bastante impostados, eso hay que reconocerlo). También se puede argüir que la actual atomización musical no es el mejor escenario para generar megaestrellas como las de antaño, y tampoco andaríamos errados.

Las razones para que el rock atraviese su nadir y no despierte aquella pasión que a los chicos de barrio les hacía soñar con ser como el ídolo de turno, o humedecía la ropa interior de jovencitas que suspiraban por vivir experiencias fuertes junto a su objeto de deseo musical son muy diversas, la primera dio comienzo cuando el rock se domesticó y pasó a ser ocio y negocio dejando atrás su componente «underground» o «maldito» (despojándose de su halo de asunto solo para iniciados). Luego, con la llegada del videoclip y de la MTV, el consumo musical se extendió y banalizó, y hasta daba un poco de risa ver muchos de aquellos clips plagados de poses, de estereotipos, de lugares comunes: la presencia constante de los músicos en nuestra vida intuyo que no fue precisamente beneficiosa, se perdió el misterio que ofrecía la imagen congelada de una fotografía impresa, el ritual del concierto como ocasión excepcional para «ver» a los músicos. Para colmo, con internet todo ha eclosionado de tal modo que se ha reducido la producción de fenómenos globales y masivos (los sigue habiendo, por supuesto, principalmente en el pop adolescente). Tal vez el último lo representó Nirvana, influyendo decisivamente tanto en lo musical como en lo vital, fijando incluso moda en el vestir. Además, Kurt Cobain tuvo a bien suicidarse en el momento oportuno, lo que provocó la canonización del grupo en el santoral rock.

Hoy internet, en plena atomización musical, nos ofrece todo lo imaginable, sin orden ni sentido, solo tienes que buscar lo tuyo y tratar de moverte en tu propia isla musical o estilística, la que te gusta, la que compartes con tus amigos (más que nunca la recomendación uno a uno es la base de la difusión musical). En paralelo, la avalancha de noticias y su fugacidad provoca que el mensaje se disipe en la inmensidad de la red, lejos quedan los tiempos en que las noticias rock llegaban con retraso y a cuentagotas. Hoy cuesta una enormidad lograr atención, que tu voz se oiga, que tu obra y mensaje se difundan. Así, hemos llegado a un caso tan paradigmático y patético como el de Wayne Coyne y sus Flaming Lips, obsesionados por idear cada semana una nueva payasada con la que ser noticia, con la que lograr atención en los medios: un disco con sangre de los invitados, vídeos con desnudos integrales, una canción de veinticuatro horas, intentar entrar en el Libro Guinness de los récords (algo así como la cumbre de la horterez y la vulgaridad) ofreciendo el mayor número de conciertos en un día… Una gilipollez detrás de otra, y así semana a semana, sin descanso. No sé si Coyne se da cuenta que de su música nadie habla, que él mismo está llevando a su grupo hacia la pista central del circo del ridículo, que por ese camino solo conseguirá aburrirnos a todos y sus supuestas noticias deslumbrantes dejarán de serlo y acabarán en el saco del esperpento. Coyne ha sido engullido por lo peor de la era internet y su obsesión por el titular y subsiguiente espacio mediático es un buen reflejo de los tiempos que vivimos. Se podrá argumentar que los escándalos de Lou Reed, los Stones o Bowie en sus días salvajes no le iban a la zaga, pero con matices, pues en general eran episodios relativos a sus vidas privadas trasladados a los medios en unos tiempos en los que el volumen de noticias era menor, y cualquiera de ellos, pese a esas existencias brutales que nos narraban los semanarios o mensuales musicales, luego entregaba obras que marcaban época. ¿Cuántos discos de Flaming Lips pasarán a la Historia Mayor del Rock? ¿Nadie levanta la mano?

Hace poco, Gustavo Cordera, el exvocalista de Bersuit, se bajó los pantalones en un concierto en Chile, luego lo justificó como acto espontáneo, fruto del momento, y logró una noticia difundida masivamente durante cuarenta y ocho horas en medios en castellano de todo el mundo, insertando el vídeo del peculiar striptease, por supuesto. Podemos alegar que Iggy Pop, en sus buenos tiempos, disfrutaba sacándose el rabo en directo (ese que Oriol Llopis, en su libro de memorias, recuerda a pocos centímetros de su nariz), y es verdad. Pero lo suyo acaecía en décadas previas a la aparición de los teléfonos móviles y Youtube (es decir, no podía ni imaginar que su pene al día siguiente fuera a dar la vuelta al mundo), y el pollón circuncidado de la Iguana quedaba como algo visto únicamente por los asistentes al concierto en cuestión, quizá una cámara tomaba una instantánea para uso privado, estuvo también aquella famosa foto que no circuló hasta la década de los noventa y que «Mojo» llegó a plasmar en una portada, poco más. Sin embargo, cuando leí la noticia de Cordera recordé la noche que lo conocí, hace unos años, en Buenos Aires. Fue un breve encuentro, pero muy directo: me comentó que quería salir en la portada de EFE EME, que ya llevaba el tiempo suficiente rodando por España en directo como para merecer una portada y que le vendría muy bien. Que si quería se hacía una sesión de fotos en pelotas para que le diéramos la portada y así provocar un escándalo que nos asegurara difusión y ventas. ¿Estaba de guasa? Todo es posible, pero cuando vi el vídeo de Chile, no pude dejar de pensar que quizá había considerado llegado el momento de recurrir a su miembro como elemento promocional. Y que conste que no me parece mal (que cada cual es muy libre), pero en las noticias de aquellos días no se habló de su último disco, de sus más recientes canciones, de la calidad de las mismas, de la poesía que puedan contener, del mensaje que transmiten, de sus intenciones… La polla había ocultado la música (y evitaré chistes fáciles y comparativos con Iggy Pop). Exactamente lo mismo que le sucede a los Flaming Lips. Y uno, ingenuo como pocos, sigue creyendo que lo que cuenta es, precisamente, la música, que esta, por mucha atomización a la que se enfrente, debería defenderse por sí sola, con seriedad, con rigor. Pero cuando las noticias musicales son las del más difícil todavía o la imagen de un flácido pene, mal está la cosa. Rematadamente mal.



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