El cine que hay que ver: «¡Qué bello es vivir!» (Frank Capra, 1946)

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«Capra es por excelencia el autor que deposita una fe ciega en el individuo y cree en los beneficios de una comunidad unida y solidaria»

 

Navidad, televisión y «¡Qué bello es vivir!» van inevitablemente unidos. Pero la película de Capra esconde mucho más de lo que la Navidad sugiere.

 

Una sección de JORDI REVERT.

 

Quizá rememorar «¡Qué bello es vivir!» en plena Navidad pueda parecer oportunista e incluso estipularse como un tópico más asociado a estas fiestas. Precisamente, es la condición de película oficial de las Navidades la que ha permitido que una de las grandes obras de Capra quede como un lugar común cuya reposición televisiva inspira tanto candor como hastío. Y sin embargo, detrás de esa condición hay un texto no exento de controversias ni de fricciones, en el que el blanco no es tan blanco y en el que el cine de Capra vuelve a sus constantes colisiones del individuo con la colectividad.

Cierto es que en Capra no podemos hablar del mismo grado de subversión que en el Hollywood clásico propusieron Preston Sturges, Ernst Lubitsch o Billy Wilder. Pero no lo es menos que el realizador elaboró todo sentido de la ruptura bajo sus imágenes con la intención primordial de forjar un humanismo que hoy lleva su sello –lo capriano–, y el cual evocamos lo bastante a menudo para referirnos a las bondades de otros directores más actuales. Capra es por excelencia el autor que deposita una fe ciega en el individuo y cree en los beneficios de una comunidad unida y solidaria, aquel que no duda en invocar los valores familiares y premiar la tradición, el mismo que aportó su talento cinematográfico y patriotismo para ayudar al gobierno de Estados Unidos a justificar su intervención en la II Guerra Mundial en la serie de documentales de propaganda «Why we fight» (1942-1945). Pero también es aquel director que en los prolegómenos del acaecimiento del Código Hays derribó las Murallas de Jericó en «Sucedió una noche» («It happened one night», 1934), el que atacó los peligros del sensacionalismo mediático en «Juan Nadie» («Meet John Doe», 1941) o el que se divertía poniendo en escena a dos ancianas envenenadoras de maduros solitarios en «Arsénico por compasión» («Arsenic and old lace», 1944).

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Así pues, ¿qué tiene de especial «¡Qué bello es vivir!» que la hace merecer repetidas revisiones? Si dejamos a un lado su candor navideño, que es lo que se celebra en cada reposición, la película de Capra encuentra una pertinencia mucho más incómoda en su retrato de un capitalismo sin escrúpulos avasallando la vida del ciudadano de a pie. De hecho, bien podría estar enfrentando en un solo relato el contrapunto que King Vidor había establecido sagazmente entre «Y el mundo marcha» («The crowd», 1928) y «El pan nuestro de cada día» («Our daily bread», 1934): la solidaridad cooperativa frente la ley de la jungla del mercado libre. Ese enfrentamiento se reitera en las posiciones de George Bailey (James Stewart) y el Señor Potter (Lionel Barrymore), una oposición de la que depende el futuro de los vecinos de Bedford Falls y que solo puede saldarse positivamente mediante los sacrificios del primero. En «¡Qué bello es vivir!» conviven dos identidades: la del cuento moralista de tipos dickensianos –el Señor Potter de Lionel Barrymore como versión apenas encubierta del Sr. Scrooge– y la diatriba anticapitalista que a nadie podía pillar por sorpresa, pues ya se podía intuir en «Juan Nadie» y «Caballero sin espada» («Mr. Smith goes to Washington», 1939). En Capra, el individuo se alimenta de idealismo para luchar contra un sistema cruel e implacable, cuyas injusticias puede llevar una vida entera derribar. El objetivo último es el bien común, una idea que solo en su contagio, en la predicación del ejemplo, puede desembocar en las garantías sociales para todos. En ese sentido, el discurso propuesto difiere de un sueño americano que prioriza el individualismo como vía de avance.

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Por tanto, en la Navidad y en la crisis, «¡Qué bello es vivir!» es a la vez la dulce tradición que reafirma la familia en torno al televisor y a la vez la enfrenta a una realidad tristemente cercana. Y lo es con artes que a veces se revelan más elegantes y otras más bruscas. La forma en la que se fragua el romance entre George Bailey y Mary Hatch (Donna Reed) es cuidada y preciosa en los gestos y encuentros de los actores, pero la presentación de las alternativas que el primero halla en el camino es, como mínimo, poco sutil: el moralismo con el que se nos aparecen personajes como Violet (Gloria Grahame) o Sam (Frank Albertson) ayuda a polarizar las opciones vitales, pero contribuye poco al conjunto. En cualquier caso, probablemente tampoco habría alcanzado la película esa condición mítica asociada a la Navidad de no ser por esa convivencia de moral y convicciones que conecta fácilmente con el gran público. Tampoco, desde luego, sin el rostro afable de un James Stewart que confirmaba en su papel su candidatura a ser aquel actor en el que cualquiera podía identificarse como el ciudadano estadounidense de a pie. Dicho de otra manera: un tipo que no solo cae bien, sino en el que además es posible creer. Y al final, es esa identificación y fe de la que precisa «¡Qué bello es vivir!» para funcionar en su superficie y deslizar sus subtextos en el espectador desprevenido.

Anterior entrega de El cine que hay que ver: “Annie Hall” (Woody Allen, 1977).

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