El drugstore, de Abel Cuevas Doménech

Autor:

LIBROS

«Con formato de libro inusual, diseño moderno e impactante en el interior, y unos textos que recogen lo mejor de ese formato que no llegó a las multitudes, pero que alegraba sobremanera a sus devotos»

 

Abel Cuevas Doménech
El drugstore
LIBROS WALDEN, 2026

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Abel Cuevas sabe mucho de fanzines. Los ha hecho —y magníficos, se lo aseguro— , es coautor de un volumen, Papeles subterráneos, que recorre la historia de los fanzines musicales en España desde 1975 y, sobre todo, los sigue haciendo. Quien con sus manos ha pergeñado pequeñas revistas en las que volcaba toda su personalidad, apoyándola en músicas, cines, fotografías, textos… lo continúa haciendo toda su vida —la pasión no se olvida— , aunque se dedique a actividades de más amplio calado o de mayor remuneración. Suerte para él. Y si en algo destaca la mano de Abel en estos lares, es en una imaginación precisa y original en el diseño gráfico.

Es por ello que, entendiendo que un fanzine en papel, aunque se siguen publicando, algunos maravillosos, llevaba un trabajo inmenso, hace tres años decidió volcar todo este hormigueo que le seguía bullendo por dentro en un boletín de noticias de publicación regular, donde las pantallas se impregnasen de las recomendaciones, las batallitas y los pensamientos sueltos, que anuncia el subtítulo.

Y ahí los lanzó, en un volumen que tiene el mismo tono y el mismo estilo que los antiguos folletos en los que se daba rienda suelta a pasiones. Lo dice él mismo en la introducción: un blog es un fanzine en el que te ahorras el dinero de las fotocopias. Así que encara su boletín con los mismos propósitos que a los dieciséis años, un diseño magistral, con formato de libro inusual y diseño moderno e impactante en el interior, y unos textos que recogen lo mejor de ese formato que no llegó a las multitudes, pero que alegraba sobremanera a sus devotos.

Se trata de indicarnos lo que ha descubierto, son canciones y películas básicamente. No tienen por qué ser actuales. En el fondo, es alguien que cuenta su vida, pero que, si la cuenta bien, resulta fascinante. Con el mismo espíritu que Tremolina o Mondo brutto, Abel Cuevas nos presenta, con amor, humor, y pasión, todo lo que le gusta. Seguramente coincidirán en algo con él, en algunas cosas estarán en desacuerdo y le va a descubrir otras que entrarán directamente en su territorio cultural. Para esto sirven los libros, para hacer nuestros los ojos de otros.

Vayamos a los ejemplos. El libro se llama El drugstore y, por los comentarios que hace Abel en la introducción, me he dado cuenta de que solo los de edad muy provecta hemos estado en uno. Un drugstore era un local que abría las veinticuatro horas, sin parar. No era solo un bar ni un restaurante, había pequeños espacios que contenían librerías, tiendas de discos, perfumerías, bazares de regalos… cualquier cosa que uno pudiese necesitar a las cuatro de la madrugada. El del Paseo de Gracia de Barcelona lo recorría yo cada fin de semana, volviendo de cualquier antro maldito, para esperar la llegada de la prensa al primer sitio de Barcelona en que se aposentaba. La cuadrilla dejábamos los coches subidos a la acera y vagabundeábamos por los diversos recintos de manera no muy ortodoxa.

El libro que le presentamos es más o menos esto, una miscelánea, entre diario y el blog, de todo lo que Abel ha ido publicando en los dos últimos años. De hecho, aunque él no lo sepa, en el Renacimiento español floreció un género que se llamaba precisamente así, misceláneas, y la Silva de varia lección o la Floresta española no están tan lejos de lo que se intenta en este libro.

Música y cine dominan las tres cuartas partes de la obra. Asistan ustedes a el fervor del autor por Grateful Dead, a sus odios también, a como sale del Festival de Sitges, revisa las obras de Carlos Saura o descubre películas oscuras de su década preferida los años setenta. Bien, es cierto que el libro es un batiburrillo de los gustos personales del autor, pero cuando estos crean un mapa estético tan fuerte no puedes dejar de interesarte por ellos. Y cuando coinciden con los tuyos, ya se crea una situación casi de amistad, como si el papel os hubiera presentado.

Ballard o Carlos Saura son mi punto de conexión cultural, pero también aparecen Cindy Crawford o antiguos videojuegos de Atari o Julio Iglesias en conexión con, otro preferido, Robert Wyatt, folkies desconocidos junto a Prefab Sprout, visitas al dentista o edificios preciosos de Barcelona a los que, una vez leído el texto, no tengo más opción que ir. A veces necesitamos la mirada del otro para afinar la nuestra. No dejen de leer el boletín en el que ordena los objetos que ha ido encontrando por la calle, antiguas cintas de casete, libros que un desconocido dejaba en el banco frente a su portal, viejas cintas VHS…

Así que uno sale del libro teniendo la impresión de que tiene un amigo más. Y también sale con un regalo, una lista de películas algunas ya vistas, la mayoría no, muchísimas desconocidas, con las que tengo material para alegrarme la vida en los próximos meses. Porque para esto también están los amigos, para alegrarnos la vida. Hagan caso de los fanzineros. Siempre estuvieron en el lado incorrecto de la historia.

Anterior crítica de libros: El Panamâ. Vida de un fuera de la ley, de Iñaki Domínguez.

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