“El club de la lucha” (1999), de David Fincher

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EL CINE QUE HAY QUE VER

 

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“Fue criticada como una película casi fascista, quedándose muchos espectadores en la visión superficial de un producto que escondía bajo sus obvias imágenes de violencia un mensaje bastante más sutil”

 

Junto a “Zodiac”, “El club de la lucha” es el gran clásico de David Fincher. Al borde del veinte aniversario de la novela, Ignacio Reyo rescata su adaptación al cine, protagonizada por Edward Norton, Brad Pitt y Helena Bonham Carter.

 

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“El club de la lucha”
David Fincher, 1999

 

Texto: IGNARIO REYO.

 

Clásico del cine de la época llamada fin de siglo, “El club de la lucha” de David Fincher quizá no sea su mejor filme, puesto reservado para “Zodiac”, pero sí mejora ligeramente la notable novela de Chuck Palahniuk (de la que se cumplen veinte años) y ahonda en puntos que siguen siendo tan relevantes entonces como ahora.

De ritmo frenético, fue criticada como una película casi fascista, quedándose muchos espectadores en la visión superficial de un producto que, aún con su halo post adolescente, escondía bajo sus obvias imágenes de violencia un mensaje bastante más sutil e incluso feminista si nos fijamos en uno de los alegatos de Tyler Durden: somos una generación de hombres criados por mujeres (dado el alto índice de divorcios y separaciones) y quién sabe, quizá una mujer es la solución.

Un manifiesto contra un mundo corporativo, lleno de publicidad, alimentado por el gran capital, que profundiza en la vacuidad que este mundo de oficinas, trabajos corporativos: el diagnóstico del insomnio y la enfermedad mental. Como una especie de Nietzsche callejero, el protagonista sin nombre (excelente Edward Norton) creerá encontrar su redención en su amigo Tyler Durden (un Brad Pitt desatado), alter ego alucinatorio. Antes de esa amistad, pasarán cosas, muchas cosas. La búsqueda del sueño a través de lo que podríamos llamar transmutación en la otredad, o el vampirismo psíquico. El personaje va a grupos de terapia de gente con cáncer, con diversos problemas físicos graves y ahí desahoga su propia desilusión existencial. El extremo sufrimiento ajeno rebaja la ansiedad propia. El placebo funciona… hasta que se encuentra con el tercer triángulo de personajes, Marla Singer (magnífica, magnética Helena Bonham Carter), que rompe sus esquemas. Una heroína nihilista, de un romanticismo urbano y taciturno, que ante la ausencia de estímulos vitales también se aprovecha de esas reuniones. El insomnio regresa.

 

 

En uno de sus anodinos viajes laborales de avión conoce a Tyler, un extravagante vendedor de jabón que le da su número, para cualquier cosa. Porque cualquier cosa puede pasar. Su casa, esa casa que diseñó gracias a Ikea que tan bien supo definir su personalidad, explota misteriosamente. ¿A quién llamar? Por qué no a Tyler… no tiene ningún recurso más, ya no tiene otra salida que la de hablar con su otro yo, con el súper hombre de ciudad de los noventa. Charlan del consumismo. A la salida del bar, Tyler le invita a su casa, una gran mansión abandonada, pero el protagonista debe aceptar una condición: pegarle. Nuestro personaje sin nombre encuentra la liberación en la lucha, la pelea, el desahogo más ancestral. Necesita buscar en lo más básico para recuperar lo más profundo, una razón para vivir. Sus charlas prosiguen. Tyler reitera y redefine todo lo que el personaje sin nombre no se atrevió a articular en sus grises mañanas de oficina: la imperfección debería ser la ley frente a la perfección de los anuncios, debemos romper con esta sociedad construida que nos maneja como si fuéramos autómatas…el delirio con bases razonadas va en aumento. Tanto como para que lo que es un duelo esquizofrénico termine creándose un club con reglas definidas en el almacén del bar.

