El cara a cara de Iván Ferreiro con su pasado

Autor:

«Es un disco sobre el presente de unas canciones antiguas, para darles vida y que envejezcan con dignidad»

 

Mientras Iván Ferreiro continúa con la gira por su 35º aniversario en la música, César Prieto analiza el disco con el que celebra y materializa estas tres décadas y media de carrera, Hoy x ayer.

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Los treinta y cinco años de oficio de Iván Ferreiro no solo son una celebración en sí mismos, sino que han servido para que nos ofrezca un regalo que a sus fans no puede más que enamorarlos: ha revisado algunas canciones antiguas en un vinilo transparente de diez pulgadas y de exquisito diseño. No se trata de una operación de marketing, de esos discos que, por muy bien hechos que estén, suenan a caja registradora, sino un proyecto cuidado hecho con cariño, y que seguramente venderá, pero no de la manera masiva que lo haría un recopilatorio al uso.

Realmente, solo hay cuatro canciones, aunque una de ellas se extiende en diferentes versiones, que evitan la excesiva electricidad para presentarse más desnudas. La que abre, es la que da título al disco, una declaración de intenciones sobre un pasado que intenta que se desgaje de él y un futuro que ve esplendoroso. El final, con guitarras distorsionadas, da un toque punzante a la canción. Muy diferente es “Te echaré de menos” —donde lo acompaña Sole Giménez—, esta perteneciente al repertorio de Los Piratas, y con lo que a mí me ha parecido siempre que es común al sonido y el tono de los grupos de Ferrol, un tono melancólico, de desamor, muy atlántica, del Finisterre, y con instrumentos limpios y precisos. Cierra el bloque de la primera parte “Reiniciar”, con una percusión que es el latido del corazón que sostiene los versos.

La segunda parte es esplendorosa, aparte de por la canción en sí —“Turnedo”, que siempre se ha considerado su mejor tema—, por el obsequio que supone que la tengamos en varias versiones. Es una canción extraña y, a la vez, llena de normalidad. No tiene estribillo y, sin embargo, la melodía te atrapa, como si estuviera inacabada, aunque el receptor la escucha completamente cerrada. Sus referencias melancólicas a la lluvia y a la playa vacía siguen siendo emocionantes. De la canción aparece la versión original, la reinterpretación para este disco, la maqueta de Amaro —coautor del tema y hermano de Iván— y la del propio Iván. Si en la original y canónica la entrada de bajo es perfecta y hay, sobre la orquesta, más densidad rockera, en la reinterpretación hay un crescendo suave que llega perfectamente a la cima de un final con orquesta. Las maquetas hacen crecer la pasión en la voz, y quizá tengan un espíritu más pop.

No es simplemente que la interprete de otra manera, es que se enfrenta a ella cara a cara y, es emocionante comprobarlo. No es exactamente la misma, porque quien la canta ha cambiado. No son un material arqueológico destinado a los coleccionistas, sino como una especie de capítulo introductorio a la biografía de la canción. Escucharlas como idea antes de que se convirtieran en himno, da profundidad a la historia y la presenta como material vivo.

La producción se ajusta a este camino. No busca modernizar nada, la interpretación es el centro y los arreglos no pisan la voz ni el sentimiento. Tampoco es un disco sobre el pasado, es un disco sobre el presente de unas canciones antiguas, para darles vida y que envejezcan con dignidad. Así el fan comprobará que algunas canciones sobreviven porque se transforman sin que dejen de ser ellas mismas. No hay mejor manera de celebrar estos treinta y cinco años.

Artículos relacionados