El disco del día: Paul McCartney and Wings

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“Treinta y siete años después sigue funcionando, continúa siendo el álbum que quiso ser en su momento: material inexcusable para los fans y una invitación a conocer a los Wings”

 

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Paul McCartney and Wings
“Wings over America”
UNIVERSAL

 

 

Texto: JUAN PUCHADES.

 

 

Este álbum es Historia. Y lo es por varias razones: la primera por dejar testimonio de que hubo un tiempo en el que los discos en directo tenían su razón de ser para acercar el audio a aquellos países por los que no pasaba una gira, que eran la mayoría (y ni hablar de España), además de servir para ese clásico que es impulsar carreras alicaídas o reafirmar las emergentes. Paul McCartney, consciente de ello, y con los Wings en un momento de fuerte despegue internacional, quiso reivindicarse apuntalando a “su grupo” post Beatles con un más difícil todavía: un álbum triple ofreciendo todos los temas que cada noche interpretaban en la gira estadounidense (aunque con trampa, y ahora hablaremos de ella): más de dos horas de sonido en tu casa. La segunda razón histórica reside en que en esta gira mundial (entre 1975 y 1976, y dividida en cinco tramos), decidió que ya estaba bien y que podía interpretar repertorio beatle pasara lo que pasara (otra forma de reivindicarse y, de paso, reconciliarse con su pasado). Así que echó mano de cinco temas de los que escribió en solitario para el cuarteto de oro (‘Lady Madonna’, ‘The long and winding road’, ‘I’ve just seen a face’, ‘Blackbird’ y ‘Yesterday’) que cada noche sonaban en escena para delirio de la audiencia. Y lo que es más, en un gesto atrevido y que no pasó desapercibido, en los créditos, decidió alterar el orden de las firmas pactado quince años atrás con John Lennon, apareciendo aquí firmadas como McCartney/Lennon, con su apellido delante, queriendo rubricar que esas composiciones eran de las suyas. En tercer lugar, “Wings over America” es historia porque vendió cantidades ingentes (cuatro millones de copias en Estados Unidos), y no hay que olvidar que era triple. Además, la portada fue toda una sensación en su día, diseñada por los en aquellos momentos muy cotizados Hipgnosis.

Esta reedición en doble cedé en su presentación sencilla (pero que nadie se asuste: conteniendo exactamente el mismo audio del triple original) aparece en la serie “Paul McCartney archive collection”, que va recogiendo toda la obra en solitario de Macca convenientemente puesta al día (siempre con lujosas ediciones paralelas; de las que no hablamos porque como somos pobres no las catamos). Destaquemos de ella un detalle no menor: en el lomo, el álbum aparece firmado como Paul McCartney and Wings, la fórmula que se usó en su momento para rotular algunos singles, con la que se quería apoyar los lanzamientos (cuando los singles se vendían más que los elepés) ratificando que aquel era el proyecto de McCartney, aunque los elepés siempre salían solo como Wings y él mismo defendía la idea de que eran un grupo. Pero, en honor a la verdad, habría que considerar a Wings como un trío: Paul dirigiendo todo y componiendo, Linda en los teclados y siendo el apoyo anímico imprescindible para su marido (y fuera chistes maledicentes: la chica aprendió a tocar las teclas y se defendía con la suficiente solvencia) y, por último, el ex Moody Blues Denny Laine como guitarrista principal, brazo derecho y socio musical, el hombre de confianza que acabó por ser amigo. A ellos, en las diferentes formaciones, les acompañaban un segundo guitarrista (aquí Jimmy McCulloch) y un batería (Joe English). A los que en esta gira se sumó una sección de vientos.

Hoy, “Wings over America” (el nombre del grupo se integró en el título del disco: Alas sobre América), remozado desde las cintas originales, suena fabuloso, pero en su día ya fue una grabación cuidada hasta el extremo: se registraron todos los conciertos de la gira por Estados Unidos y se trabajó sobre noventa horas de audio para extraer las diferentes canciones que puestas una detrás de otra reflejarían cómo eran en su integridad aquellos conciertos (de ahí la trampa mencionada más arriba: no se trata de un solo show, sino de la suma de muchos). Además, se cuenta que a la búsqueda de la perfección se llegaron a fundir en una misma canción fragmentos de diferentes conciertos y que no se desdeñó, cuando se creyó conveniente, acudir a los recordings posteriores registrados en estudio. Una locura. Pero una locura que marcaría el futuro de los discos en vivo, cuando se decidió obviar la frescura de lo interpretado sobre las tablas por grabaciones que sonaran perfectas. Asquerosamente perfectas en muchos casos.

En lo estrictamente musical, es un álbum que muestra todas las caras posibles (por entonces) de McCartney: el rockero entregado (‘Rock show’, ‘Lady Madonna’, ‘Beware my love’, ‘Hi hi hi’, ‘Soily’), el inmenso baladista (‘The long and winding road’, ‘Bluebird’, ‘Yesterday’), el aficionado al vodevil (‘You gave me the answer’), el de los hits pop tan instantáneos como inmarchitables (‘Live and let die’, ‘Listen to what the man said’, ‘Silly love songs’, ‘Band on the run’), por momentos internándose en el progresivo (que él mismo con los Beatles ayudó a perfilar), dejándose llevar por lo íntimo o lanzándose en tromba rockanrollera recordando las enseñanzas de Little Richard con su voz más brutal. Es el genio recogiendo parte de su cancionero a saco, casi sin consideración (dos horas de tirón es mucho), uniendo todos sus referentes estéticos como el que presenta un catálogo. Pero no todo es McCartney, también dejó hueco a Denny Laine y al guitarrista Jimmy McCulloch para que cantaran algunos temas (el primero incluso recuperó ‘Go now’, el primer éxito de los Moody Blues presinfónicos y versionó a Paul Simon en ‘Richard Cory’).

En todo caso, treinta y siete años después sigue funcionando, continúa siendo el álbum que quiso ser en su momento: material inexcusable para los fans y una invitación para acercarse a los Wings, porque hoy la aventura grupal con la que Paul McCartney atravesó los años setenta permanece como un capítulo de su obra poco conocido, en gran parte debido a la imagen que en aquel tiempo se forjó de él como blandito y comercial (y lo era, pero también muchas más cosas, todas interesantes, que con McCartney no valen los reduccionismos); y desde los ochenta, tras la muerte de Lennon, contrapuesto a un John icónico y mártir: era como que Paul tenía que pedir disculpas por seguir vivo, compitiendo con el recuerdo de un muerto elevado al altar del buenismo colectivo. Afortunadamente, en los últimos tiempos, poco a poco, se ha ido valorando con mayor mesura y equilibrio su obra. Y está bien que así sea, pues lo merece.

Anterior disco del día: Guy Clark.

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