En un punto de inflexión, Marla conoce al alter ego. En una llamada desesperada, le dice que ha tomado suficientes medicamentos para ir al país del que nadie vuelve. El personaje pasa, Tyler lo coge y va hasta su casa y la salva. El alter ego empieza una relación sexual, romántica con Marla, que encuentra en esos arrebatos orgásmicos el cariño que siempre necesitó. Mientras, el club de la lucha va agrupándose, aglutinándose, creándose en un proyecto concreto: el proyecto Mayheam. Y de ahí hasta toda una red de clubes clandestinos en todo el país. Son las sombras descarriadas del país de las oportunidades. Las estrellas del rock que jamás ensayaron sus canciones, los actores que nunca llegaron ni a filmar cortos, los sueños rotos de una nación basada en las luces brillantes. Tyler crea y adiestra en la mansión y a lo largo del país a sus monos espaciales para derrocar el estado actual de las cosas. Su objetivo es volver al primitivismo, a una distorsionada Arcadia donde se sobrevive a base de arcos y flechas. Su sapiencia con explosivos resulta un aliciente.

El proyecto también tiene sus reglas inquebrantables, lo que deviene en un sinfín de sucesos no irreversibles, sorprendentes, con giros que en esa película eran necesarios, mientras en otras son simples faltas de ideas. El resto, visionar la película. Noquead vuestra conciencia con un poco de filosofía más allá del enésimo anuncio que os venderá solucionaros la vida. Porque al final, de eso se trata. Efectista final, pero también más realista que el del libro. Sucede al revés que en “La naranja mecánica”, donde Stanley Kubrick decidió suprimir el último capítulo de la novela de su compatriota Burgess.

Es la película donde más se nota que Fincher provenía del mundo de la publicidad y los videoclips, a pesar de que en “Seven” o “The game” esos preceptos propios de ese universo están. Utiliza la urbe como otro carácter más, sabe utilizar las luces. Grises o de un blanco neutro cuando muestran al personaje sin una personalidad desarrollada, o brillantes ante la presencia de Tyler, el súper hombre de pintas glam que fuma y sus pulmones aguantan hasta el último envite. Apenas hay escenas de día, y las pocas que hay suelen ser en sitios cerrados. Las teorías que han dado la novela y la película son múltiples. La expuesta aquí es sólo la subjetiva del que arriba firma.

 

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Obra de culto

La película no tuvo un éxito inmediato, sino que se convirtió en una obra de culto con los años, e incluso se crearon clubes de lucha reales. Con qué fin, no lo sé.

Es paradójico que mientras Fincher llegó a crear una obra mejor, Palahniuk repitió la fórmula en la escritura, sin que su mensaje mejorara, más bien empeorara, repitiendo preceptos para epatar, aturdir al lector sin mayor final que ése. Una vez pude preguntar a otro escritor controvertido, Dennis Cooper, sobre el asunto de la violencia en Palahniuk. “Para Palahniuk se trata solo de un divertimento, viene de un lugar diferente. Me gusta su material antiguo, pero él no habla sobre la violencia. Su violencia es más bien…. No sé… Venimos de lugares diferentes, yo experimenté la violencia real, es algo que llevo muy dentro. Para Palahniuk o este tipo de escritores es más bien como una especie de fascinación que no creo que les obsesione en realidad como a mí”.

Durante años quise entrevistar a Palahniuk para saber su visión, pero no pudo ser. Queda imparcial el asunto. Lo que queda claro es que su novela “El club de lucha” fue un libro de debut revolucionario. Lo que luego escribiera, o escriba, da igual.

 

Banda sonora

Una curiosidad es que la banda sonora casi la realizaron Love & Rockets. David J. : “Nos dieron el guion muy pronto y consideraron que trabajáramos conjuntamente. Finalmente los productores eligieron The Dust Brothers, un buen acierto”. Radiohead también la rechazaron. Quién sabe lo que hubiera pasado, pero la música de los Dust Brothers puntualiza, remarca y redondea tanto la lacerante rapidez de enfoques como los instantes menos abruptos de cámara.

Un gran final, el despertar de la conciencia (volvemos al discurso de Tyler) que es la canción de los Pixies ‘Where is my mind’ ante la caída de la civilización occidental con el personaje dando la mano a Marla. Romanticismo en estado puro (y en medio unos genitales masculinos en plano subliminal, algo que visto en la película). Pura vida, puro existencialismo, puro amor. Y no lloréis por la cara magullada de Jared Leto, sino por las tetas y la pérdida de Meat Loaf. Eso sí que duele, si sois de la generación de la que debéis ser, o si habéis investigado quién es quién. Y recordad, “el hijo debe matar al padre” o algo así se supone que debería pasar, aunque en este caso el hijo no sea la criatura de Victor Frankenstein. La primera regla del club de la lucha es…

 

 

Anterior entrega de El cine que hay que ver: “Con faldas y a lo loco”, de Billy Wilder.

 

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