«A Bustamante siempre lo hemos tenido ahí, casi sin molestar, sumido en esa brutal y auténtica modestia, cuando, verdaderamente, nuestros existires y manera de ver ciertos aspectos de la realidad nunca hubieran sido los que son sin su arte»

Julio Bustamante. Foto: Sento Gil.
César Campoy se adentra en el nuevo trabajo del músico y escritor Julio Bustamante, Constelator (Satélite K, 2026), una nueva entrega con la que vuelve a poner banda sonora a la cotidianidad y al paisaje que habitamos.
Texto: CÉSAR CAMPOY.
Creo que los que nos hemos acostumbrado a ver la vida venir en compañía de Julio no llegamos a ser conscientes de cuán importante es su universo a la hora de crear la banda sonora de nuestra cotidianidad. Da la sensación de que, a Bustamante, siempre lo hemos tenido ahí, cerquita nuestra, casi sin molestar, sumido en esa brutal y auténtica modestia, cuando, verdaderamente, nuestros existires y manera de ver ciertos aspectos de la realidad nunca hubieran sido los que son sin su arte, sin sus criaturas que, por regla general, entran sin llamar, pero se acomodan a tu vera para nunca abandonarte.
Los que hemos crecido con la obra de Julio, de hecho, no admiraríamos el cielo azul de la Malvarrosa con tanta pasión si sus canciones no hubieran logrado un lugar perenne en un rinconcito de nuestro cerebro. El Mediterráneo no nos olería igual sin haber asimilado nuestro organismo, desde hace casi medio siglo, los dulces jarabes del Humitat relativa, del tristemente desaparecido Remigi Palmero, de aquel fantástico Cambrers, del sanador swing de In Fraganti, de la orgullosa dignidad de Entusiastas…
Y, en los últimos lustros, no hubiéramos mantenido el tipo mientras seguimos bebiéndonos el agridulce licor de esta Valencia bipolar porque, afortunadamente, Bustamante ha seguido erguido en sus últimos trabajos, con En el nombre del gato, La misión del copiloto, Sueños emisarios…

Creo que no llegamos a ser conscientes de ello, porque al brillante compositor se le presupone que seguirá regando y cultivando su cosecha con la misma maestría y sensibilidad de siempre. Y que, por eso, ha sido capaz de idear y cincelar este bello Constelator.
Así, coser y cantar. Porque de Julio no se esperan cosas malas, medianamente mediocres; ni tan siquiera pasables. De Julio se anhela y espera un trabajo como el que acaba de estrenar, gestado a lo largo de los últimos años sin prisa, con la parsimoniosa tranquilidad de quien se lía un cigarrillo en una terracita de Marxalenes o El Carme. Recopilando piezas de antigüedad dispar, pero que, al fin, como era de esperar, mantienen la personalidad de su padre y acaban conformando una familia diversa pero unida.
Por eso se recibe, con tremenda esperanza, ese “Escenas” orgulloso, de intro vibrante, en la que se nos invita a viajar, en sueños, por ese espacio de libertad tan recurrente en la filosofía del compositor. Y por eso se abraza con ternura esa “En la ciudad” en la que imaginamos a Julio, calle arriba, calle abajo, tarareando, tratando de rascar algo de humanidad al asfalto, mientras, desde la melancolía rabiosa, reniega del mal llamado “Primer mundo”.
Como ven, Julio Bustamante en estado puro. El mismo que sigue bebiendo y viviendo del roce de la piel, de las relaciones personales y el amor anhelado (“Somni nou”, “Irresistible”, “Companys”, el sentidísimo bolero “Ferrocarril”), de espacios evocadores en los que refugiarse (“Baladre”, “Barniz”), de la hipocresía de quien no quiere ver más allá (“Turistas”), del día a día reflexionado (“La casa de al lado”, “Palabras atrevidas”). Un cúmulo de melodías con clase y textos puros, complementados con los instrumentales “Sira” y “Constelator” que, de nuevo, confieren a esta obra una pátina de eternidad auténtica.
Creo que tan solo llegaremos a ser real y completamente conscientes de la mágica constelación construida por Julio, cuando este decida dejar de mostrar sus poemas musicados al resto de los mortales. No obstante, no nos imaginamos al valenciano tomando tamaña decisión, así que, ojalá, mucho más Bustamante en un futuro que nunca llegaría a ser lo mismo sin él. Por muchos años.



















