
«Sigue eligiendo el camino de las palabras cercanas, los dichos bonitos, las melodías que no empujan y las historias que parecen pequeñas hasta que uno se da cuenta de que ahí está todo»
El Kanka vuelve con La calma, su séptimo álbum. Un trabajo luminoso y honesto compuesto por diez canciones que mezclan rumba, bolero y pop. En él se sumerge Marta Sanz.
Texto: MARTA SANZ.
Hay canciones que se escuchan y canciones que acallan el ruido. Las que conforman el último trabajo de El Kanka están, sin duda, entre las segundas. No se imponen ni pasan de largo: se acomodan en tu ánimo, abren todas las ventanas, encuentran su lugar sin esfuerzo. Quizá, ahí esté la magia del disco y del cantante malagueño: en esa manera de bajar el volumen de lo estruendoso y vacío para devolverle la voz a las pequeñas cosas.
No quiero hablar de La calma de una manera estrictamente técnica. Hacerlo sería, en cierto modo, no decir demasiado sobre su autor. Porque sí, podría detenerme en lo formal, tratar ese barullo de estilos musicales en los que se sigue moviendo con maestría y que, llevados al directo, convierten sus conciertos en una celebración. Pero ese es solo el traje con el que viste las canciones. Lo que las sostiene son las emociones, esa forma de dar luz a lo cotidiano con versos que, la primera vez que se escuchan, ya parecen haber sido sentidos mil veces.
Hay algo reivindicativo en esta costumbre. En un momento musical dominado por la grandilocuencia, por escenarios pensados para deslumbrar, El Kanka sigue eligiendo lo contrario: quitar capas, confiar en las imágenes cotidianas, buscar la belleza en lo sencillo, limpiar de miedo la rutina. Sus canciones se convierten inmediatamente en sitios a los que volver. Consigue con su manera de contar que sea casi imposible escucharlo sin que se dibuje una sonrisa, como si cada letra llevara incorporada una pequeña tregua.
“La calma”, tema que da nombre al disco, ya es vieja conocida, llegó allá por noviembre y con ella pudimos intuir el nuevo papel pintado de esta estancia que hoy habitamos entera. No es solo una canción: es una declaración de intenciones, catorce brindis por lo importante, por el refugio de lo que nos alegra los días sin cambiarnos la vida.
En este disco también tiene espacio el amor doméstico, sin estridencias, incendios ni grandes gestos. En traqueteos, con palmas, como otra confesión —no hay disco de El Kanka sin una—. Está en “La apuesta”, en “Pensando en ti”, en “Limpieza general” o en “Pasitos benditos”: escenas reconocibles, donde lo extraordinario es que nada lo sea. No hay épica ni desgarros, sino la belleza de lo que se cuida cada día.
La amistad, otro de sus cantos habituales, encuentra en “Los compadres” uno de los momentos más luminosos del disco. Una canción con aires de comparsa que habla del paso del tiempo sin más nostalgia de la debida, celebrando los vínculos que resisten la distancia y los años. Hay en ella algo festivo y a la vez tierno.
Pero como cualquier lugar, también alberga sombras este que visitamos. “Ansiedad” no se esconde en su título, y El Kanka se adentra en este terreno incómodo con una honestidad poderosa. Nombra las mil formas en las que nos domina, nos ahoga (suspiro hacia dentro, silencio que no se atreve a gritar, el miedo del miedo), pero sin dramatismos, casi con cuidado, como quien alumbra con una linterna un rincón que cuesta mirar. Reconocer la angustia en voz de otra persona provoca tanto dolor como alivio. Y hay algo profundamente reconfortante en esta liberación. Como lo hay en “He dicho que no”, repetido como una reivindicación personal, una idea simple y necesaria.
“Las ganas” recoge el impulso contrario: el de lanzarse, el de dejarse llevar a la vida como sea. Sencilla y emocionante, de las que te hacen un nudo en la garganta en cualquier pasillo del supermercado si te asalta en los auriculares. Podría ser, como dice el autor, antidepresiva, que también nos desea (ojalá) «que no se nos vayan nunca las ganas».
Cierra el disco con “Le pasa solo al resto”, una canción escrita desde la muerte para desarmarla, quitándole peso hasta convertirla en algo que, si no se puede entender, al menos se puede bailar.
Imagina haber hablado de este disco en términos rigurosamente musicales. Daría para mucho, en cualquier caso. Porque claro que hay oficio, hay intuición y la valentía de seguir probando cosas nuevas en cada trabajo, y una mezcla de influencias que nunca llega a desbordarse.
Pero no debe uno creer que las canciones sencillas son simples. No es el caso en La calma. El Kanka podría, si quisiera, complicarse, retorcer el lenguaje, buscar fórmulas más teatralizadas. Y seguramente le saldría bien. Por eso, creo que es maravilloso que siga eligiendo este camino: el de las palabras cercanas, los dichos bonitos, las melodías que no empujan y las historias que parecen pequeñas hasta que uno se da cuenta de que ahí está todo.
Este no es, en resumen, un disco cualquiera. Es una visita para hacer con los ojos abiertos y el corazón preparado. Yo lo esquivé algunas semanas, para terminar escuchándolo en un pequeño paseo que se alargó hasta la tercera y cuarta escucha completa, con el atardecer muy naranja y los pájaros aleteando al ritmo de compadres. Yo podría jurar ese baile improvisado y cualquiera diría que es imposible, pero solo porque nunca han transitado los maravillosos mundos creados por El Kanka.



















