El cierre a lo grande del universo de Charley Crockett

Autor:

COWBOY DE CIUDAD

«Más que contar una historia lineal, Crockett levanta un paisaje moral. Y ahí está buena parte de su encanto»

 

En su sección “Cowboy de ciudad”, Javier Márquez Sánchez se adentra en el nuevo trabajo de Charley Crockett. Un álbum con el que cierra una trilogía y en el que se respira polvo tejano y wéstern crepuscular.

 

Texto: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ.

 

Charley Crockett lleva ya unos cuantos años haciendo lo más difícil en la música de raíces norteamericana: sonar clásico sin parecer una pieza de museo. En un momento en el que tantos artistas se limitan a citar el pasado, él ha conseguido algo bastante más raro, que es habitarlo. Su voz, su manera de frasear, su querencia por el honky tonk, el soul sureño, el country de carretera secundaria y cierta épica de perdedores con sombrero polvoriento no suenan a ejercicio de estilo, sino a forma de vida.

Nacido en Texas, curtido en la música callejera, moldeado en escenarios pequeños y con discos publicados con una constancia casi salvaje, Crockett se ha ido construyendo una carrera a la antigua: mucho oficio, mucha intuición y una identidad reconocible desde los primeros compases. En los últimos tiempos, además, ha entrado en una etapa especialmente fértil, encadenando álbumes con una productividad que, lejos de volverse rutina, parece espolear su ambición.

Age of the ram llega justamente para confirmar eso. Publicado el pasado 3 de abril, el disco cierra la llamada “Sagebrush trilogy”, iniciada con Lonesome drifter en marzo de 2025 y continuada cinco meses después con Dollar a day. Son tres trabajos ligados entre sí no tanto por una rigidez argumental como por una atmósfera, una imaginería y una voluntad narrativa que remiten a un Oeste mental, cinematográfico, nutrido de fugitivos, buscavidas, figuras errantes y fantasmas fronterizos. En este tercer acto, Crockett remata el trayecto con un álbum de veinte temas, coproducido junto a Shooter Jennings, en el que se permite ser más expansivo, más autoconsciente y, por momentos, también más mitológico.

No es casual que una parte importante de la conversación crítica sobre Age of the ram haya girado alrededor de su dimensión conceptual. Varias fuentes lo presentan como un disco articulado en torno al personaje de Billy McLane, un forajido de resonancias legendarias que Crockett toma y reformula dentro de su propio universo. Pero conviene aclarar algo: aquí no estamos ante una ópera country cerrada al milímetro, sino ante algo más interesante, un disco que funciona como una película de carretera hecha con retazos de western crepuscular, balada de cantina, polvo tejano y memoria musical estadounidense. Más que contar una historia lineal, Crockett levanta un paisaje moral. Y ahí está buena parte de su encanto.

Desde el arranque, con “Life & times of Billy McLane (theme I)”, el disco deja claro que quiere jugar en grande. Hay una vocación casi de banda sonora que reaparece en títulos como “Rancho deluxe (Main theme)” y que convierte el álbum en algo más panorámico que una simple colección de canciones.

Crockett siempre ha manejado bien esa estética de jinete solitario que atraviesa pueblos medio muertos, pero aquí la lleva a una escala mayor, con un sentido más marcado del decorado, del personaje y del mito. Es un disco que mira al country tradicional, sí, pero también al cine, a la literatura de frontera y a toda esa iconografía norteamericana donde la leyenda y la picaresca se dan la mano con bastante naturalidad.

Eso no quiere decir que Crockett haya perdido el pulso inmediato que lo distingue. De hecho, una de las virtudes de Age of the ram es que, incluso cuando se pone solemne o peliculero, sigue sonando cercano. Ahí están cortes como “My last Drink of wine” o “Fastest gun alive”, donde aparece ese Charley Crockett que domina la distancia corta, el tipo que parece cantar desde la barra de un local con serrín en el suelo, sin necesidad de subrayar nada. Su talento sigue estando en la mezcla: tradición country, fraseo de bluesman, un deje de soul fronterizo y esa capacidad para hacer que lo viejo suene vivo.

También hay en el álbum un gusto evidente por el repertorio heredado, algo lógico en un músico que nunca ha ocultado su amor por las canciones de otros ni su apetito por recircular materiales del cancionero popular. La presencia de piezas como “I shot Jesse James” o “Lonesome dove” refuerza esa sensación de estar ante una obra que dialoga con la tradición más que encerrarse en la autoexpresión confesional tan habitual hoy.

En ese sentido, Crockett no se presenta como un cantautor ensimismado, sino como un transmisor, un intérprete en el sentido noble del término, alguien que recoge personajes, melodías, motivos y estampas y los vuelve a poner en circulación con su sello. Por eso, incluso cuando el disco puede parecer más ambicioso o más “de concepto”, nunca resulta pretencioso.

Dentro de su trayectoria, Age of the ram funciona muy bien como cierre de etapa. Si Lonesome drifter abría una puerta y Dollar a day ampliaba el decorado con ese gusto suyo por el collage de raíces, este nuevo trabajo da la impresión de reunir todas las piezas y ofrecer la versión más completa del personaje artístico que Crockett ha ido puliendo durante la última década.

No se trata necesariamente su mejor disco —eso ya dependerá del apego de cada cual a títulos como The man from Waco o incluso al delicioso desparpajo de $10 Cowboy—, pero sí uno de los más representativos de lo que Charley Crockett es ahora mismo: un artesano hiperactivo, un romántico de la carretera, un estilista del country de frontera y, sobre todo, un narrador con mundo propio.

Anterior entrega de Cowboy de Ciudad: Shawn Camp en conversación con el tiempo.

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