El acto de fe (y de amor) de R.E.M. con “Losing my religion”

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EL RITMO DE LA SEMANA

«“Losing my religion” es una expresión coloquial del sur de Estados Unidos que viene a significar algo así como “estar al límite”, “perder los estribos”, “actuar a la desesperada”… »

 

Sara Morales, en su columna de los lunes, El ritmo de la semana, regresa sobre el significado de la canción insignia de R.E.M., a propósito de los 35 años que acaba de cumplir.

 

Una sección de SARA MORALES.
Foto: Fotograma del videoclip oficial de “Losing my religion”.

 

“Losing my religion” nació, creció y se reprodujo como una canción de amor. Morir no, porque eso no lo va a hacer nunca, ya lo sabemos. Pero muy lejos de ser lo que parecía, R.E.M. nunca pretendieron arrimarse a los credos eclesiásticos con ella. Un trampantojo musical, eso es; porque el título, claro está, lleva a engaños.

El título y su videoclip, apoyado fervientemente por la MTV en aquellos primeros noventa, porque la presencia de cruces y simbología católica en el metraje —con referencias a las pinturas renacentistas de “El santo entierro” y “La incredulidad de Santo Tomás”— volvieron a incitar a la confusión. Y no solo eso, la gracia llegó a desatar las iras de la Irlanda más conservadora que terminó censurando el vídeo en sus televisiones y plataformas de la época.

Michael Stipe se ha hartado de explicar, a lo largo de los 35 años que acaba de cumplir la canción precisamente estos días, que la letra habla del amor no correspondido. Que aborda la inseguridad emocional, la obsesión, el fracaso y el miedo a expresar los sentimientos. Que «losing my religion» es una expresión coloquial del sur de Estados Unidos que viene a significar algo así como “estar al límite”, “perder los estribos”, “actuar a la desesperada”…

Que el mítico verso «that’s me in the corner» refuerza el concepto de timidez que sustenta, desde el engranaje, a toda la composición; y que el archiconocido (y polémico) videoclip tiene más del cuento de Gabriel García Márquez, Un señor muy viejo con unas alas enormes, que de arte sacro, a pesar de las referencias pictóricas de las que hablábamos antes, que sí, que ahí están también.

Han pasado los años, las décadas, y pese al equívoco semántico (o no), lo cierto es que estamos ante una de esas piezas que definen y definirán nuestro tiempo, dure este lo que dure. Que ese riff de mandolina, tan casual como sublime, a manos de un Peter Buck que solo estaba jugando, solo es el principio de algo que todos hemos comprendido, sea como sea.

Anterior entrega de “El ritmo de la semana”: La doctrina de Thoreau en manos de Eddie Vedder, Pink Floyd y Linda Ronstadt.

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