El desafío de The Strokes consigo mismos

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«Es un disco que no busca recuperar el pasado, sino construirse a partir de él»

 

César Prieto se adentra en Reality awaits, el nuevo álbum de estudio de los Strokes, para analizar sus aciertos y sus errores.

 

Texto: CÉSAR PRIETO.



 

¡Qué disco más fantástico acaban de editar The Strokes! Maravilloso. Después de seis años de silencio desde The new abnormal, se podría haber esperado un regreso complaciente, la misma fórmula que convirtió a cinco neoyorquinos en salvadores del rock a comienzos del siglo XXI. En lugar de eso, Reality awaits juega constantemente a desconcertar. Es un disco que no busca recuperar el pasado, sino construirse a partir de él.

Lo que destaca sobremanera a primera escucha es el uso del autotune, omnipresente. No pretende ocultar limitaciones, sino convertir la voz en otro instrumento extraño, casi deshumanizado. Es una decisión artística, pero arriesgada, que dividirá a los seguidores del grupo. Pero, paradójicamente, cuanto más artificial suena la voz, más humanas parecen las canciones, más parece que hay un aire auténtico. Es un truco que las artes conocen desde tiempo inmemorial, cuanto más artificial parezca el objeto artístico, más personalidad parece que se ha puesto en él.

El arranque con “Psycho shit” es toda una declaración de intenciones. Comienza con un piano que despliega un minuto de introducción a lo Chopin, y al poco las guitarras toman aire de himno, pero progresivamente se va deformando hasta casi deshumanizarse y llenarse de una pasión lejana. Las guitarras, eso sí, se entrelazan hasta construir una balada que se hace densa.

“Dine N’Dash” recupera el pulso de siempre. La batería de Fabrizio Moretti va a piñón y las guitarras vuelven a su lugar protagonista, en un equilibrio entre la accesibilidad y la melancolía de discos anteriores. Hay un desparpajo adictivo muy neoyorquino.

También de la Gran Manzana, en este caso por la cercanía a Lou Reed, es “Falling out of love”, una pieza lenta, casi hipnótica y vulnerable a la que se añade electrónica. Rick Rubin, en la producción, deja respirar a los instrumentos y la voz flota, aceptando una historia de desamor, de sensibilidad.

Es una parte del disco, en otras empieza la bronca como “Lonely in the future”, con el Casablancas más irónico y con más juegos de voz. Bronca, no tiene riffs memorables, pero sí pequeñas figuras de juguete en las que se respira algo de disco music. También bailable es “Going shopping”, el primer sencillo. Habla del consumo, de la saturación de estímulos y de la insatisfacción con guitarras inmediatas, ritmo contagioso y un estribillo que entra a la primera. Cercana en la letra tenemos a “The fruits of conquest”, sobre el vacío que invade al alcanzar el éxito. Es una producción elegante, con todos los instrumentos colaborando, que crece en intensidad hasta llegar al estallido final.

“Going to babble on” posee una melodía muy cálida y luminosa y la voz de Casablancas está más integrada. También abierta es “Tyrants of the mellow moon”, que comienza con instrumentación contenida, casi country, de líneas muy limpias que se acercan al dream pop. La voz, lejana, llega una de sus mejores interpretaciones, como si todo fuese recuerdo y el final es elegante, preciso, emocionante, casi de evanescencia flamenca.

Quizá el tema que se aparte de los demás sea “Liar’s remorse”, Mucho más sombrío, con culpa y autoengaño, más contenido también, con guitarras cortantes a la vez que atmosféricas y una voz más cálida, con gotitas de sentimiento

Reality awaits no posee la inmediatez de Room on fire ni la elegancia juvenil de Is this it. Es un álbum de una banda que ya no necesita demostrar que puede escribir himnos como los que acostumbra y que prefiere explorar zonas incómodas antes que repetirse. Habrá quien eche de menos más guitarras y menos efectos vocales. Pero también es cierto que pocos de su generación son capaces de asumir este riesgo y continuar haciendo enormes canciones.

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